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El deseo de leer desde la infancia

La Cámara Colombiana del Libro, Idartes y Fundalectura organizan la novena versión del festival del libro infantil y juvenil. Una invitación para leer con los más pequeños y hacer de la lectura una práctica en la que se fortalecen la inteligencia, el afecto y los lazos familiares.

2015/10/23

Por Claudia Rodríguez R.*

Alejandro tiene 5 años y no puede dormir. A las 11:00 de la noche, suspendido entre bostezos, da vueltas en la cama hasta que sus ojos enormes se detienen en el techo de la habitación. Después de un rato, mientras pone una mano sobre el pecho se pregunta: Cuando yo muera, ¿a dónde va lo que soy por dentro? Ad portas de su propio sueño, la mamá improvisa un par de respuestas, se deja llevar, escoge las palabras y los ejemplos, mientras el niño, prendido de ese punto fijo que encontró allá arriba, escucha con atención. Al final, él se acurruca y duerme. Al final, ella queda colgada del techo, sin sueño, buscando un punto de apoyo y pensando si sabrá responder al montón de preguntas que se vienen cocinando en la cabeza de esa suerte de filósofo nocturno que se le presenta de tanto en tanto.

Consulte aquí la programación del noveno Festival de libros para niños y jóvenes.

Virtuosos del deseo, como los define Freud, los niños tienen, entre otros, apetito de palabras y más palabras: de respuesta, aliento, compañía, inspiración, para satisfacer las preguntas sobre lo simple y lo complejo, para comprobar lo que saben, para inventar y experimentar sus propias verdades. Las palabras cumplen su cometido si surgen en situaciones de escucha profunda, es decir, en esos momentos en que padres, madres y niños, conectados en un relato o en la conversación que este suscita, entran, a través de sus voces, en esa corriente íntima del mundo donde el sentido de una emoción, un pensamiento o una intuición se revelan sin perder su misterio. Escuchar es comprender, no como una operación cognitiva, sino como una orientación que nos liga significativamente con el entorno.

¿Quiénes le escriben o le cantan a los niños en el Festival?

La lectura es un escenario preciso para este intercambio de voces que se sustraen en la escucha. Al leer en voz alta con los niños, nos abrimos al asombro del lenguaje y sus sonidos y a las diversas formas en que las palabras nombran lo extraño y lo diverso, lo cruel y lo festivo. Además, nos exponemos al encuentro con esas otras voces incipientes o acalladas que conforman nuestra interioridad de pequeños y adultos; voces que avivadas por las narraciones terminan por conquistar alguna vía de expresión en la que reflejamos cuánto vamos comprendiendo acerca de la realidad, pero también de qué dudas pertinaces estamos hechos los humanos: quién soy, quiénes son los otros, cómo puedo ser feliz, en qué lugar me encuentro cuando me muera, a dónde irá lo que soy por dentro. Al leer y releer, vamos apropiándonos de la palabra poética y así nos sentimos en un lugar reconocido y reconocible. Gracias a ella, la existencia se vuelve habitable.

¿Cuáles son las novedades para que lean los niños?

Dar de leer canciones, cuentos, juegos y poemas desde la gestación, explorar aquello que conmueve a los niños y desata su imaginación, escucharlos atentamente, ofrecer tiempos y situaciones de lectura y conversación en familia son oportunidades invaluables que los adultos pueden crear para mantener vivo el apetito de palabras y de sentido que anida en ellos. La literatura es una vía certera para apoyar el surgimiento del mundo interior de los niños y alimentar su impulso de fabulación, ese con el que construyen los relatos de su existencia a la luz de los deseos, siempre renovados y de los medios que imaginan para satisfacerlos.

Libros recomendados para los jóvenes

Con su equipaje de símbolos, la literatura los prepara para todo lo que les toque o puedan vivir. Doris Lessing lo propone así:

El narrador vive dentro de todos nosotros. El creador de historias siempre va con nosotros. Supongamos que nuestro mundo padeciera una guerra, los horrores que todos podemos imaginar con facilidad. Supongamos que las inundaciones anegaran nuestras ciudades, que el nivel de los mares se elevara… el narrador sobrevivirá, porque nuestra imaginación nos determina, nos sustenta, nos crea: para bien o para mal y para siempre. Nuestros cuentos, el narrador, nos recrearán cuando estemos desgarrados, heridos e incluso destruidos. El narrador, el creador de sueños, el inventor de mitos, es nuestro fénix, nuestra mejor expresión, cuando nuestra creatividad alcanza su punto máximo.

La literatura, además, desarrolla la imaginación narrativa, es decir, la capacidad para ver el mundo a través de los ojos de otros y ponerse en su lugar. Al entrar en la vida de los personajes de los relatos que lee, el niño va experimentando cómo las demás personas viven afectadas por diversos asuntos, semejantes o no a los suyos, y por qué eso que los afecta es digno de ser explorado. En este camino que moldea sus emociones es muy posible que surja un interés genuino por los demás y también por las contribuciones que él mismo puede hacer, hoy y mañana, para dar otro sentido a la vida de quienes están a su alcance.

Recurrir a los cuentos tradicionales, a las historias de autores clásicos y contemporáneos, a la poesía, la música y el buen cine para niños, al juego, al teatro y, por supuesto, al humor es una vía certera para mantener vivas esas grandes preguntas que soportan la curiosidad y los deseos de los que estamos hechos y sin los que, grandes y pequeños, no podríamos inventar la ilusión de otras formas.

*Subdirectora de Formación y Divulgación de Fundalectura

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