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La religión verdadera

Antonio Caballero analiza la religión como artefacto cultural y los gestos de Madonna entorno a esto

2010/02/09

Por Antonio Caballero

Como todos sabemos, aunque muchos se empeñen en negarlo, la religión es el artefacto cultural más peligroso que han inventado los hombres. “Opio del pueblo”, la llamó Marx; y todos hemos podido observar que cuando un opiómano deja su adicción a la droga se convierte de inmediato en seguidor fervoroso de alguna religión más o menos establecida: católico mariano o budista tibetano, o cienciólogo, o partidario del gurú Maharashi, o cristiano renacido. Y en nombre de su recién descubierta religión verdadera (todas lo son) empieza a considerar enemigos mortales a todos los que creen en cualquier otra, o en ninguna. Y a matarlos.

Estos tiempos terribles que vivimos son buenos para verlo, ensangrentados como están en todas partes por las resucitadas guerras de religión. Se enfrentan los musulmanes con los cristianos y con los judíos y también entre sí, chiítas contra sunnitas, o contra los habitualmente pacíficos hinduístas. En la China, tradicionalmente atea desde Confucio hasta Mao tsé Tung, se agitan los católicos romanos y surgen sectas esotéricas y gimnásticas que las autoridades persiguen con vigor. Hasta los japoneses, cuya religión cuenta con más de diez mil dioses y justamente por eso había parecido inofensiva porque entre todos sumados no completan un dios único, que son los de verdad dañinos, están haciendo peregrinaciones ominosas a un santuario de criminales de guerra. En todo el mundo crecen y se agudizan los fundamentalismos: el islámico de los ayatolas y de los talibanes, el cristiano evangélico de los neoconservadores norteamericanos, el judío ortodoxo del Pacto de la Alianza con Jehová. No hace mucho que el Papa de Roma Benedicto XVI, de visita en el campo de exterminio nazi de Auschwitz, se hizo a sí mismo una pregunta descaradamente retórica:

–¿Dónde estabas, Dios mío, mientras esto ocurría?

Un gran dibujante satírico español, El Roto, le respondió al Pontífice:

–Estaba aquí, en los hornos crematorios.

Todos los dioses están despertando otra vez, a la vez. Y son terribles.

Por eso resultaba tan refrescante para el espíritu la frivolidad de que hacía gala la cantante Madonna en materia teológica. En los veinte años que lleva sonando por ahí, Madonna ha cambiado de fe religiosa con tanta desenvoltura y frecuencia como ha cambiado de tinta de pelo. Ha sido castaña, rubia, pelinegra, rubia platinada, llevando a tal extremo la verosimilitud en la mentira que cada vez se ha teñido también el vello púbico para que haga juego. Y ha sido católica romana, judía ortodoxa, de una cosa que se llama DIY, y que no sé en qué consiste, y últimamente practicaba la Kabbala, que es un culto mistérico del judaísmo talmúdico al cual sólo tienen acceso los ricos y famosos. Y todo eso que ha sido, sucesiva y a veces simultáneamente, lo ha sido además con un sano y soberbio desdén por la iglesia constituída de cualquiera que fuera la religión que estuviera adoptando, escandalizando con su exhibicionismo sexual a los obispos, a los muftíes, a los rabinos.

Hablo en pasado: aquello resultaba refrescante. Pero leo ahora, en un artículo de Germaine Greer, que en su actual tour Madona exige que en cada escala le instalen un bizcocho sin estrenar a la taza del excusado de su baño; y hace que lo retiren y lo destruyan en su presencia cuando se va para que ningún empresario avispado pueda venderlo por eBay, la casa de subastas de Internet.

Y es que Madonna se ha convertido por fin a la única religión verdadera. Que es, como también señaló Marx, el fetichismo de la mercancía.

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