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El guerrillero Aureliano Buendía

Una educación humanista es aquella que enseña a leer. Es aquella que enseña a pensar.

2010/03/15

Desde las ventanas de las oficinas de Arcadia, en el edificio de Publicaciones Semana, se ve una solitaria bandera de Colombia que ondea casi en cámara lenta, en su asta inclinada, en lo alto del edificio de Codensa.

Contra el cielo blanco-gris de estos mediodías en los que nadie sabe si lloverá o hará sol, su ondular calmoso adquiere un aire de melancólico letargo. El mismo que produce un país que cansa en su desgracia, en la vergüenza de su caos legislativo, en la inhumana pobreza de tantas de sus gentes. Como cansa esa eterna tensión que genera el monumental esfuerzo de unos enfrentado a la cínica avaricia de otros.

Pero tal vez lo que más cansa, lo que más melancolía produce cuando uno ve ondear esa bandera –o cuando no se mece porque ha parado el viento y queda colgando como un trapo viejo–, es cómo la enmarañada realidad nacional ha logrado articularse en un discurso, en una narrativa de un gravísimo y doloroso simplismo. La sociedad se ha convencido, una vez más y con vehemencia cerril, de que la violencia de las guerrillas es el gran problema de Colombia. Y que una vez erradicada, este será el país idílico y feliz que todos creen que ha sido y que nunca fue.

En abril del año 2008 parecen afianzarse con más encono que nunca las ideas que uno encuentra en los discursos que hace sesenta años escribía el político ultraderechista Gilberto Alzate Avendaño. Una narrativa en la cual el Estado se consume y se resume en un fiero centralismo y en una fe desmedida en lo militar. Una narrativa en la cual la palabra educación no aparece por ninguna parte.

Y si no aparece la palabra educación, mucho menos aparece entonces un concepto, desterrado del vocabulario nacional: la educación humanista.

Porque hoy más que nunca, se equipara la noción de educación con la de acceso a las nuevas tecnologías. Y a los funcionarios públicos se les ocurren ideas de pintoresca ridiculez como las de poner a navegar por el río un barco con computadores y con acceso a internet, para que los habitantes de las veredas en los que el barco hace escala, villorrios miserables y descalzos, conozcan, por una vez en su vida, qué es ese raro milagro llamado internet. Y uno imagina que alguien, dentro de algunas décadas, volverá a escribir la primera frase de aquella famosa novela, con una leve variación sin importancia: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el guerrillero Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el barco que traía los computadores”.

El hielo se derrite y el computador sigue su rumbo a otro pueblo en el barco. Y no importa, porque el computador por sí mismo no sirve para nada. Para absolutamente nada. Sin un ser humano que lo oriente, que lo eduque, ese niño crecerá para ser carne de cañón de la guerra y de la ignorancia. Y el computador, con acceso a internet, se pudrirá en un rincón carcomido por esa polilla moderna que se llama virus.

Hay que educar a los maestros para que puedan educar. Los maestros de este país –obviamente con notables excepciones– no son personas con una formación humanista, que puedan transmitir pasión por el conocimiento. Y si la misma página web de FECODE refleja en algo las preocupaciones del gremio, el problema es realmente grave.

Una educación humanista es aquella que enseña a leer. Es aquella que enseña a pensar. Es aquella que enseña a comunicarse, a articular las ideas, a cuestionar lo establecido, a reconocer la herencia de lo humano.

Y de ella carecen millones de personas en este país. La mayoría, paupérrima, y la minoría, urbana y cómoda, que esgrime con frescura insólita un discurso que le pondría los pelos de punta a cualquier persona del mundo civilizado.

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