La PQB

Marta Ruíz analiza cómo el concepto de la "pequeña burguesía" ha cambiado en estos últimos años.

2010/05/27

Por Marta Ruiz

En mis remotos años juveniles, y en la subcultura de izquierda en la que entonces vivía, era considerado una vergüenza pertenecer a la clase media. La infame PQB (Pequeña Burguesía) se tenía por traidora, arribista, cobarde y, en el peor de los casos, por portadora de vicios intelectuales tan horrendos como pretender hacer la revolución desde una cafetería. Esa franja media era considerada un estorbo para quienes pensaban que “los de abajo” deberían despojar del poder “a los de arriba”, y que en ese momento crucial, la PQB mostraría el cobre.

La clase media, esa franja de pequeños propietarios, pero sobre todo de trabajadores educados e ilustrados, ha crecido en el país si nos miramos en el espejo del pasado, pero no tanto si nos comparamos con otros países. Resulta pues que tenemos un gran problema de movilidad social. Si se nace pobre es altamente probable que así se viva y muera. Y si se es de la clase media, la sociedad le ofrece muchas más oportunidades, siempre y cuando no pongan en cuestión el statu quo vigente en el que todavía el poder emana del dinero o del apellido.

No es ninguna novedad decir que la avaricia –y la violencia– del sistema de élites de Colombia, es la causa de nuestra brutal desigualdad. Avaricia porque basta ver lo que ocurre en muchas regiones, donde la clase terrateniente posee miles de hectáreas de tierra, las curules del Congreso, dominan los gremios privados, influyen directamente en los medios de comunicación y eluden el pago de impuestos. O los pulpos financieros que se engullen de ganancias que les dejan unos intereses de usura, pagados principalmente por la clase media. Más que avaricia nuestras élites sufren de gula.

Y violencia porque en nuestra sangrienta historia política apenas emerge un líder político, no digamos revolucionario, sino que represente los “tibios” intereses reformistas de la clase media, se gana un disparo. Pasó con Gaitán y pasó con Galán.

Por eso no debería sorprender que ese sistema señorial se haya imbricado con otro emergente, igual de avaro y más violento, que proviene del narcotráfico. Que la mafia se ha convertido en el vehículo de movilidad social en el país es una verdad de perogrullo. Y ese retrato es el que nos muestra la televisión. Si antes en las telenovelas la niña huérfana y pobre se casaba con el rico y así realizaba su sueño, ahora las muñecas de las series se acuestan con el traqueto para conseguir exactamente el mismo objetivo.

En un interesante libro titulado ¿Quién gobierna? escrito por el sociólogo Robert Dahl hace varias décadas, se expone el estudio del caso de la ciudad de New Haven, en Connecticut, y sobre cómo se pasó de un sistema oligárquico a uno pluralista en el curso de 70 años. Según Dahl, un factor importante fue lograr que las clases medias ilustradas tuvieran influencia política. La clave para esa construcción del pluralismo fue la educación. A través de ella, muchos otrora “desposeídos” pudieron aspirar a participar en el gobierno. Eso sí, no en una competencia individual y arribista, sino a través de la acción colectiva. El hecho de que la gente se eduque, como proyecto de sociedad, no tiene que ver solo con la calidad del empleo que consiga, ni con su ascenso personal en la escala de los ingresos, sino con los valores espirituales que se construyen, asociados a derechos y libertades, y por supuesto, con la calidad de la democracia.

La educación debería servir para lograr también influencia política de los sectores que han estado despojados de poder. Que la clase media ilustrada llegue a gobernar sería una revolución política en un país como Colombia. Especialmente si su horizonte esa crecer cerrando la brecha del “arriba” y el “abajo”.?Quizá la PQB no era tan infame como pensábamos hace un cuarto de siglo.

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