Escritores vivientes

Carolina Sanín reflexiona sobre los escritores y los festivales literarios.

2010/06/29

Por Carolina Sanín

Leo a pocos escritores vivos y a menos escritores vivos de mi lengua y continente a quienes pueda encontrarme por ahí. A lo mejor es porque leo libros por curiosidad de lo que dicen los muertos, o para averiguar qué puede producir lo humano que ya ha pasado al otro lado de la vida. Al leer quiero saber –y nunca lo logro, y entonces leo siempre con el deseo– sobre mi propia muerte; creo leer lo que yo misma me escribí cuando fui otra u otro que ha pasado, mientras que también imagino ser alguien que me leerá cuando yo ya no viva. En otras palabras, en la escritura encuentro la formulación de una pregunta por la humanidad sin cuerpos y sin vida; por el alma.

No quisiera repetir la frase obvia de que la lectura es una actividad solitaria. Ni siquiera diría que estoy sola cuando leo. Tampoco diría que estoy acompañada por el autor que escogió qué palabras colar o dar, ni por los personajes que esas palabras configuran en las páginas. Leyendo, estoy acompañada por el mundo: el sofá en el que me acuesto, la ventana que da a la calle, el bombillo de mi lámpara, el papel, el cristal, la hora del día. En tanto que estoy callada y quieta como las cosas, creo conseguir ser la compañía de las cosas. Siento que estoy junto al tiempo y su luz específica. No digo: “Me salgo del mundo cuando tengo un libro”. A la vera de lo inerte, siento que salgo de la vida pero que estoy, como nunca, con el mundo.

Porque leo para sumarme a cuanto no está activo y a quien no está vivo, me parece extraño el afán de otros lectores de ver vivir a sus autores. En un festival al que asistí recientemente en Bogotá, vi el deseo imperioso del público de conocer los rostros y las voces de quienes habían escrito páginas que ellos conocían. Los escritores firmaban libros, estrechaban manos, posaban para fotos. Después de oír hablar en público a un autor, el público hacía uno de dos comentarios: “Qué sencillo es, no se toma en serio” o “Es arrogante”. Es decir, que lo que el lector tenía que decir al respecto del escritor era que este hacía presencia o que trataba de borrarse; que estaba más o estaba menos. El texto en cambio, con el escritor presente, estaba, sin excepción, ausente. La escritura no tenía allí nada que ver ni nadie que la viera.

Después de sus presentaciones orales, los escritores se encontraban unos con otros y se hablaban. Sus parlamentos, que tenían diversos temas y formas, parecían siempre ampliar uno de dos líneas solamente: “Yo soy escritor”, decía el escritor Equis. “Y yo también soy escritor”, le replicaba su interlocutor. Y no parecía vanidad sino desesperación esa afirmación del ser, de ser vivo: la faena inútil de demostrar una actividad que nadie ve hacer.

A mí también me presentaron así, en una conversación pública en la que participé: “Carolina es escritora”. Me dio vergüenza y me sentí malinterpretada, porque al escribir yo lo que quiero es no ser nada; y especialmente, no ser alguien; y especialmente, no ser yo. Y no es por humildad, sino, quizás, por una delirante aspiración. Al final de la presentación, se me acercó una persona y me pidió que le firmara una copia de un libro que escribí. Tuve que admitir que me ponía contenta esa muerte de la muerte. Luego me puse melancólica, al temer que los cortejos que celebro entre la lectura y la muerte son pura literatura. Y a la salida de la melancolía, pensé que a lo mejor hay que ser un escritor viviente para un día sí poder ser un muerto que pudo seguir hablando consigo.

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