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La expulsión del paraíso

Margarita Valencia revisa el mito de la caida del hombre y el paraíso perdido

2010/07/01

Por Margarita Valencia

De todos los mitos de creación del hombre, el del Antiguo Testamento es quizás el más terrible: cuenta el Génesis muy brevemente cómo “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, y al hombre, a su imagen, y le dio como hogar el huerto que plantó en Edén, y le prohibió comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; y después hizo una mujer de la costilla del hombre y ella, tras un breve intercambio de palabras con la serpiente, no sólo comió del fruto prohibido sino que le dio de comer a su marido. Las consecuencias de su desobediencia son conocidas de todos.

Sin embargo la idea de la vida como yugo, en el origen mismo de la tradición judeocristiana, ocupa un lugar francamente secundario en la recreación más conocida de la caída del hombre: El paraíso perdido, el gran poema épico de la cristiandad. El poeta ciego, antiguo funcionario del gobierno de Cromwell, escribió su gran obra para “justificar ante los hombres los caminos de Dios” y con la evidente intención de subrayar la sensualidad y el gozo prevalecientes en el paraíso y perdidos por el ejercicio equivocado del libre albedrío. El amor entre Adán y Eva no es de ninguna manera un amor infantil: “Pasaron asidos de la mano”, dice Milton mientras la serpiente observa, “la pareja más hermosa que jamás se haya unido en un abrazo de amor.”

La sensualidad miltoniana campea por la última novela de la nicaragüense Gioconda Belli, El infinito en la palma de la mano, excepto que en este caso es la consecuencia, no la causa, de la desobediencia. Tan pronto comen de la fruta prohibida, invade a Adán y a Eva una conciencia de su cuerpo tan poderosa que “la necesidad de estar juntos, de que sus pieles se rozaran, tenía una peculiar intensidad”. La vergüenza ante la desnudez que tan magistralmente pintara el italiano Masaccio se convierte para Belli en vergüenza por el deseo del otro. El conocimiento adquirido al comer de la fruta no es otro que el conocimiento sexual: “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín”, dice el Génesis. “Quisiera poder volver a estar dentro de tu cuerpo”, dice Eva en la novela de Belli, “regresar a la costilla de donde dices que salí. Quisiera que desapareciera la piel que nos separa”. La conciencia de ser es la conciencia de la piel que nos contiene y nos separa del otro, pero que puede ser mordida o fácilmente asaeteada: el placer y la muerte van de la mano desde entonces.

El terrible dolor por la expulsión del paraíso —patente en los cuerpos magníficos y desollados de los ángeles en el infierno de Milton— es paulatinamente reemplazado por la nostalgia, dolor también pero ya más diluido porque contempla la posibilidad del regreso. En esta nostalgia, desasida de su origen por la larguísima estancia del hombre en el mundo, por su acomodamiento, la patria y la infancia sustituyen el recuerdo lejanísimo del Edén.

Vivir en el paraíso es vivir fuera del tiempo y a salvo de los otros: la infancia edénica es recreada a la perfección en Siete inviernos, de la escritora angloirlandesa Elizabeth Bowen: “Mis padres debieron de haber creado un mundo propio en el que se instalaron. A este mundo, rara vez le afectaba algo salvo muy ligeramente: …en su derredor, un oscuro anillo periférico”. Bowen, huérfana a muy temprana edad, es abruptamente expulsada de su paraíso “al comprender por primera vez que la vida podía ser algo más que la mía propia”.

En Las genealogías, Margo Glantz, recupera el pasado de sus padres y el paraíso (el de su propia infancia) que fabricaron al llegar a México, en donde “judíos rusos y rusos cristianos, rusos socialistas y rusos blancos se sienten unidos por el idioma, las costumbres, la comida del país que han tenido que abandonar”.

El mundo mexicano de Jacobo y Lucía Glantz opone una poderosa resistencia al último y quizás más doloroso coletazo de la expulsión del paraíso, resultado del deseo de los hombres de edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo, y de hacerse un nombre “por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (Génesis, 11,4): en Babel, los hombres intentan por última vez alcanzar la inmortalidad, ya no a través del árbol de la vida sino mediante la palabra. Pero Jehová confunde “su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero”. Perdida la capacidad de comunicación, el hombre fue condenado a vivir encerrado en su propia horda como en cajas de resonancia. La sabiduría del hombre se fragmenta, se dispersa con las lenguas, se disuelve, y sólo le queda su mortalidad para recordarle que alguna vez quiso igualarse a Dios y que ese deseo lo mantendrá eternamente expulsado del paraíso.

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