El reportaje que nunca leeremos

Nuestra columnista Marta Ruíz hace un sentido homenaje a los periodistas de Cambio en su columna La lengua absuelta.

2010/03/16

Por Marta Ruíz

Jacinto Rodríguez se quedó sin trabajo. Varado como estaba, decidió pasar sus horas hurgando historias en el archivo nacional de México. Un buen día, alguien le señaló unas cajas que contenían archivos de inteligencia de los años sesenta. Cuál no sería su sorpresa al encontrar allí la memoria de los pactos secretos que habían hecho muchos dueños de medios de comunicación y periodistas con el gobierno, durante la época de la guerra sucia en su país. Encontró recibos de halagadores regalos, misivas donde algunos se comprometían a ignorar hechos, adulaciones que iban y venían. Y el silencio sobre las desapariciones forzadas y las violaciones de derechos humanos que estaban ocurriendo. Así nació su libro La otra guerra secreta, que deja al desnudo a la prensa mexicana. Muestra a la prensa como un dócil instrumento de propaganda política y como autora de su propia mordaza.

En la pasada Feria del Libro, Jacinto contó en un panel cómo hizo su investigación. Era uno de esos foros en los que los periodistas vamos a hablar de transparencia, del derecho que tiene la gente a estar bien informada, de cómo somos los perros guardianes de la democracia, y un largo etcétera. Alguien le preguntó a Jacinto si todavía en México, a pesar del libro, podía conseguir un trabajo en los grandes medios. Él apenas sonrió. Un periodista que se atreve a revelar el concubinato de los medios con el poder suele ser visto como un resentido, un vengador o un suicida profesional.

Criticar a los medios es una osadía a la que pocos se atreven. Personalmente, me hubiera fascinado leer el reportaje que Cambio tenía preparado para el jueves 10 de febrero. Los periodistas estaban investigando las verdaderas razones para el cierre de la revista. No se trataría de una queja o una diatriba sino de un informe con números, actas y diversos análisis y opiniones. Hechos, no especulaciones. Escribir sobre la muerte del segundo semanario del país debería entenderse como una historia obligada para cualquier medio. Especialmente cuando no hay tercero. Era un reportaje obvio muy a pesar de que algunos colegas lo consideraran un acto de provocación inútil o una estupidez. O en el peor de los casos, una manera de patear la lonchera, como se suele definir en Colombia una cerviz agachada.

Pero el reportaje no llegó a ver la luz. Antes de ser escrito los directivos de la Casa Editorial El Tiempo llamaron a Rodrigo Pardo y a María Elvira Samper y los echaron por segunda vez en una semana. Ni un día más, ni una hora más, ni una página más. Fuera. Y muy gentilmente les mandaron unas cajitas de cartón para que empacaran. A veces la dignidad obnubila, y a los colegas de Cambio se les olvidó una realidad de a puño: que de todos los poderes de Colombia –donde al poder se le tiene más reverencia que en cualquier parte– el más intocado e intocable es el de los medios de comunicación.

Los periodistas somos una comunidad con muy alta autoestima. Tenemos una imagen adocenada de nuestro oficio, hemos construido sociedades del mutuo elogio, premios que nos ensalzan y vivimos como pocos, fascinados con nosotros mismos. Muchas veces se justifica: la historia del periodismo está llena de casos de coraje, valor e independencia. Por lo general los periodistas piensan y actúan de una manera, y los medios –es decir, sus dueños– de otra. Pero lo que resulta evidente y fastidioso son los silencios y la política de “hagámonos pasito” que impera cuando de los intereses y los nexos del periodismo con el poder se trata. Algo que apunta al corazón de la transparencia de la información y que en muchas democracias se ventila con mayor tranquilidad, aunque también con más espectacularidad.

El cierre de Cambio nos enrostró esa cruda realidad. Nos mostró por dónde se rompe el hilo tenso que hay entre los periodistas y los empresarios de medios. Nos recordó que la prensa hace parte del juego de intereses y poder que muchas veces se oculta bajo el mito del altruismo que nosotros mismos hemos construido. Que hasta el más independiente de los medios tiene límites que el público no conoce. Y que tristemente esos son los reportajes que nunca leeremos.

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