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Elvira y la contradicción de la etiqueta

Nicolás Morales habla de la ex ministra de cultura Elvira Cuervo

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Vaya uno a saber si Elvira Cuervo recuerda sus tardes frías de activismo político conservador en las veredas perdidas de una Cundinamarca gris y lluviosa. ¿Recordará esas duras travesías buscando corazones azules en medio de la cerveza, los chorizos y el tejo de los almuerzos eternos con gamonales, líderes comunales y campesinos? Elvira Cuervo accedió a casi todos los cargos de elección popular en un país que salía del Frente Nacional: fue concejal, diputada y representante a la Cámara. Ocupó puestos importantes y no tan importantes en gobiernos conservadores y liberales. Fue embajadora y directora de varias carteras e institutos. En fin, la suya fue una de esas carreras exitosas, tan típicas de quien ostenta un apellido ilustre. Por cierto, es curioso que, hasta la fecha, los dos únicos ministros de Cultura conservadores provengan del laureanismo.

Repasemos. Elvira Cuervo asume la dirección del Museo Nacional en 1992, unas décadas después de que su tía regentara esta institución. Elvira hereda entonces cientos de museos empobrecidos hasta el tuétano. Todos ellos víctimas de los espíritus más pobres de la época, de la corrupción esporádica y de una historiografía de Academia caduca. Y aquí, dirán los biógrafos de la doctora Cuervo, la historia cambia. Porque de repente, en los noventa, Elvira sienta las bases de un proyecto terriblemente tentador que consistía en convertir al Museo Nacional, y la red de museos, en instituciones exitosas.

Elvira no dejó de hacer política ni un solo día. Pero su acción se encaminó a responder al objetivo supremo. Para ello fue necesario desarrollar un decálogo de instrucciones estrictas que he intentado muy arbitrariamente reconstruir. Primero: un Museo digno requiere de una política de relaciones públicas tan audaz como el de una marca comercial. Segundo: los empresarios pueden, así no siempre entiendan bien lo que hacen, financiar la cultura. Tercero: la curaduría deberá tener un contacto con la academia y la investigación. Cuarto: las exposiciones temporales son espectáculos masivos que deben constituir el centro del Museo y el puntal de una democratización real de la cultura; la exposición permanente puede transformarse entonces en una base de prestigio histórico sin demasiada visibilidad. Quinto: ¿es la oficina de comunicaciones la dependencia más importante del Museo? Sexto: se requiere que una persona como Beatriz González, con su gran trayectoria, trabaje para el Museo, pese a todo. Séptimo: un proyecto de Museo sin una idea explícita de educación es un fracaso. Octavo: ¿y por qué no invitar a Juanes en el cumpleaños y hacer un concierto frente al Museo con cien mil personas? Noveno: evitemos discusiones sobre la cultura popular (recuerdo a Elvira estupefacta ante la presentación de un grupo de raperos). Décimo: no dejemos nunca que los ministros de Cultura piensen que el Museo es de ellos.

La puesta en marcha de este decálogo no habría sido posible sin el concurso de un equipo envidiable de profesionales, curadores, profesores de historia del arte, educadores, antropólogos, arqueólogos, comunicadores, economistas, editores, tipógrafos (qué buenos libros hizo el Museo) en un tiempo en que desde lo público no era fácil reclutar talento. Ese equipo hizo escuela y fue tan efectivo que sigue trabajando en el Museo y en decenas de universidades.

Por ultimo, permítanme destacar un legado del Museo a veces invisible. Durante la administración de Elvira Cuervo, la institución promovió una discusión sobre la construcción de identidad y la necesaria reparación del pasado. Un pasado, como sabemos, signado en Colombia por la exclusión, el patriarcalismo, el racismo y, por supuesto, la guerra. ¡Vaya paradoja para una dirección de estirpe conservadora como la de la señora Cuervo!

Vi recientemente a Elvira inaugurando la exposición de Sipán el Museo. Estaba absorta, algo triste, si me lo permiten. ¿Pensaba en la traición de que fue víctima por las monedas demócratas? ¿O en su paso, para mí totalmente innecesario, por el Ministerio de Cultura? Nunca lo sabremos. Pero algo sí me queda claro: Elvira Cuervo pudo construir un museo interesante porque lo preservó de los afanes politiqueros. Esos que nos hubieran obligado a decir, parodiando una frase nunca dicha por Valencia Goelkel, “cuando quiero ir a un Museo voy a Europa”.

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