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Escritura por estrato

"Aquella mañana Juan Manuel Santos se levantó muy temprano y abrió la ventana. Un súbito escalofrío..."

2010/03/15

Imagínese ver en la prensa nacional un artículo que comience así: “Aquella mañana, Juan Manuel Santos se levantó muy temprano y abrió la ventana. Hacía un frío descomunal y su mirada, perdida en el horizonte grisáceo de la ciudad que apenas despertaba, interrogó con temor el enigma del futuro. Un súbito escalofrío recorrió su espalda, y cerró la ventana de un golpe seco”. Imposible, ¿no?

En cambio, cuán normal es ver, en esa misma prensa nacional, un artículo que comienza así: “Aquella mañana, don Víctor Espitia cogió su mula y se echó trocha arriba por la montaña. Arrugó el ceño y contempló el espléndido espejeo de los yarumos mientras meditaba sobre la noche anterior...”. Muy probable. ¿O no?

Es inevitable preguntarse por qué los periodistas —sobre todo los jóvenes con ambiciones literarias— ­creen que se pueden escribir crónicas de color sobre los pobres y no sobre los poderosos. La pregunta podría formularse también al revés: ¿por qué a nadie se le ocurre escribir sobre los pobres con la misma reverencia pávida y timorata con la que escriben sobre los personajes del poder?

Las respuestas son más bien evidentes. Precisamente por eso: porque el poder produce miedo y ese miedo va acompañado, muchas veces, de servilismo.

Aun así, no deja de impresionar que la reverencia con el poder se exprese de manera tan particular en el lenguaje de los medios de comunicación impresos. Todo adjetivo que se le endilgue a un poderoso es escrutado con lupa por los directores de los medios. Pero la verdad, la lupa no hace mucha falta, porque la autocensura es tan efectiva, que a nadie se le ocurriría decir que Germán Vargas se bajó del avión con los ojos abotargados por el cansancio, dos húmedas lagañas y el traje arrugado. Pero les aseguro que es que esa misma descripción la usarían sin problemas en una crónica sobre un desplazado que se baja de un bus.

Pero examinemos más bien lo otro: esa libertad para adjetivar, para dar color, para sumergir el pie en la piscina de lirismo que automáticamente se otorgan a sí mismos los periodistas que escriben crónicas sobre el país rural, sobre el país pobre. ¿No hay acaso una inmensa condescendencia en esa libertad? ¿Un escondido desdén por el mismo sujeto que supuestamente buscan, desde una equivocada compasión, “humanizar”?

Da la impresión de que en Colombia se cree que en la crónica literaria, el protagonista es el autor de la crónica. Y entonces el periodista escribe para lucirse, como si escribir sobre pobres equivaliera a vestirse de torero. El sujeto de la crónica, como el toro, es secretamente humillado. El periodista sabe que no se puede poner por encima de Santos o de Vargas, pero no hay ningún problema en creerse por encima de Víctor Espitia.

En el periodismo nacional, el pobre representa mientras que el rico es. El pobre es un símbolo, el rico un individuo.

Esta es, considera Arcadia, una de las pruebas más fehacientes de que las palabras sí hacen eco y tienen efecto en la construcción de la identidad de un país, y de que el incesante juego de leer y escribir, de dar y recibir va tejiendo y reflejando unos prejuicios enquistados en nuestra mente. Enquistados tan profundamente que nadie duda de la buena voluntad del joven periodista que busca escribir crónicas de color sobre la pobreza. Pero de buena voluntad no vive el hombre. Por el contrario, la buena voluntad muchas veces mata, como bien lo sabía Stefan Zweig cuando escribió La piedad peligrosa.

Si se lograra hacer una reflexión profunda en las facultades de periodismo sobre este tema, sobre cómo no hay combustión más dañina que aquella que mezcla periodismo y literatura, y sobre los deberes de la escritura periodística, tal vez lograríamos ver reflejado en la prensa (y construido en esa prensa) un país más real. Mientras tanto, los editores deberían ser implacables contra toda “inspiración literaria” que impregne de “verdes pastizales”, “arrugas profundas que le surcaban la piel” o “el suave arrullo de las aves” la redacción de las crónicas sobre el país rural.

Aunque también, no estaría de más que les enseñaran las normas elementales de redacción a aquellos que tienen que escribir sobre Juan Manuel Santos. En suma, ni tanto que queme al Santos ni tan poco que no lo alumbre. Que por lo menos, el criterio editorial no tenga estratos.

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