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La cima inconstante

Margarita Valencia llama la atención sobre los diferentes tipos de recepción de Cimbelino de Shakespeare

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Cimbelino, una de las últimas obras de Shakespeare (datada alrededor de 1610), fue incluida entre las tragedias por sus primeros editores, considerada una obra histórica en el XIX, un romance a comienzos del XX –junto con Pericles, La tempestad y El cuento de invierno– y, más recientemente, un romance tragicómico: en la rígida jerarquía literaria, el suyo ha sido un proceso de lenta caída hacia la tercera división, acompañado de la creciente certeza de que se trata de una obra muy poco seria. 

Se entiende la necesidad de disociar Cimbelino de la elegancia contenida y austera de la tragedia griega. En Cimbelino el autor echó mano de todo y en exceso: confusión de identidades, príncipes secuestrados en la más tierna infancia, una madrastra malvada y afecta a los venenos y a la experimentación con animales, un fantoche narcisista como el Príncipe Encantador, un conflicto político que escala hacia un enfrentamiento bélico (la altiva Bretaña se niega a pagar el tributo a la Roma imperial, y está dispuesta a ir a la guerra por ello), una telenovela criolla (Imogen, heredera al trono, ama a Póstumo, un advenedizo sin méritos) y un cuento del Decamerón (Iachimo apuesta con Póstumo que puede seducir a Imogen). Como si no fuera poco, en la última escena “Júpiter desciende entre rayos y truenos, sentado sobre un águila. Arroja un rayo. Los fantasmas caen de rodillas”.

El doctor Johnson, editor de Shakespeare en el XVIII, se quejó del exceso de incongruencia de la obra, pero el siglo XIX la adoró. Era la más amada de todas las creaturas de Shakespeare para Swinburne, y Tennyson no solo fue enterrado con una copia de Cimbelino sino que murió aferrado a ella.

En la primera mitad del siglo XX los académicos todavía insistían en la maestría con la que se había entretejido tan compleja trama, pero Harold Bloom, el bardólatra contemporáneo por excelencia, la condenó por caótica: ¿Cómo justificar el apocamiento de Póstumo? ¿La maldad insustancial de Iachimo? ¿La guerra contra Roma, que al final se resuelve en una victoria inútil para los ingleses cuando Cimbelino decide que sí pagará el impuesto después de todos los muertos? ¿La pusilanimidad de Cimbelino?

Tiene razón Lytton Strachey cuando afirma que los últimos romances de Shakesperare son la obra de un “hombre cansado de la gente, cansado de la vida real, cansado de los dramas, cansado de todo excepto de la poesía”:

¡Qué cosas dicen!

Si supieran que todo en la ciudad es por interés,

y lo hubieran sentido; que los artificios de la corte

son tan difíciles de conservar como de dejar a un lado; y que trepar a la cima

es caída segura, o tan resbaladizo que

es tan temible el miedo como el golpe; la labor de la guerra

es un esfuerzo que solo busca el peligro

en nombre de la fama y el honor –que perecen en la búsqueda–,

y con frecuencia deja un epitafio infamante

como recuerdo de una bella acción; ay, tantas veces

es mal recompensado quien bien hace; y lo peor,

debe hacer reverencia a la censura (…)

(III, 3, 44)

Quien habla con tanta amargura es Belario, desde la cueva que le sirve de morada en Gales: arrojado injustamente de la corte, fue él quien se llevó a los hijos de Cimbelino y los crió como propios lejos del mundanal ruido. En su tono se adivina también el desaliento de Próspero en el epílogo de La tempestad, cuando apela a la bondad de su audiencia sin más armas que sus débiles fuerzas.

Pero hay otras señales del desencanto del poeta: las alusiones a la naturaleza perjudicial de la escritura y de los libros, por ejemplo, y a la inutilidad del lenguaje, que solo sirve para confundir, para opacar, para engañar. O la desaparición del juego en el amor, del elemento erótico (profundamente relacionado con las gestas verbales, con el cortejo basado en el duelo de las inteligencias), que en Cimbelino y en La tempestad es reemplazado por un énfasis enfermizo en la pureza femenina y su inevitable contraparte masculina: las fantasías de violación.

Nada en Cimbelino se acomoda a una lectura biempensante, e infortunadamente el Shakespeare del siglo XX padeció del mismo mal que casi toda su producción intelectual: una tediosa inclinación hacia lo políticamente correcto, bajo cuya media luz solo podemos ver a Ricardo III amparado por la cruz gamada o al Calibán de La tempestad como a un héroe poscolonial. Quizás el siglo XXI, empeñado en recuperar la extrañeza y la inadaptación como condiciones necesarias para el pensamiento, pueda darle otra vuelta de tuerca a este Cimbelino, tan vapuleado como divertido. Lo que pasó

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