¿Es el fin del cine arte?

Nicolás Morales lanza cinco hipótesis sobre por qué no se puede ver buen cine arte en las salas del país.

2010/03/16

Por Nicolás Morales

Empezó la pelea en el patio trasero de los que proyectan cine en Colombia. La trifulca empezó tras la revelación de las catastróficas taquillas de las películas independientes exhibidas en Colombia durante el 2009. Catastróficas, al menos para los distribuidores independientes, aunque podríamos suponer que el asunto pintó distinto para los exhibidores de las mega compañías (Cine Colombia y demás), pues gracias a los avatares mamertos, entre otros, lograron uno de sus mejores años en cuanto a asistencia a sus funciones, con un aumento de casi el 25% de públicos en relación con el 2008.

En un muy completo artículo en El Tiempo firmado por Paola Villamarín se incluyen las acusaciones, quejas y lagrimeos por las bajas taquillas de las películas de cine arte. Los ejemplos son muchos y sangrientos: La clase, Palma de Oro en Cannes, consiguió solo 22.000 espectadores; Gomorra, una película precedida de un gran éxito editorial y de buena prensa, obtuvo unos 14.000 espectadores; la fantástica Vals con Bashir apenas vendió 8085 boletas y las dos mejores películas del 2009, La teta asustada y Tony Manero, obtuvieron respectivamente 6810 ínfimas entradas y, oigan bien esta estadística, 544. Para El lector se esperaban 50.000 espectadores y llegaron apenas 38.000. Y para Rudo y cursi se esperaba más de 40.000 personas pero obtuvo apenas 15.000. Para poner en perspectiva estos resultados, recordemos que la ligera Hada por accidente lleva 43.000 solo en su última semana, consolidando 207.000 espectadores a lo largo del mes. De resto, solo hay pérdidas. Incluso películas relativamente comerciales, con óscares y todo, como Milk o El matrimonio de Rachel fueron un verdadero desastre.

Juguemos a “verdadero o falso” para enredar un poco más el conjunto de explicaciones que dieron los afectados a la pregunta: ¿cuáles son pues las razones de este decaimiento del cine indie?

1. El limitado número de cines donde se proyectan las películas. Verdadero. Sorprende ver, por ejemplo, cómo Cinemark prácticamente retiró todo su apoyo a la exhibición independiente, volviéndose un típico distribuidor mediocre de cadena, una especie de multiplex anclado en un mall de la Florida. Ah, perdón, es que eso es lo que es.

2. La invasión del 3D. Falso y verdadero. Hay por supuesto un desplazamiento de la proyección en 35 mm. Y eso debe preocuparnos, pero no siento que sea un punto importante en la explicación de esta crisis. Más bien, como apuntan los distribuidores de calidad, es tiempo de que la proyección digital entre con fuerza y salve a los empresarios, a los que, con toda la razón, les duele el bolsillo con cada copia de 35 mm que hay que comprar.

3. La reducción de espacios de opinión. Falso. Nunca el cine arte había tenido tan buena prensa, por lo menos en los circuitos especializados de revistas y periódicos. Ya quisiéramos los editores de libros no comerciales tener tanta difusión. De la peli Tony Manero alcancé a contar seis artículos laudatorios. Otro problema es que sacaran la película a la semana de haberse estrenado.

4. La piratería. Los piratas están desatados, es cierto. Pero es también una realidad que están trayendo muchas películas que nadie más se anima a traer. Están reemplazando al exhibidor, deslealmente sin duda alguna, pero no creo que la solución sea decomisarle las películas al estudiante entusiasmado que por dos mil pesos compra un dvd de Sokúrov o la última de Spike Jonze que ya debieron estrenar con bombos y platillos hasta en Mozambique y que aquí nada de nada. Pensar que la represión es la solución sería, en este caso, como confiscar en la Rusia zarista de 1908 los ejemplares de Crimen y castigo por ser impresos en talleres ilegales.

5. Los tiempos de exhibición. Verdadero. No vale la pena que Cine Colombia diga que tiene responsabilidad social por botar las sobras del pop-corn en canecas verdes; eso es ridículo. Responsabilidad social empresarial es desarrollar líneas de mercado donde la rentabilidad no sea la única motivación; es afianzar en cartelera películas interesantes, aunque no muy rentables, por más tiempo y, en consecuencia, es apoyar la formación, no la deformación, de nuevos públicos. Está bien lo de la ópera, pero no es por ahí que el distribuidor puede subsanar su sensibilidad artística, y menos con esos precios de boletería.

Al respecto, déjenme rectificar un sopor anterior: Pía Barragán está en la línea de fuego de la resistencia y su trabajo es importantísimo. Ella y los otros componentes de la cadena quieren evitar que en un par de años nuestra cartelera se vuelva como la de Lima o Quito, porque ese es el riesgo: que en una ciudad solo se proyecte Avatar porque da más plata y más espectadores.

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