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El hombre con atributos

¿El periodismo es una profesión?, ¿un oficio?, ¿un arte?, ¿es una vocacición social? Cada cual dice lo que le conviene.

2010/03/15

El 7 de enero de este año, un ejecutivo de una compañía de construcción en la provincia de Hubei, en China, fue brutalmente asesinado por la policía local. El motivo: el señor Wei Wenhua estaba utilizando la cámara de su celular para grabar la paliza que esa misma policía le estaba dando a un grupo de gente en una manifestación.

Reporteros sin fronteras protestó por lo que consideró el primer asesinato de un ciudadano-periodista. El que la organización de periodistas más importante del mundo haya acuñado el término (es decir, admitido el concepto) es muy sorprendente: a nadie se le pasaría por la cabeza admitir la posibilidad de un ciudadano-médico, o de un ciudadano-físico-nuclear; pero así mismo, a nadie se le ocurriría refutar el que, en el terreno de las humanidades, un cualquier individuo pueda destacarse sin haber recibido educación formal. Es más, la mayoría de los grandes escritores de todos los tiempos jamás recibieron un curso de escritura creativa y muchísimos artistas consagrados nunca fueron a una escuela de Bellas Artes. Por eso mismo, el término de profesional siempre parece sospechoso cuando lo unimos a las artes. “Yo soy un escritor profesional” es una frase que produciría un enorme desdén y una que otra sonrisa irónica a muchísimos grandes escritores.

Pero en el periodismo las cosas se complican. ¿Es una profesión? ¿Es un oficio? ¿Es un arte? ¿Es una vocación social? Cada cual hace énfasis en alguna de estas cuatro palabras, según le convenga. Y esta curiosa ambigüedad es la que, cuando estalla el boom de las nuevas tecnologías, hace que todo se ponga patas arriba.

Los blogs y los foros del lector en internet por una parte, y las cámaras de fotografía, audio y video en los celulares por otra, han puesto a disposición del ciudadano las herramientas tecnológicas que antes pertenecían exclusivamente a los periodistas. Ya no se necesita una imprenta, un cuarto de revelado, un rollo de película. Ya no se necesita una grabadora, una cámara, un micrófono. El ciudadano ha pasado en muy poco tiempo de ser tratado por la sociedad como un simple consumidor de contenidos –radios portátiles, walkmans, prensa, revistas, libros– a ser invitado (¿o seducido?) a considerarse como un potencial generador de ellos.

Y ahí es cuando aparecen las preguntas apocalípticas. Si internet busca hacer desaparecer a los intermediarios, con la desaparición de los periódicos de papel, ¿desaparecerá también el periodista tradicional? Con el libre acceso a los libros en internet (Google Books ya ha escaneado un millón y medio de libros y su meta son 15 millones en los próximos 10 años), ¿desaparecerán entonces los editores de libros? ¿Desaparecerán las librerías? ¿Desaparecerán los libros en sí como los conocemos? ¿Desaparecerán los fotógrafos profesionales? Si todo aquel que tiene acceso a un computador en línea puede montar un blog para airear sus opiniones ante millones de lectores posibles, ¿desaparecerá el todopoderoso generador de opinión, el columnista, el editorialista profesional? En suma, en la aplanadora democrática de internet, ¿se esfumará la vieja idea romana de la “auctoritas”? (Disculpas por el latinajo, que se refiere a la legitimación que la sociedad le da a unas personas para dar una opinión que proviene de un saber y de una autoridad moral).

La respuesta es no. Cuando hay exceso de oferta, es más barato dejar podrir los granos de café que recogerlo, dicen los expertos. Y por eso mismo, dicen, el negocio está en el café gourmet. Puede que hoy todavía curioseemos en los foros del lector de los periódicos, pero el día que haya 90.000 comentarios a una noticia o columna, ya no lo haremos. Los dejaremos podrir en el ciberespacio. Puede que hoy entremos a ver videos al azar en Youtube, pero cada vez más, entramos solo porque una persona de confianza nos recomienda uno en particular. Todos necesitamos la autoridad, el criterio, de otros. Los editores seguirán escogiendo los libros que leemos, y los lectores seguiremos buscando los editores que descubran por nosotros los libros que leeremos. Y acabará por pasar la eufórica moda de gritar en la red, la falsa ilusión de gloria democrática de la red. En la era de internet, de la avalancha caótica y absurda y abrumadora de información y opinión, el verdadero periodista, el verdadero editor de libros, el gran fotógrafo, el columnista excepcional, el analista, es decir, el hombre con atributos, será más imprescindible que nunca.

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