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Exhibicionismo

En la colomna de este mes Antonio Caballero llama la atención sobre un reality show británico.

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Escribió Oscar Wilde que “la naturaleza imita al arte”. Es una de las frases más citadas de la historia de la crítica. Probablemente el propio Wilde la tomó (sin citar al autor) del sofista Protágoras. El cual, a su vez... En fin: quizás en su más remoto origen (o en su primer retorno) la copió alguien del canto con que las aves remedan el rumor de las olas, o viceversa, en la eterna repetición de la monotonía de la naturaleza.

Viene a cuento una vez más la cita de Wilde (que por supuesto no soy yo el primero en hacer, ni siquiera en referencia al asunto para el que lo estoy citando) a propósito de la más descarada imitación del arte por parte de la realidad que se haya visto últimamente: el caso de los quince marineros ingleses capturados por Irán y devueltos a su país al cabo de dos semanas de reality show. Es decir, al cabo de dos semanas de representación involuntaria pero auténtica de un montaje ficticio como los que se llaman realities, o “realidades”, reality shows, o “espectáculos de realidad”. Que consisten en la parodia de la verdad que unos voluntarios a sueldo interpretan en ese fingido escenario de teatro que es una pantalla de televisión.

La pieza presentada por el elenco inglés, que se hizo respetando las reglas clásicas francesas de planteamiento, nudo y desenlace, empezó como drama, siguió como comedia y terminó en farsa. Hay que tener en cuenta que era una improvisación: una “creación colectiva”, para usar el término consagrado en la dramaturgia. En el primer acto, de sobria estilización clásica, los actores, marinos ingleses con uniforme de marinos ingleses, son capturados y llevados hacia un destino desconocido. En el segundo, de un vulgar realismo burgués, aparecen vestidos de sudadera, como si estuvieran en un descanso entre dos ensayos, comiendo, jugando al ping-pong o a las damas, echando chistes o escribiendo cartas. (Luego dirían que todo eso era puro fingimiento simbólico: que en realidad estaban siendo sometidos de modo subliminal e imperceptible a una tortura psicológica con falsas amenazas de cárcel y simulacros de fusilamiento). Y en el tercer acto, esperpéntico y surrealista, claramente inspirado por el teatro del absurdo, saltan a las tablas disfrazados de funcionarios iraníes, con chaquetas brillantes de triple abotonadura que parecen cortadas por el sastre loco que viste al presidente Mahmud Ahmadineyad, y se ponen a cantar y bailar. La única mujer del grupo va caracterizada de algo estrambótico e inidentificable, mitad personaje de Commedia dell’ Arte italiana y mitad proletaria rural brechtiana dirigida por Grotowski: se cubre con una pañoleta (o hiyab islámico) en vez de su boina negra de combate, y se tapa con una camiseta a rayas de gondolero veneciano. Todos saludan.

Un comandante en retiro de la Armada dijo lo mismo que vengo diciendo: que esos soldados de sainete parecían concursantes de un reality de televisión. Y acto seguido el ministerio de Defensa británico les dio autorización oficial para convertirse justamente en eso: para que les vendieran su historia a las televisiones sensacionalistas por medio millón de libras esterlinas.

Tanto el público como la crítica recibieron el espectáculo con reacciones contradictorias. A algunos les pareció estupendo: los concursantes habían vuelto de la guerra ilesos y cargados de regalos, tal como deberían volver todos los soldados. A otros, humillante e indigno: se habían dejado manipular como en un teatro de títeres.

Pero todavía falta un episodio: van a filmar una película.

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