La imaginación

Impresiones de Carolina Sanín sobre una jornada de lectura en un corregimiento del Atlántico.

2010/10/13

Por Carolina Sanín

La fundación La Cueva, que funciona en Barranquilla, tiene un programa que se llama “La literatura pinta bien”. Invita a autores literarios para que lean un cuento frente a escolares de municipios y corregimientos del departamento del Atlántico. Al cabo de la lectura, los niños deben hacer un dibujo inspirado en lo que acaban de oír. El mes pasado me invitaron a leer para los estudiantes de los grados quinto a once de la escuela del corregimiento de Pitalito. Desde Barranquilla se llega por una carretera despavimentada y se pasa por entre campos bellos como todos los campos del mundo. Los niños llenaban el parque del pueblo, que tenía almendros y sombra. El reggaetón que salía de los parlantes del parque se mezclaba con el vallenato de una tienda próxima. Los niños llevaban uniforme. Algunos lo tenían limpio, otros arenoso. Las calles eran de arena. El cuento que leí se titula “Dalia” y trata de una perra salchicha que tiene el nombre de una flor. El nombre del pueblo es el de otro pueblo más grande, en el departamento del Huila, y es el diminutivo de una plantación de cabuya.

Mientras leía me preguntaba quién escogía los uniformes escolares para un lugar tan precario, apartado de la montaña, del mar y de las ciudades, y cada cuánto tiempo cambiaba el diseño de los uniformes. Al tiempo me preguntaba si los niños uniformados sabían que “dalia” era un tipo de flor; si sabían qué cosa era un perro salchicha, y qué significaba una raza de perro. Leía la frase “vivo en un apartamento” y casi quería reírme al comprobar que cualquier cosa que escribo cuelga de ristras de referentes que no necesariamente comparte conmigo el lector que encuentro. En su sobredeterminación, con su apartamento, su dalia y su perro salchicha, mi cuento me pareció un conjunto casi vacío; específicamente, un pueblo extranjero, artificial y precario, como era artificial y precario, con su polvo, sus casas, sus personas y punto, el pueblo en donde sonaba.

No levanté la mirada del libro que sostenía, así que no pude adivinar, por las caras de los niños, si ellos estaban prestando atención. Advertí que, para hacerme entender, yo estaba leyendo con parsimonia y con énfasis, como si manejara un carro por la carretera despavimentada que me separaba del público y que me había llevado hasta él. Acabé de contar. Media hora después, los niños me entregaron sus dibujos. No sé qué esperaba; quizás algo así como una traducción a otra lengua; que me mostraran cosas que mi escritura decía transplantada a otro mundo, insertada en otras vidas; ver imágenes que no reconociera, o encontrar elementos del pueblo metidos en mi territorio: una gallina, un burrito. Pero los dibujos mostraban un perro, nada más; un perro repetido, y esa iconografía, a menudo tan poco fantasiosa, de los dibujos infantiles: el suelo, el sol, una niña, la lluvia —con dos o tres excepciones, que al menos distorsionaban o desproporcionaban un semblante o incluían la marimonda del carnaval barranquillero.

Hasta ahí, vaya y venga. Hasta que en los dibujos aparecieron Winnie Pooh y sus amigos, calcados de alguna plantilla. Y el escudo del Junior, ensayado a partir de un afiche. Y el puma de los zapatos Puma, que debía ser mi perra. Entonces la comunicación que yo imaginaba entre pueblos imaginados y pobres “entre mi texto y el contexto de mi lector” se desvaneció. No había un lenguaje y otro lenguaje; no importaba la voz ni importaba el lugar. En aquel rincón, la publicidad colmaba la imaginación y arrastraba el cuento, y en su estela no daban ganas de decir nada más.

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