La definición del vocablo prejuicio del DRAE dice así: “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, de algo que se conoce mal”. Y prejuicio es lo que parece dejarse traslucir en las opiniones tenaces y desfavorables que han emitido, a una semana de su posesión, contra el nuevo alcalde de Bogotá desde sus columnas en El Espectador dos reconocidos intelectuales colombianos: Andrés Hoyos, propietario de la revista literaria El malpensante, y Héctor Abad Faciolince, uno de los escritores más apreciados del país.
La elección en octubre del año pasado de un ex guerrillero, que dejó voluntariamente las armas, en el segundo cargo político más importante de Colombia, un país empalado en la violencia ejercida por grupos ilegales armados y por el narcotráfico, fue una noticia que le dio la vuelta al mundo. Con la BBC y CNN a la cabeza, los más importantes medios de Occidente citaron las declaraciones de Petro tras la victoria —“Bogotá ha elegido a un hijo del proceso de paz de 1989 y demuestra con ello que la reconciliación es posible”— y reportaron normalidad en la comicios.
Petro ha demostrado en pocos días una indudable inteligencia política. Tras un poco menos de dos años en los cuales la agenda mediática ha sido manejada con habilidad casi exclusivamente por el presidente Juan Manuel Santos, en menos de dos semanas el nuevo alcalde ha puesto sobre la mesa dos propuestas de trascendencia: la prohibición de porte de armas, y un rechazo al apoyo institucional a las corridas de toros. Ambas decisiones tienen un poderoso peso simbólico, dado el pasado armado del alcalde. Y lograron poner al país mediático —hoy mucho más democrático con la obligada inclusión de twitter y facebook— a debatir, dándoles a los ciudadanos un respiro a la agenda impuesta desde el palacio de Nariño. Eso forma parte del arte de gobernar.
Por supuesto, en un país en el que ser de derecha es algo tan natural que ni se admite ni se reconoce, las críticas y temor ante una auténtica alcaldía de izquierda no se han hecho esperar. Se ha llegado al extremo de decir que es peligroso que a Petro le vaya bien porque eso lo convertiría en un fuerte contendor a la presidencia. Y ahora que ha nombrado un gabinete de lujo, en un país en el cual el ejercicio de la política se ha sumido en un aterrador desprestigio por culpa de la corrupción, se acusa a ese gabinete de falta de experiencia política. Nunca se oyó decir algo semejante cuando ganó la alcaldía el profesor de matemáticas Sergio Fajardo, a quien tanto admira Abad Faciolince. Es más, cuando los elegidos para cargos públicos provienen de la universidad privada, Los Andes más exactamente, se les suele denominar “tecnócratas” con satisfacción. Pero cuando vienen de la pública, de la Universidad Nacional en este caso, resulta que son “académicos” y por lo tanto inexpertos.
En su columna “Adios a las armas”, Abad Faciolince admite las bondades de la medida propuesta por el alcalde de prohibir el porte de armas, pero se va lanza en ristre contra Petro por haberla propuesto porque, según el columnista, no le compete: “el abandono de las armas, que es urgente y sería una medida pacificadora de toda la sociedad, que disminuiría nuestros vergonzosos índices de violencia, no puede venir de la iniciativa de un alcalde egocéntrico”. El hecho de que el Ejército haya aceptado la propuesta del alcalde indica que sí podía. Porque en política, los discursos, las palabras, esas mismas palabras que desde las humanidades defendemos tanto, son fundamentales y es a través de ellas que se ejerce el liderazgo político. Ellas propician la acción. (A Obama le dieron el Nobel de la Paz en reconocimiento a la importancia de las palabras.) El que sea el Ejército que firme un papel es un asunto secundario. ¿Y por qué egocéntrico? La gratuidad del insulto pone en evidencia la antipatía que le produce el alcalde, justo cuando la medida que ha tomado es la antítesis del egocentrismo: nada menos que buscar mecanismos para evitar que ciudadanos mueran asesinados.
La columna “Petrópolis” de Andrés Hoyos es aún más sorprendente: le achaca su triunfo a una derecha dividida, y concluye que su gobernabilidad es muy débil y que no tiene por lo tanto derecho a hacer cambios profundos. “La ciudadanía lo que le dijo a Petro fue: arregle el caos, gobierne con ponderación y haga cambios modestos, mientras que él parece pensar que le extendieron una patente de corso para dar saltos mortales”. Cuando en el tercer país más desigual del mundo estamos ante una oportunidad de oro para equilibrar la balanza de la justicia social, Hoyos le dice a Petro que cuidado va y hace algo revolucionario. Que por favor acabe con los trancones y que con eso quedamos contentos. Pero el alcalde sí debe hacer cosas revolucionarias: él sí conoce las explanadas de miseria y pobreza que abrazan el sur de una ciudad injusta y triste, una ciudad de niños que pasan hambre, que tienen una educación deplorable, en la que la condena de la desigualdad se dicta desde la cuna.
Este editorial quiere invitar a estos dos importantes intelectuales a abandonar el prejuicio y a darle al nuevo alcalde de los bogotanos la oportunidad histórica que se merecen tanto él como la ciudad. Gustavo Petro ha llegado al poder por vía democrática tras una brillante carrera en el Congreso. No está de más recordar que él —al igual que Navarro Wolff—, dejó las armas tras un pacto con el establecimiento para luchar por sus ideales en la arena política, y ambos han cumplido su palabra a rajatabla —tanto que las Farc los desprecian—, a pesar del posterior asesinato de su líder, el carismático Carlos Pizarro. La historia, en este caso, nos da unos elementos contundentes para una reflexión más tolerante, más sosegada y más profunda.
Somos muchos quienes pensamos que es una gran noticia el hecho de que un hombre que dejó las armas voluntariamente llegue al poder por la vía democrática. Por ahora, es necesario dar un compás de espera al nuevo alcalde. Que sea su gestión la que diga si ha contribuido, aunque sea en parte, a saldar la enorme deuda histórica con la justicia social.
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