La literatura es un peligro

A propósito de los diez años de la muerte del escritor Roberto Bolaño, recordamos esta opinión de Margarita Valencia sobre el autor de Los detectives salvajes.

2010/03/15

Por Margarita Valencia

En Bolaño, la literatura es un viaje incesante hacia la muerte, pero no discurre en línea recta.
 
  -Eduardo Lago 

 

La noria de los medios ha vuelta espuria la fama, para confusión de quienes andan por el mundo de las artes y las letras anhelando una notoriedad que por otra parte consideran deleznable. La reputación –que parecería requerir una continuidad en el esfuerzo, una capacidad reconocible– tampoco es un refugio. Las odiosas cintas que abrazan los libros anunciando miles de ejemplares vendidos exigen siempre una conjunción adversativa que justifique la elección. Y los premios (los importantes) resuelven las aulagas económicas de los escogidos pero no los ponen a salvo del rictus amargo de los escépticos. La desconfianza que caracteriza las relaciones entre críticos, escritores y lectores –para no mencionar la academia– es una de las consecuencias perversas de la frivolización de la cultura y hace aun más intransitable un terreno en el que el mercadeo prevalece.

Quizás por eso la figura de Roberto Bolaño (1953 - 2003) parece suscitar tantas reservas como admiración, acompañadas la una y la otra de un cierto desconocimiento de su obra. Su vida accidentada, su aparente desarraigo y el reconocimiento relativamente tardío de su inmenso talento contribuyeron a este estado de cosas. Y alimentaron sin duda la acidez que exuda la mayoría de sus declaraciones públicas. No se escapa la nota preliminar de Monsieur Pain: “El tiempo, que es un humorista de ley, me ha hecho ganar posteriormente algunos premios importantes. Ninguno ha sido, sin embargo, tan importante como estos premios desperdigados por la geografía de España, premios búfalo que un pielroja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida. Nunca como entonces me sentí más orgulloso y desdichado de ser escritor”.

La novela, previamente publicada por el Ayuntamiento de Toledo, fue reeditada por Anagrama en 1999, seguramente con motivo del Premio Herralde de Novela otorgado a Los detectives salvajes, uno de los dos premios importantes que Bolaño recibió en su vida; el otro fue el Rómulo Gallegos, en 1999. Y la nota preliminar –imagino como una explicación plausible– se justifica no solo por el hecho de que ya en ese momento Bolaño se sabía mortalmente enfermo, sino por el papel de insolente guía literario que había decidido asumir desde el momento de la publicación del Primer Manifiesto Infrarrealista, Déjenlo todo, nuevamente.

Era 1976 y Bolaño regresaba de Chile, su país natal, de ver morir con Allende el sueño de su generación. El golpe de Estado pareció condenar a sus coetáneos, hijos de la revolución cubana, a mirar permanentemente hacia atrás, convertidos en estatuas de sal. A Bolaño, por el contrario, lo empujó literariamente en la otra dirección: “Según [Ulises Lima], los actuales real visceralistas caminaban hacia atrás. ¿Cómo hacia atrás?, pregunté.

—De espaldas, mirando un punto pero alejándonos de él, en línea recta hacia lo desconocido.

Dije que me parecía perfecto caminar de esa manera, aunque en realidad no entendí nada. Bien pensado, es la peor forma de caminar”.

En la otra dirección, hacia lo desconocido, quedaba Santa Teresa, el final del camino latinoamericano y de la búsqueda del escritor, tema central de su obra. En Santa Teresa termina Los detectives salvajes y empieza 2666, una obra inconclusa de más de mil páginas cuyo núcleo es la relación de la muerte de casi cien de las más de cuatrocientas mujeres asesinadas en Ciudad Juárez desde 1993. Ambas novelas están llenas de pasos en falso, de equivocaciones, de pasajes inútiles: juntas, son la obra más contundente en el panorama literario latinoamericano de la última mitad del siglo XX. “Escribir maravillosamente bien lo puede hacer cualquiera”, dijo Bolaño, y lo confirma la cantidad de maravillas babosas que se publican a diario y que leemos sin pena ni gloria. Estamos de acuerdo en que su aporte principal fue la invención del español latinoamericano; pero no menos importante fue su excepcional valentía literaria: Bolaño no ha dejado lugar a dudas sobre el deber del escritor ante el pavor de las fosas comunes.

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