Guerra fuera de lugar

Antonio Caballero reflexiona sobre las verdades y lo "políticamente correcto" de la guerra de Afganistán.

2010/06/29

Por Antonio Caballero

Es una guerra perdida: basta con mirar la foto. Unos hombres pertrechados con armamento de una guerra del futuro avanzan cautelosamente entre las ruinas de una fortaleza del pasado: murallas de adobe y tapia pisada, hondas y sólidas arquerías y galerías vastas como cavernas que se hunden en cavernas más lejanas. Un laberinto visiblemente sin salida.

(Y, por añadidura, en ese paisaje reseco y monocromo, de ocres y pardos y tierras, el camuflaje verdeazulado de dos de los tres soldados está completamente fuera de lugar).

Pero decir estas cosas es políticamente incorrecto. Se paga. Hace unos pocos días el senador Michael Steele, presidente del Partido Republicano, le reprochó a Barack Obama haber escogido (“by choice”) emprender una guerra terrestre en Afganistán, cuando cualquiera que conozca la historia sabe que “todos los que lo han intentado han fracasado”. Hipocresía politiquera, claro, porque quien escogió esta guerra fue el presidente republicano George W. Bush, que la inició hace nueve años, y es la más larga que hayan librado los Estados Unidos en su historia (con la excepción, tal vez, de la conquista del Oeste a los indios). Pero la crítica es válida: nunca nadie ha ganado una guerra en Afganistán, y por ahí han pasado y salido derrotados todos los ejércitos de la historia, desde las falanges macedonias de Alejandro hasta las actuales tropas coaligadas de los Estados Unidos y media Europa, pasando por los escitas, los hunos, los árabes, los turcos, los mongoles, los rusos, los ingleses y los soviéticos. Y sin embargo el líder republicano tuvo que renunciar a su cargo por haber recordado esa evidencia histórica. No se debe insinuar que los Estados Unidos pueden perder sus guerras, aunque desde la de Corea para acá las hayan perdido todas. Y se paga.

Hace pocas semanas Horst Koehler, presidente de Alemania, durante una visita a sus soldados destacados en Afganistán como parte del contingente de la OTAN, explicó que si su país estaba combatiendo en esos remotos andurriales era solamente por hacer negocios. Y por decir esa verdad monda y lironda, que es cierta no sólo para Alemania y los demás aliados de la OTAN encabezados por los Estados Unidos, sino que también lo ha sido para todos los inversotes de los últimos dos milenios y medio, el señor Koehler tuvo que renunciar él también. Lo políticamente correcto es afirmar que la intervención armada tiene por único objeto “restaurar la democracia”. La cual, por otra parte, no ha existido jamás en ese país.

Unos cuantos días antes había metido ya la pata del mismo modo el enviado especial británico Sherard Cowper-Coles, proponiendo que en vista de que se ha demostrado ya de sobra que una victoria militar es imposible, hay que entablar negociaciones de paz con la resistencia de los talibanes. De inmediato fue pasado sin contemplaciones a retiro.

A continuación, en una larga entrevista periodística, el comandante en jefe del ejército extranjero sobre el terreno, general Stanley McChrystal, dejó escapar la opinión de que sus jefes políticos son unos ineptos que están perdiendo la guerra sin remedio. Y también él tuvo que hacer mutis por el foro, como el diplomático inglés o el presidente alemán o el senador norteamericano: fue brutalmente destituido.

Lo reemplaza en su puesto otro general norteamericano, David Petraeus, uno que hace apenas un par de meses se retiró de la guerra perdida de Irak declarando que ya la había ganado. Petraeus aspira, según informan las agencias de prensa, a presentarse a las elecciones de 2012 para ser presidente de los Estados Unidos por el Partido Republicano. Pero hacerse cargo de la inganable guerra afgana no parece ser el más promisorio comienzo para un candidato en campaña.

Tiene Rudyard Kipling un bello cuento, del cual hicieron hace unos años una bella película, que sucede en los tiempos del “Gran Juego” afgano por el control del Asia Central entre el Imperio británico y la Rusia zarista, en la segunda mitad del siglo XIX, que se titula “El hombre que quiso ser rey”. Cuenta la historia de un soldado de fortuna que, por la fuerza y la astucia, consiguió coronarse rey de una tribu montañesa en los desbarrancaderos de Afganistán. Pero acabaron clavándole a martillazos en las sienes su diadema de oro.

Afganistán nunca ha sido tierra amable para los conquistadores extranjeros.

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