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La globalización

Antonio Caballero habla de la fotografía ganadora del premio Ortega y Gasset y las dos caras de la globalización

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Un informe de la Guardia Civil española decía hace pocos meses que la mitad de los que intentan la travesía ilustrada por esta foto desaparecen en el camino, tragados por el mar. Es la travesía que va de la desesperación a la esperanza; de la necesidad a la prosperidad; o, en términos geográficos, de África a Europa. De las costas de Marruecos a las playas de Andalucía, cruzando el estrecho de Gilbraltar en chatas barcazas planas que se llaman pateras. O de las de Mauritania a las islas Canarias, desafiando el Atlántico en largas canoas afiladas que se llaman cayucos. Los que salen en la foto (de Désirée Martin, ganadora este año del Premio Ortega y Gasset en su apartado de periodismo gráfico) pertenecen a la mitad afortunada de los que no se ahogaron.

Al menos por el momento. Porque los vemos en el momento en que son interceptados en alta mar por una patrullera guardacostas, antes de que su cayuco toque tierra en Tenerife: lo cual quiere decir que serán deportados a sus países de origen, y en consecuencia volverán a intentar la aventura. Y tendrán entonces una segunda oportunidad de entrar ilegalmente en Europa, o bien una segunda oportunidad de ahogarse.

En la foto les están arrojando desde el buque español una botella de agua. Una sola botella para nueve manos tendidas que intentan atraparla en el aire. En realidad para muchas más: el pie de foto informa que en el cayuco se apiñan “72 sedientos subsaharianos” (eufemismo políticamente correcto que quiere decir negros: como si se usara la palabra “subríograndeños” para referirse a los indios). Digamos, pues, que una botella para 144 manos. Un litro y medio –o eso parece– de agua mineral –no se distingue si con gas o sin gas– en un envase de plástico. Las migajas, o más exactamente las escurrajas de la riqueza del mundo desarrollado tiradas como limosna a los malditos de la tierra. La globalización de la economía es eso.

La foto nos muestra las dos caras de esa globalización, o, más bien, su cara y su cruz. Del lado de la cruz están ahí los mencionados malditos (no todos, por supuesto: faltan los suprasaharianos del Magreb, los europeos del Este, los asiáticos, los subríograndeños...), que acaban de estrellarse contra la inviolabilidad de las fronteras cuando trataban de ingresar al mundo de la riqueza. Del otro lado está su ropa. Literalmente del otro lado, aunque la lleven puesta. Pues no son prendas de artesanía africana, sino productos industriales de fabricación occidental que dan testimonio de la libre circulación de las mercancías. Fue en Senegal o en Mauritania, en Malí o en Burkina Faso, donde estos frustrados ciudadanos del mundo obtuvieron sus gorritos con logotipo, sus chompas de plástico brillante, esa chaqueta de bluyín de la que apenas se ve el cuello en primer plano de la fotografía o, a la derecha, ese suéter con letrero en inglés. Todo es de importación.

Solo el cayuco en el que viajan, que no se ve en la foto, es suyo. Quiero decir, made in Senegal o Mauritania. Y es de suponer que, una vez remolcado hasta Tenerife por el buque guardacostas y una vez deportados de vuelta sus pasajeros, quedará varado en una playa donde lo encontrará un turista alemán o italiano que se lo llevará desguazado a Berlín o a Milán, donde lo venderá por piezas en una tienda de anticuario étnico, junto a una canasto amazónico y una flauta de caña nepalesa. Son muy bonitos, los cayucos tradicionales del Senegal. Y ya casi no quedan.

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