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Gabo, el intocable

Lo que tiene que decir Nicolás Morales acerca del aniversario del Nobel colombiano

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Gran cobertura del aniversario del Nobel. Ensayos, artículos, dossiers, testimonios, fotos, telegramas y dibujos en separatas de las principales revistas del país. Gabo era el tema y los medios sortearon como pudieron el encarguito: no era fácil, debían enganchar a sus lectores con un onomástico literario –una rareza en las tapas de las revistas– y colgar a Paola Turbay y su nueva serie de la CBS o a las confesiones de algún concejal vallenato.

A falta de redactores literarios, los medios optaron por el encargo. El abanico es amplio: entre otros, el ex presidente poeta, periodistas de segundo nivel, grandes firmas internacionales (Auster, Goytisolo, Monsivais, Fuentes, Vila-Matas), los amigos nostálgicos (Enrique Santos Calderón, José Salgar), los enemigos nostálgicos (Plinio Apuleyo Mendoza), los criollos famosos (Caballero, Mallarino, Lara, Arias, Ospina, Abad, Cobo Borda, Bonnet), un par de contribuciones flojongas (Franco, Botero), y hasta un hermano que recuerda la infancia compartida. El Malpensante, aunque también cayó en la trampa del aniversario, nos recordó que antes de la figura del escritor está la obra y prefirió un ensayo de Juan Gabriel Vásquez. Desafortunadamente no escribieron figuras como Dasso Saldivar, Conrado Zuluaga o Manuel Hernández. Por cierto, pocas fotos recientes del Nobel y ninguna entrevista exclusiva…

En síntesis, euforia y felicidad. Y eso está bien, porque después de todo es un cumpleaños. Y los cumpleaños se celebran alegremente, con fiestas en ciudades amuralladas y reuniones, actos, condecoraciones, cocteles, cenas y hasta conferencias con presidente a bordo.

Y sin embargo, nosotros, que generacionalmente no conocimos al García Márquez disidente en esos años de vueltas y revueltas. Nosotros, que no testimoniamos sus años de indocumentado –tan nostálgicamente recordados por contradictores o amigos–. Nosotros, que no asistimos a su ascenso, pues cuando lo leímos ya era grande. Nosotros, esa generación nacida después de los sesenta, huérfanos de todo un poco, vivimos la fiesta con una cierta ambivalencia. Y ese sentimiento se debe probablemente a la distancia y frialdad que nos genera el personaje público.

Nuestro Gabo no fue el escritor implicado que hizo reportajes sobre el país y sus encrucijadas. Tampoco fue el escritor que acompañó a sus novelas ni el que participó en el debate sobre su relevo literario. No fue el cronista de prensa ni el columnista de grandes y medianos diarios. No fue el intelectual del que nos habían hablado nuestros padres antes de purgar las revistas Alternativa en el tercer trasteo. Y lo más difícil, nuestro Gabo no fue el gran novelista: en estos años publicó libros que, a decir verdad, nos emocionaron relativamente poco. Escritos que lo convertían en un autor que comprometía su reputación, como lo insinúo Mario Jursich en Semana Libros cuando se levantó la polémica por la novela de sus putas tristes. Nuestro Gabo fue el personaje que estableció compromisos publicitarios etéreos y absurdos con el gobierno de Andrés Pastrana. Nos tocó el Gabo silencioso, el intocable, el establecido, el que vive en México retirado del debate político y en la plácida vejez de los pescaditos de oro.

Es posible, como lo insinúa un editorial de Arcadia, que el país arribista y el aparataje de los medios de comunicación hayan sido los grandes culpables del lugar que ocupa hoy el Nobel, de ese desplazamiento que el escritor y el intelectual emprendieron hacia lo establecido. Claro, nos queda una duda y es hasta dónde Gabo es cómplice de su propio destino, hasta dónde él es parte activa de “ese manoseo”, como lo llama Héctor Abad, de los poderosos, los importantes, los influyentes. Y no sabemos si en ocasiones, él mismo no ha querido cambiar ese curso de superficial navegabilidad. Nuestro Gabo fue, y es, estrella. Y, como dice William Burroughs, es difícil que un ícono conmueva si no canta a menudo en el escenario. Claro, ¿qué autor universal no es una vedette, y más en estos tiempos en los que los autores parecen estar más presentes y ser más importantes que sus mismas obras?

Pero volvamos a nuestro asunto, al motivo de esta columna: Gabo cumple ochenta años, y con sus ochenta años es nuestra única figura de talla universal. A Jorge Valdano, el mejor futbolista que haya surgido entre los intelectuales, le preguntaron alguna vez por García Márquez. Valdano respondió que claro que lo leía y que le gustaba mucho, pero que, a diferencia de otros futbolistas, también era capaz de leer autores menos universales, menos populares; en otras palabras, que él era un lector. Y tal vez ese sea el problema con este Gabo, que ha sido leído por lectores y no lectores, que ha trascendido nuestras pequeñas fronteras, que es muy grande para caber dentro de un gentilicio, y que ya dijo lo que tenía que decir. Ahí está su obra, una obra monumental, deslumbrante. ¿Qué es lo que yo le estoy pidiendo?

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