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El mundo de Sofía

Juan Carlos González reseña la película de Sofía Copppola, María Antonieta.

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

El mundo fílmico de Sofía Coppola está compuesto de mujeres prisioneras: de un hogar, como en Las vírgenes suicidas (1999); de un hotel, como en Perdidos en Tokio (2003); o de un palacio, como en María Antonieta (Marie Antoinette, 2006), su más reciente largometraje. La soledad y el aislamiento enlazan la vida y las historias de estas mujeres que, aunque viven en épocas y circunstancias distintas –Michigan en los años setenta, Japón en el presente y la Francia del siglo XVIII– padecen dolores y angustias similares. En realidad están presas de la adolescencia, de un matrimonio aburrido, de las inconmovibles reglas sociales.

Coppola las retrata con delicadeza y conocimiento de causa. La cámara se hace vocera de sus aplazadas ansias de vivir, de sus alas cortadas. Su aburrimiento vital se traduce en unos planos soporíferos y plácidos, en los que sus cuerpos se explayan sinuosos en camas, cojines y alfombras, último refugio de unos espíritus vampirizados por un tedio que amenaza con dejarlos exangües. Es la descripción de ese malestar el punto de partida de Sofía, cronista de una juventud que quiere darle un sentido a sus vidas y ser libre.

María Antonieta es un nuevo capitulo del mismo tema: la futura reina de Francia ha perdido la brújula de su vida, atrapada en un entorno social que le impide pensar, soñar o dedicarse a alguna labor distinta a tratar de seducir a su inefable marido, el delfín del trono que ocupa Luis XV. Sofía la acompaña en ese descenso espiritual, en el que al final sólo le queda el consuelo de los brazos de un amante, el deleite sensual de la comida y la compulsión de comprar objetos, telas, zapatos, joyas. La directora -35 años– se deleita en la composición visual de estos pecados culposos que intentan dar sentido a una vida vacía. Y comprende que esa sensación asfixiante y esas vías de escape siguen siendo compartidas por muchas mujeres contemporáneas, igual de prisioneras sin tener que vivir en el Palacio de Versalles. Por eso convierte a su heroína en una mujer de este tiempo: la caracterización que le pide a la actriz Kirsten Dunst es casi la de continuar el papel que hizo de Lux Lisbon en Las vírgenes suicidas y llevarse para el pasado esos anhelos, esa manera entre ingenua e ignorante de percibir el mundo que es muy propia de la adolescencia. Sofía acompaña el viaje de María Antonieta con música afín donde el rock y el pop que interpretan Bow Wow Wow, Siouxsie & The Banshees, The Strokes, Aphex Twin y New Order suenan sorprendentemente apropiados entre la pompa y la circunstancia de Versalles con sus ballets, princesitas, perritos, peluquines, sacolevas, corsés y sofocos. Nuestra Maria Antonieta –yanqui en la corte del rey Luis– sólo quiere divertirse. Como la directora. ¿Lo dudan? En la secuencia de los zapatos y los postres, un montaje a lo MTV al ritmo de la canción “I Want Candy”, vemos de repente –en medio de la exhibición multicolor de calzado de época– unos zapatos deportivos, unos inconfundibles tenis Converse, evidentemente dejados allí por doña Sofía como otro símbolo de la transgresión temporal que une pasado y presente en este filme entretenido y diciente.

María Antonieta no es una biografía convencional, es una alegoría triste de una problemática de género que aún no se resuelve. Sin embargo, las películas de Sofía Coppola no son exactamente un panfleto feminista, sino el reflejo de una sensibilidad precisa, de una manera de ver el mundo que tiene ojos de mujer joven y un espíritu que no cabe en esos cuerpos sometidos, atrapados, imposiblemente infelices.

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