¿Hora de repensar una carrera?

Arcadia critica la manera en la que los egresados de comunicación social son maltratados en espacios laborales.

2010/09/21

Mientras el periodismo está en crisis profunda, las facultades de comunicación social parecen seguir empeñadas en producir comunicadores sociales para el pasado. La carrera misma asegura no estar diseñada exclusivamente para periodistas, y ofrece un abanico de opciones (llamados a veces énfasis) en distintas áreas del vasto y ambiguo mundo de la cultura de masas. Por ello, se encuentran compartiendo salón de clases estudiantes de muy distinto perfil y casi opuestas aspiraciones: desde quien quiere dedicarse a la comunicación organizacional, pasando por quien quiere ser editor de libros o videógrafo, hasta quien quiere ser un reportero de pura cepa.

Una de las consecuencias de este caos conceptual es que los estudiantes que quieren dedicarse al periodismo salen increíblemente mal preparados. Llenos de lecturas fragmentarias, de materias arbitrarias que esbozan un montón de temas sin profundizar en ninguno, son arrojados después de cuatro años de clases al brutal mundo de las prácticas profesionales.

Brutal, sobre todo, para los jóvenes que llegan a las salas de redacción de radio y televisión.

El maltrato a los jóvenes en estos espacios laborales es legendario. En el medio son muy conocidas algunas anécdotas. Desde la violenta lanzada de un auricular telefónico de Yamid Amat a una pobre niña, que le acabó rompiéndole un diente al rebotar contra su cara (y que es sólo la más espeluznante de las decenas de historias de “la cultura del grito” que ha caracterizado a Yamid), hasta las insólitas humillaciones verbales diarias a que son sometidos por “brutos”, “ignorantes” o “incompetentes” por muchos periodistas jefes. Otra anécdota inolvidable es la de Fernando Garavito comiéndose (sí, comiéndose) un artículo de un joven redactor. Ese maltrato infame tiene que ser cuestionado.

Uno de los problemas radica en que no todos los periodistas profesionales tienen vocación didáctica. Su trabajo de por sí tiene la urgencia agotadora de los tiempos limitados, la presión de las transmisiones en directo (algo que nunca sucede en prensa escrita y quizá por eso allí el maltrato es menos frecuente), no tienen un gramo de paciencia, y lo último para lo que tienen disposición es para sentarse a explicarle a un joven la mecánica de su trabajo.

Y como el periodismo está lleno de vedettes insufribles —tanto hombres como mujeres­— el asunto se vuelve doblemente problemático. No tienen el más mínimo empacho en hacer de los practicantes sus asistentes personales para lo que se les venga en gana. Desde ir a comprarles paquetes de papas fritas hasta servirles su tinto.

Pero volvamos a la carrera. No es gratuito que en las salas de redacción de prensa muchas veces estén privilegiando practicantes que vienen de la carrera de ciencias políticas o incluso de historia. Y la experiencia demuestra que están mucho mejor preparados para cubrir los temas de nación que los comunicadores, a pesar de no haber estudiado los medios masivos.

Este es otro factor en la ecuación. ¿Como es posible que en un terreno en el que deberían ser expertos sean unos completos ignorantes? El que un egresado de la carrera de comunicación no esté entrenado en el conocimiento profundo de la mecánica de un medio masivo equivale a que un médico no se haya enfrentado nunca a un cuerpo humano, vivo o muerto. Nadie les explica, en los largos cuatro años de carrera, por ejemplo, que en un medio impreso la fotografía es tan fundamental como lo que se escribe. Que el titular, la entradilla, el destacado, el pie de foto y el diseño, forman un todo orgánico que comunica más que el texto mismo; que dirige la lectura. Nadie les explica cómo manejar relaciones con el equipo de trabajo: el camarógrafo, el editor de texto o el editor gráfico, el diseñador. Nadie los entrena en la mecánica misma de su oficio, y acaban recibiendo gritos e insultos por no cerrar la casilla de un telepronter en su computador, mientras la presentadora del noticiero se queda viendo una pantalla en blanco. Nadie les cuenta cómo acometer la delicadísima tarea de construir fuentes, y acaban hundiendo la cara diez horas seguidas en su pantalla, escribiendo textos que reciclan ad infinitum lo que encuentran en la red.

Por supuesto, en todas las profesiones hay jefes implacables y gente de poca paciencia. Y en todas, también, jóvenes tontos, arrogantes e insufribles. Pero en la carrera de comunicación social la deficiente formación de los jovenes es tan alarmante, que todos los factores se confabulan en su contra. Esta editorial quiere invitar a los decanos de las facultades a un debate amable sobre el tema. Porque es posible que sea hora de replantear radicamente la carrera. Mientras tanto, es responsabilidad de las directivas de las facultades tener un diálogo abierto y franco con los medios de comunicación, y exigir algo de mesura en el trato a sus jóvenes practicantes y egresados.

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