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El útero

El varón es el modelo, el cuerpo perfecto, el discurso anatómico ejemplar.

2010/03/16

En la muy publicitada exposición de Bodies, que ha estado en Medellín y llega ahora a Bogotá, no hay un solo cuerpo de mujer. Ya lo dijo la periodista Mónica Quintero en una nota breve, correcta pero un tanto timorata, en El colombiano.

En esa nota, el responsable de la muestra -a quien en vano intentó contactar Arcadia durante varios días-, se defiende asegurando que si bien no hay cuerpos enteros, sí hay órganos que “dan cuenta de la historia femenina”.

Y es verdad, créanlo o no las lectoras, ¡hay un útero! Bravo. Eso es la mujer. Su historia se resume en eso: en una matriz paridora. Sobre todo en esta relamida cuna del machismo que es Colombia.

Tal vez lo más interesante de esta curiosa oda a la fragmentación del cuerpo femenino es que reitera algo a lo que están triste y amargamente acostumbradas las mujeres: la idea de su propio cuerpo se mira y se vive y se sufre por pedazos. Y así se construye en el inconsciente colectivo: decir mujer es decir tetas, culos y vagina. El resto –es decir, un cuerpo entero, único, voluptuoso o flaco, individual–, pues para qué mostrarlo si, como dicen los importadores de la muestra, es igual al del hombre…

Hay algo profundamente equivocado en la intención de minimizar este hecho vergonzoso. Lo pone muy bien en contexto Shankar Vedantam, el escritor de temas científicos del diario Washington Post. Él acaba de publicar en Estados Unidos el libro The Hidden Brain [El cerebro escondido]. Según el autor, acuñó el término para describir las influencias inconscientes en nuestra vida cotidiana. Todo lo que nos influye de manera determinante pero de lo que no somos conscientes. Para él, “el cerebro tiene mecanismos inconscientes, pero esas asociaciones que hacemos están moldeadas por la cultura, por la historia personal y por las personas con quienes socializamos”. Si en los Estados Unidos la gente es racista, por ejemplo, no es debido a la biología sino a la cultura.

Y es cierto que a muchos niños (el público mayoritario en la exhibición de Bodies) se les dice en el colegio que el machismo es malo. Pero es que el cerebro escondido no siempre aprende lo que se le enseña verbalmente. “Podemos enseñarle a la gente –dice Vedantam– que ciertas actitudes son buenas o malas, pero eso poco altera los procesos del cerebro escondido. Es un sistema mucho más elemental que aprende por repetición y argumentos ciegos y por medio de asociaciones. Si un niño está viendo televisión, por ejemplo, el cerebro escondido está asimilando cómo funcionan las figuras de autoridad. Cuando un niño llega a la edad de dos o tres o cuatro años, ya ha sido testigo de miles de asociaciones de este tipo”.

Por eso es tan grave que en esa exposición no haya cuerpos femeninos. Si –como alegan las directivas– los cuerpos de hombres y mujeres son prácticamente iguales, podrían haber traído entonces solo cuerpos femeninos. Pero ¿se imagina el lector lo que se hubiera armado en ese caso? Muy seguramente, los mismos empresarios que han invertido en el proyecto se hubieran negado si la oferta de la empresa que comercializa mundialmente la exposición de Bodies hubiera sido esa: traer a Colombia solo cuerpos femeninos.

De hecho, también sería absurdo. Queremos decir, exactamente igual de absurdo que traer solo cuerpos de hombres. Porque cuando los niños van a ver esa exposición, ataviados de guías escolares y maestros que les insistirán que el tarso, el metatarso y el dedo son iguales en hombres y mujeres, al ver solo cuerpos de hombres, estarán ratificando para sí, de manera poderosa e inconsciente, que el varón es el modelo, el cuerpo perfecto, el discurso anatómico ejemplar. La mujer, ya sabemos, lo de siempre, la metáfora más antigua de la humanidad: apenas una costillita flotante, desobediente, misteriosa, pecadora e imperfecta.

Qué aburrimiento que en pleno siglo XXI todavía se tengan que escribir estas cosas. Qué aburrimiento que todavía se tenga que decir que no. Que el cuerpo de la mujer es otro, y que su anatomía se mira de cuerpo entero y no troceada, pedaceada, picada y fragmentada, por una de sus muchas funciones biológicas.

La gran bailarina norteamericana Martha Graham afirmó que el cuerpo decía cosas que las palabras no pueden decir. Los pedazos de cuerpos también hablan. Algún filósofo dijo que el cuerpo humano, de hombres y de mujeres, es más profundo que el espíritu, y sus secretos, más inescrutables. Hay que protestar por este estúpido útero de alquiler. Su solitaria exposición ofende.

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