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La letanía que extirpa el horror

“Algunos creen que la vida no está en los libros. Yo diría que no está más que en ellos.” Andrés Trapiello

2010/03/15

Por Margarita Valencia

“Andrés Trapiello, bibliófilo”: así fue presentado el escritor español ante un grupo de estudiantes de primaria de una escuela cartagenera en el IV Congreso de la Lengua. Después de semejante presentación, hubieran debido todos pararse e irse (el bibliófilo y los niños); pero no lo hicieron, porque para que algo tan desaforado como este Congreso de la Lengua suceda se requiere del capricho de unos pocos y de la aquiescencia y el silencio estupefacto de muchos; así que los niños y el bibliófilo trataron de superar el mal paso con dignidad. Y a nosotros, los compungidos espectadores, nos quedó el consuelo de saber que en unos años leeremos una relación del acaecimiento en los diarios de Trapiello, que subrayará con humor la insensatez que suele prevalecer cuando los políticos deciden extender el manoseo hasta los predios insignificantes de la literatura.

Valga aclarar que Trapiello sí es bibliófilo, además de editor (algo cuenta sobre el tema en Imprenta moderna. Tipografía y literatura en España, 1874-2005 [2006]) y tipógrafo. Esos oficios acompañan bien a sus otros oficios, los de poeta, ensayista, novelista y diarista: y todo el conjunto acaba creando un ave rara en el universo de la literatura contemporánea, alguien a quien uno asociaría con un escritor inglés de la primera mitad del siglo XX –un Kingsley Amis o un Edmund Wilson– y no con un escritor español de la primera mitad del XXI.

Pero mientras que Amis y Wilson picaron aquí y allá (Amis escribió, por ejemplo, un ensayo sobre James Bond y Wilson, un estudio sobre los rollos del mar Muerto), la obra de Trapiello genera una curiosa sensación de unidad, de algo que quizás acabará pareciendo una obsesión: “Hemos ido adquiriendo con el tiempo una fama absurda de reflotar ahogados y resucitar fantasmas a base de libros viejos, periódicos viejos y revistas viejas, o sea, metidos en el negociado de ‘raros y olvidados’. […]”. Y es verdad que lo hace: su obra –los ensayos, los poemas, las novelas– se ha ido convirtiendo en una muralla contra la insustancialidad de la moda, contra el olvido desdeñoso e ignorante. Parte importante de su trabajo de albañil consiste en dejar constancia minuciosa de su época en el proyecto literario más ambicioso y más bello del que tenga noticia: su Salón de pasos perdidos. Una novela en marcha, del cual ha publicado ya catorce volúmenes –el primero en 1990 y el último, La cosa en sí, a finales del año pasado.

“Los libros, al menos los que a uno más lo han conmovido, han sido aquellos en los que la vida quedó atrapada de manera ineludible”, dice Trapiello en alguna parte: es lo que logra en estos libros que se ocupan de la vida cotidiana, de la compra del pan, de la crianza de los hijos, de la novela que cada hombre lleva consigo, de acuerdo con el epígrafe tomado de Fortunata y Jacinta que los precede a todos. Él los llama diarios y sus lectores los llamamos diarios, pero no hemos de confundir estos textos esencialmente literarios con las confesiones desgarradas de adolescentes enamorados o de malhechores arrepentidos. En estas páginas, Trapiello trabaja con inmensa fortuna “la intimidad como un género más de la literatura”; y lo hace de tal manera que construye con el lector “un camino de ida y vuelta” en cuyo tránsito nos sentimos como el aprendiz de pianista que toca una pieza para cuatro manos al lado de su maestro; nos parece que estamos participando en la experiencia luminosa de la creación del mundo que emprende el escritor cada vez que empieza una historia.

“Nada de cuanto ha escrito me será indiferente”, dice de Natalia Ginzburg, una de muchos escritores que hemos aprendido a amar a través de sus páginas. Otro tanto podemos decir de su propia escritura, que se empeña con obstinación en obligarnos a correr “el riesgo de la sospecha” como condición indispensable para rescatar un mundo sin la mediación del lugar común, del deslumbramiento efímero e insustancial. La recompensa es el asombro y el regocijo que provoca su castellano amplio y preciso y que nos hace pensar que habría que leer un poco de Trapiello todos los días, como él lee lo suyo, para “estar a salvo, arropado, comprendido”, “allí donde la literatura cambia su nombre por el más sagrado de la vida”.

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