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La carga del hombre blanco

Margarita Valencia hace énfasis en la relación de la obra de Kipling y las afinidades políticas del autor

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Como bien lo afirmó George Steiner, separar la obra de un autor de sus afinidades políticas –en particular cuando estas tienen mucho eco en su sociedad– es deshonesto y, sobre todo, tonto. ¿Cómo es posible expresar admiración por la obra literaria de Céline, por ejemplo, e ignorar sus violentos escritos antisemitas? Por otra parte, pretender que solo a partir de la bondad moral o de la corrección política puede un hombre crear una obra perdurable y conmovedora es francamente ingenuo. Sin embargo esa parece ser la calle del medio por la que han optado críticos y académicos a la hora de evaluar, entre otras, la obra de Rudyard Kipling, uno de los escritores ingleses que han gozado de mayor reconocimiento en vida. Fue premio Nobel en 1936, a los 42 años de edad; su extensa obra poética, gran parte de la cual fue escrita en defensa del imperio, le valió ser considerado “laureado por derecho divino de los pueblos ingleses”; su poema If sigue siendo el favorito de los ingleses, como lo fue en su momento del presidente norteamericano Woodrow Wilson; y sus cenizas fueron enterradas en la Esquina de los Poetas de la abadía de Westminster, al lado de John Milton y Charles Dickens.

No es el caso de Edward Said, el famoso autor de Orientalism, que sentó las bases de un discurso literario que pone al descubierto los entresijos malolientes de la literatura sobre la cual descansan los prejuicios de las clases dominantes, disfrazados de verdades incontestables. Said afirma que “Kipling escribe desde el punto de vista dominante de un blanco en medio de una posesión colonial”, pero también asegura que Kim es una novela notable y compleja “que ilumina la historia de su época”. Kim es la única novela destacable de las muchas que escribió Kipling –como Capitanes intrépidos o Stalky y Cia–, y es considerada por muchos su obra maestra. Kim cuenta la historia de Kim O’Hara, un pícaro irlandés de piel “tan renegrida como la de cualquier nativo” que crece en las calles de Lahore “en “términos de absoluta igualdad con los muchachitos del bazar” y del lama a quien cuida en su peregrinación. En el camino, Kim acepta las labores de espionaje que le propone el coronel Creighton y se convierte en una pieza en el Gran Juego del imperio.

La trama es muy simple, en parte por limitaciones de Kipling –cuando el escritor, en tono de broma, afirma que ha optado por la novela en este caso porque lo que era bueno para Cervantes es bueno para él, la madre inmediatamente le revira: “Sabes bien que no podrías concebir una trama así tu vida dependiera de ello”. Pero la obra es de una gran belleza, quizás porque muestra en toda su grandeza esa “India a la que amaba pero que nunca sería del todo suya”; y, sin duda, por la entrañable relación entre el lama y su sirviente, su chela.

Kim era también una de las obras favoritas del propio Kipling, en gran parte por el activo papel que su padre cumplió en su creación: “Ha sobrevivido durante treinta y cinco años. Hay mucha belleza en ella y no poca sabiduría; y lo mejor en ambos casos se debe a mi padre”, escribe en su autobiografía, Algo de mí mismo. Esta fue publicada póstumamente, y aunque no es particularmente brillante, vale la pena echarle una mirada a la narración de sus años de infancia: el muy dickensiano recuento de su miseria en la pensión de una bruja que le pegaba, y los años escolares que vinieron después. El último capítulo, “Herramientas de trabajo”, debe ser lectura obligada para aquellos que se ocupan de los mecanismos de la escritura: “Mi daimón me acompañaba mientras escribía los Libros de la selva, Kim y los dos libros de Puck, y tuve la precaución de avanzar con delicadeza, para evitar que retrocediera. Sé que no lo hizo porque cuando estos libros llegaron a término ellos mismos lo anunciaron”.

De los libros de Kipling, mis favoritos son las Historias exactamente así y los cuentos que conforman los dos Libros de la selva, este último sin duda el libro más amado de mi infancia. La literatura infantil ha padecido en los últimos cincuenta años un proceso de empobrecimiento inversamente proporcional al creciente interés por la promoción de la lectura entre los niños, en aras del cual los colores y los valores han sustituido con gran bombo las historias, para alegría de los editores perezosos y de los maestros sin imaginación. El resultado es que un adulto medianamente leído podría barrer el contenido de una espléndida biblioteca infantil en menos de un día, sin encontrar nada que desborde la inteligencia de un niño de siete años. Los cuentos de Kipling, en cambio, siguen siendo un festín en su uso de la lengua (salpicada por todos lados de versos); en el delicioso humor que brinca aquí y allá como la mangosta de “Rikki-tikki-tavi”; en su sabiduría sencilla y perdurable (Baloo y Bagheera sobrevivieron incluso a la disneyificación); y, sobre todo, en la belleza sobrecogedora del universo creado por Kipling en homenaje al mundo en vía de extinción de su infancia.

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