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La necesidad de hablar con los muertos

Nicolás Morales habla sobre el éxito de El olvido que seremos

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Buen golpe el de Planeta este fin de año con el último libro de Héctor Abad Faciolince: artículos de los editorialistas de gran prensa, buenas posiciones en los falsos listados de ventas, cubrimiento generoso de toda la prensa cultural, casi once reseñas, dos portadas de importantes revistas y, oh sorpresa, personaje del año de la revista Cromos, la misma de las reinas y sus implantes de fin de año. El hecho editorial del año, sin duda alguna. Puede que el libro, que va por su sexta edición, haya aprovechado el frenesí de consumo decembrino y es claro que la editorial, en esta ocasión con muy buen olfato, le metió toda su maquinaria de marketing al asunto. El caso es que El olvido que seremos terminó debajo del árbol navideño de muchos hogares colombianos y, en consecuencia, en la playa que me tocó este año la estadística era favorable: tres personas leían a Abad; una persona más tenía un Coelho y otra hojeaba páginas de la siempre vacacional Isabel Allende. El resto, como siempre, puro Condorito y Jet-Set.

Es obvio que ser columnista ayuda a empujar la euforia publicitaria porque, como dice el dicho, entre bomberos no nos pisamos las mangueras. Un periodista que escriba una novela será siempre un novelista mejor cubierto por los medios, sin que importe la calidad de lo escrito: cuánto le habría ayudado a Los caballitos del diablo que Tomás González trabajara en la W o la FM; cuánto más vendería Helena Iriarte si se sentara todas las mañanas junto al, entre otras muchas cosas, novelista Juan Gossaín. Aunque, corrijo: un periodista bien conectado siempre será un novelista con mucha cobertura. Tal vez a eso se debe que el cronista Germán Pinzón pasara desapercibido en el 2006 con su última novela, a pesar de ser una de las mejores plumas del país.

El hecho es que tuvimos a Héctor Abad hasta en la sopa. Y, sin embargo, por encima de la endogamia coctelera, del lobby para las portadas y el lagartazo ensalzado con reseñas, hay que decir que El olvido que seremos es un libro importante. Y lo es, en primer lugar, porque está bien escrito, lo que es ya una virtud en el mundillo de los libros que superan los veinte mil ejemplares en Colombia.

Sumado a su indiscutible valor documental, este libro se lee como un poema de amor filial, de infancia y juventud y de las vilezas del alma, que hace al lector partícipe de un esfuerzo por construir un relato con las imágenes de un pasado que muchas veces quiso ser pero que, sólo hasta ahora, veinte años después, pudo ser narrado para dejar de ser recuerdo y convertirse en testimonio. Pero, El olvido que seremos no es sólo el relato de ese padre cuya figura aparece conjurada por el amor del hijo, como repitieron hasta la saciedad las reseñas que lo comparaban con Philip Roth. Es sobre todo el testimonio de ese difícil proceso de construir memoria para dar paso al pasado. Desde “el asombro casi sereno ante la maldad de los asesinos”, en las letras de Héctor Abad se reconoce el largo tránsito que lleva del dolor de la memoria a la memoria del dolor. Y ahí, precisamente, radica la importancia de este libro, en tiempos en los que la palabra “memoria” comienza a desfigurarse a golpe de titulares de prensa y declaraciones de funcionario público. Porque la memoria, y particularmente aquélla que ahora se convoca en un país de guerra inacabada, necesita textos que, como El olvido, propongan lugares colectivos para reencontrar y reescribir recuerdos.

Dice Efraim Medina, al no ver su rostro embellecido por el bisturí en la portada de Cromos, que Abad hace libros aburridos, y lo único que podría contestársele es que éste, a diferencia de los suyos, es un Libro. No un panfleto ni un ejercicio de oportunismo estilístico que el señor Loriga, digo, Medina, debería leer para cambiar de perspectiva. Relatos tan conmovedores como este último de Abad son escasos en la reciente literatura colombiana, dada más al glamour idiota de la violencia que a la necesidad real de traer con nosotros a los muertos. Las imágenes que guardo del asesinato de Héctor Abad se han hecho borrosas en mi cabeza a fuerza de años, juventud y desinterés; pero hoy, sin embargo, este hecho hace parte de mi memoria porque, de alguna manera, al leer el libro, pude dar un lugar a mis recuerdos tomando prestados los de otro para hacer del pasado un momento vivo ahora compartido. Un pasado que se alza, entre otras cosas, por la fuerza de la impunidad. Por esa vocación literaria de, siguiendo a Coetzee, hacer justicia sin tribunales.

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