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El silencio de la barbarie

Portada Arcadia No. 79

Editorial No. 79

El editorial de la edición 79 de Arcadia reflexiona sobre la liberación de los secuestrados. Para ellos, el tiempo, que parecía detenido en la selva, no dejó de correr fuera de ella. Aterrizaron en un mundo ajeno.

Por: Revista Arcadia.
Publicado el: 2012-04-16

Hace algunas semanas el país presenció la emocionante liberación de los últimos miembros de las Fuerzas Armadas secuestrados en poder de las farc: diez hombres que pasaron entre doce y catorce años retenidos en la selva. Las imágenes de su regreso a la libertad fueron conmovedoras, sin duda. Verlos bajar del helicóptero que los traía de vuelta fue una evidente señal de esperanza en un país en el que la guerra parece no tener fin. Pero, también, la escena tenía algo de escalofriante: era imposible no pensar en cuánto ha cambiado el mundo durante el tiempo que permanecieron retenidos por los guerrilleros. Hace catorce años el presidente de Colombia era Andrés Pastrana, nadie se imaginaba —ni siquiera en sus peores pesadillas— los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York y Facebook o Twitter sonaban como dos ideas para una novela de ciencia ficción, por dar algunos ejemplos. En otras palabras: los militares liberados aterrizaron, de un momento a otro, en un mundo que les es ajeno.

Las cámaras no mostraron el rencuentro con sus familias. Es imposible imaginar lo que pudieron sentir quienes regresaban y quienes esperaban el regreso. Durante el cautiverio, seguramente, murieron muchos de sus familiares y los niños se convirtieron en adultos. Los militares debieron entender que el tiempo, que parecía detenido en la selva, no había dejado de correr en el mundo exterior. Y que nadie les podrá regresar ese tiempo perdido.

Uno de los liberados, el sargento del Ejército Luis Arturo Arcia, quien estuvo secuestrado catorce años, le relató al diario El Tiempo el pasado 8 de abril algunos momentos de su cautiverio: “Nos cortaron las puntas de las botas de caucho y nos dejaron caminando casi descalzos. En esa zona había una mata particular, y sus espinas se nos clavaron en los pies y nos hicieron heridas, pero nos obligaron a seguir así. Nos pusieron en una sola fila encadenados de cuello y pies”. Y continuó: “Un día dieron la orden de que a partir de las seis de la tarde también nos encadenaran de los pies, hasta las seis de la mañana, pero a veces no nos quitaban las cadenas y así nos mandaban al ‘chonto’ (a hacer las necesidades) y a bañarnos; entonces no podíamos quitarnos el pantalón y nos tocaba bañarnos con ropa”. Es casi imposible comprender qué puede pasar por la cabeza de una persona que ha sido víctima de semejantes torturas durante un tiempo tan prolongado. A pesar de que las autoridades dicen que Arcia y sus compañeros están “bien”, es evidente que después de una experiencia así los liberados deben emprender un largo proceso de recuperación para tratar de entender —así sea incomprensible— y de perdonar —así sea imperdonable— lo que les ocurrió.

Vale la pena hacer un comentario al margen sobre Piedad Córdoba, pieza clave en este proceso. Pocos personajes en Colombia generan reacciones tan intensas como la ex senadora. Con ella no hay punto medio posible: se le odia o se le ama. Pero esta vez hay que reconocer la importancia y valentía de su labor como intermediaria. Hasta sus peores enemigos tendrán que aceptar que su papel en la liberación de estos secuestrados —y posiblemente en la de los que aún quedan en poder de las farc— es fundamental. A pesar de los errores —graves— que ha cometido en el pasado, Córdoba es un actor fundamental para alcanzar la paz en Colombia en un futuro próximo.

Al final no queda mucho más que decir sobre esta triste historia. La barbarie es difícil de explicar. Hay que alegrarse, claro, por el regreso de estos hombres a la libertad y esperar que el resto de los secuestrados que quedan vuelvan pronto. Pero todo el tema del secuestro está rodeado de un sufrimiento sin lógica que no permite demasiada reflexión. Y de silencio: el que viven los secuestrados en la soledad de su cautiverio, el de sus seres queridos mientras esperan su liberación y el de quienes observamos de lejos sin tener una respuesta posible a este crimen atroz.