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La mano del mercado

Antonio Caballero reflexiona sobre la relación entre Arte y Mercado a propósito de la obra de Damien Hirst

2010/06/30

Por Antonio Caballero

Por los mismos días en que se reventaban a partir de Nueva York todas las Bolsas del mundo, en Londres el artista Damien Hirst subastaba un arrume de sus obras recientes. Cadáveres de animales conservados en grandes recipientes rellenos de formol: dos o tres tiburones con las fauces abiertas, una oveja cortada en dos a lo largo, una vaca decapitada, un caballo blanco disfrazado de unicornio, y un Becerro de oro (The Golden Calf). Es decir, un becerrote grande y rubio con las pezuñas y las astas forradas en pan de oro de 18 quilates y un disco de oro macizo sobre la testuz, como el sagrado Buey Apis del antiguo Egipto. En dos días de venta, Hirst sacó en limpio la bicoca de 111 millones de libras esterlinas. Por el solo Becerro un comprador anónimo le pagó 9.200.000 libras. No sé cuánto es eso en euros, ni en dólares, ni en pesos colombianos, ni mucho menos en guineas. Pero me suena caro por un novillo muerto.

El mercado del arte está por las nubes, de acuerdo. En especial el del arte contemporáneo y moderno. De siglos anteriores queda poco en manos privadas: hay que esperar a que se vayan muriendo los viejos duques ingleses para que sus herederos saquen al aire un Tiziano o un Rubens para pagar los impuestos de sucesión, y los museos nacionales usan entonces su derecho de pernada para quedarse con la obra. Lo moderno, en cambio, cuesta un ojo de la cara. Hace tres meses uno de los nuevos ricos rusos compró en Nueva York un tríptico de Bacon por 90 millones de dólares, y el Hombre con pipa de Picasso se vendió por un riñón, y unos “Nenúfares” de Monet, y unos “Lirios” de Van Gogh, y... Hasta un cuadro (bastante repulsivo, por cierto) de un pintor todavía vivo, un desnudo de Lucien Freud, se vendió hace poco por 33 millones de dólares.

Pero ¿Damien Hirst?

No estoy haciendo un juicio artístico. Estoy hablando de plata. Ya no se sabe muy bien qué es arte, si es que alguna vez se ha sabido. ¿Lo que deciden las academias o los críticos? ¿Y en qué se distingue de la religión o de la propaganda? Desde Marcel Duchamp, hace ya casi un siglo, arte es cualquier cosa que el artista defina como arte. En esta misma revista contó Paula Silva el mes pasado la historia de la famosa Fuente de Duchamp, ese orinal de porcelana industrial del cual mana lo mejor y lo peor del arte contemporáneo, y que por eso fue hace unos años, con justicia, proclamada la obra de arte más influyente del siglo XX. En efecto, Duchamp cambió la concepción de lo que es arte, el criterio por el que se determina qué es arte y qué no lo es. O que todo lo es.

De ahí han venido excesos, como los de Damien Hirst. Un personaje que hace unos años, cuando empezaba a ser famoso, declaraba su impaciencia por alcanzar un punto de fama tal que se le permitiera hacer arte verdaderamente malo sin que le dijeran nada (“I can’ t wait to get into a position to make really bad art and get Hawai with it”). Ya llegó allá. A tal extremo que se acaba de dar el lujo de eliminar a los marchantes y a los galeristas, saltándose así la última barrera que separaba el arte institucional (o, si se prefiere, comercial) del mero capricho olímpico del artista. Sus obras las vendió desde su casa, sin siquiera exhibirlas, por teléfono. Y tampoco eran suyas, estrictamente hablando: Hirst no las hace personalmente, sino que se las encarga a unos técnicos, tal como hacía Andy Warhol en su taller llamado “The Factory” [La Fábrica]. Lo único que hace Hirst es firmarlas, y venderlas.

Tampoco eran hechos por él, sino fabricados industrialmente, los “readymade” de Duchamp. Y ni siquiera era suya, sino falsa, la firma con que presentó su orinal original (que no lo era) a la exposición neoyorquina que lo hizo famoso. Se podría decir, entonces, que Hirst no ha inventado nada.

Sí: nada menos que la plata. Duchamp no vendía sus “readymade”, sus orinales de loza, sus ruedas de bicicleta: se los regalaba a sus amigos, y a veces les fijaba un modesto precio simbólico para volvérselos a comprar. Él, entre tanto, vivía de dar clases de ajedrez. En Duchamp lo que importaba era la conciencia del artista. En Hirst, el dinero del coleccionista. Al francés de Nueva York de hace un siglo y al inglés de Londres de hoy los une —y los separa— un italiano de Milán de hace 50 años: Piero Manzoni, que enlataba su propia auténtica “merda d’artista” y la vendía por el precio de su peso en oro.

La novedad, pues, es que ya no es el capricho soberano del artista lo que decide qué es arte, ni el juicio del crítico, ni la autoridad de la academia: sino la mano invisible del mercado. El propio Damien Hirst se burla de Charles Saatchi, el gran magnate inglés de la publicidad y mecenas del arte que lo lanzó a él a la fama y la riqueza desde su galería londinense en los años 90, diciendo que “solo reconoce el arte con su billetera”.

Decía Antonio Machado: “Todo necio / confunde valor y precio”.

Debió notar la diferencia entre lo uno y lo otro el segundo comprador del primer tiburón embalsamado por Hirst hace 20 años. El primero, que había sido Saatchi, pagó por él 50.000 dólares; el segundo, un coleccionista de Nueva York, se lo compró a Saatchi por 12 millones. Y vio cómo, por mal hecho el trabajo de los taxidermistas, el animal se empezó a deshacer dulcemente entre el formol de su acuario.

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