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Esa palabrita

"¿La belleza? Para mí es una palabra sin sentido porque no sé de dónde viene su significado, ni a donde me lleva"

2010/03/15

La palabra “cultura” es tan maleable que parece un rentable comodín en la extensa baraja del vocabulario. Hasta hace unos cien años las cosas estaban más bien claras. La palabra cultura aludía exclusivamente a lo que hoy se podría llamar “alta cultura”: las Bellas Artes. La pintura, la escultura, la literatura, el teatro... La cultura abarcaba las creaciones casi siempre individuales, que buscaban iluminar la condición humana, y en esa indagación, construir algo bello y trascendente. No importa que los cánones de belleza cambiaran con el tiempo. La búsqueda, en el fondo, era la misma.

Pero el siglo XX vino a complicarlo todo. Primero, con los aportes desde la filosofía y la antropología, la palabra “cultura” comenzó a aludir no sólo a las bellas artes, sino también al conjunto de costumbres de una sociedad: a su idiosincrasia. A su espíritu colectivo. A su historia, a sus hábitos alimenticios... Cultura, entonces, ya no era la creación artística, sino la herencia y la memoria de una sociedad.

Y en su poderosa capacidad de mimetizarse y acomodarse para aludir a cualquier aspecto de la vida del hombre, la palabra “cultura” comenzó a oírse en expresiones como “la cultura para la paz”, “cultura para la convivencia”. “Cultura en la mesa”. Nadie ha sabido muy bien qué quieren decir estos términos. ¿Cultura quiere decir educación? ¿Quiere decir hábitos? ¿La “cultura para la convivencia” hace referencia la necesidad de inculcar tolerancia con el vecino? ¿O a una cruzada al mejor estilo mockusiano para que seamos más civiles a la hora de compartir los espacios públicos con otros? ¿Ser culto es ser caballeroso? ¿Culto es antónimo de guache?

Por si fuera poco, hubo un segundo problema. El XX fue un siglo tan terrible, tan espantoso, que derrumbó de un tajo la fe del hombre en el alma humana. Ya la perfecta melodía, el bucólico paisaje, las palabras sonoras, la misma idea de la belleza, comenzaron a parecer inadecuadas para hablar de lo humano. “¿Cómo escribir poesía después de Auschwitz?”, fue al famosa pregunta del filósofo Theodor Adorno que lo resumió todo. Entonces el arte se alejó radicalmente de los viejos conceptos de lo bello. Y la gente se alejó aún más del arte, porque no lo entendía.

Semejante ambigüedad ha creado unas absurdas confusiones y un clima de sospecha permanente. Para colmo, existe otra expresión, supuestamente opuesta a la “alta cultura”, que es la de “cultura popular”, que quiere decir cosas muy distintas en inglés y en español, y que por lo tanto se traduce mal todo el tiempo. En inglés, “popular culture” se refiere al sistema de producción industrial de la cultura, desde Madonna hasta Britney Spears, desde Jennifer Aniston hasta Angelina Jolie, desde Paulo Coehlo hasta Dan Brown. Pero en América Latina, cuando se habla de “cultura popular”, suele ser para referirse a los kankuamos, a los koguis, al vallenato, al bullerengue... Es decir, a la rica tradición propia, desdeñada durante tanto tiempo. Lo irónico es que es precisamente “a su rica tradición propia” a lo que se refiere el término “alta cultura” en la Europa Occidental.

Vaya enredo.

Obviamente, todas las alusiones aquí esbozadas apuntan a los rudimentarios significados colectivos que otorgamos a estas palabras y expresiones las personas que no pertenecemos al exclusivo mundo de la academia.

Pero los problemas no se acaban aquí. Resulta que para muchas de las personas para las que la palabra “cultura” todavía alude exclusivamente a las Bellas Artes, ese “elevado universo de lo bello” debería estar perfectamente impoluto, incontaminado por la política y por la historia, por la ira, por la desesperanza, por el desasosiego, por la desesperación. Las Bellas Artes, la creación artística, no estaría ahí para cuestionar el orden establecido, para retar nuestros preconceptos y prejuicios, para incomodarnos, en suma, sino para aspirar a una vacua armonía de la forma. Es decir, para complacer nuestros sentidos.

“¿La belleza? -se preguntaba Picasso-. Para mí es una palabra sin sentido porque no sé de dónde viene su significado, ni a dónde me lleva”. Sin embargo muchísimos seguimos, dale que dale, pensando que las Bellas Artes tienen que ver con aquello que es agradable a los sentidos.

No hay una concepción de cultura más peligrosa que esta aséptica y cómoda (y falsa, por demás) noción del arte como el producto de una creación sometida a ciertas leyes universales de la armonía. Es decir, aquella que cree que bella es la Venus de Milo, con sus brazos eternamente cercenados por la iconoclastia, pero bello no puede ser un huevo frito de Michael Kippenberger.

La alta cultura examina y se interroga sobre lo humano. El artista no vive en una torre de cristal. Ve televisión, sale a la calle, lee la prensa, vive, se enamora, sufre, y por lo tanto, la esfera de la política forma parte de su mundo.

En Arcadia recibimos constantemente cartas –demasiadas– que nos cuestionan severamente por aludir (en lo que según nuestros corresponsales debería ser el virginal territorio de las bellas artes) a cuestiones y personajes del mundo de la política nacional. No comprenden qué diablos hace un suplemento de cultura hablando de política. Pero es en la esfera de lo político donde más fácilmente se aprecian las grandes contradicciones de la condición humana. Por lo tanto, pocas cosas más legítimas que la reflexión del artista en torno a la política.

Esperamos sinceramente que nuestros lectores entiendan que lo político no está vedado para el arte. Todo lo contrario.

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