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La soledad del corredor de fondo

“Sé que él gustaba de mis novelas, pero cada vez que me pongo a escribir pienso que si Rulfo había dejado de hacerlo debía ser porque creía que no valía la pena. Y si pensaba eso, ¿qué diablos hago yo frente a la máquina de escribir?” Osvaldo Soriano

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Unos días después de la muerte de su autor, Osvaldo Soriano, el 29 de enero de 1997, salió de la imprenta Piratas, fantasmas y dinosaurios: los tres golpes del título son de lo más sorianesco (recuérdese Triste solitario y final y Artistas, locos y criminales), y también lo es la ilustración de la cubierta (un corsario negro tomado, supongo, de una vieja edición de Salgari); y, por supuesto, la colección de sus obsesiones: el fútbol, la política, la escritura (que no la literatura) y, al otro extremo de la cadena, los editores (los piratas del título, sobra decir). Soriano no era único en su desprecio por estos “hijos del diablo”, como los llamó Goethe, pero sí era excepcional en su erudición en el tema de las anécdotas canallescas que los involucraran. Y tenía una razón absolutamente válida: hijo de un catalán inspector de obras sanitarias, Soriano entendía la escritura como un oficio (no como un don o una vocación) y en ese sentido la consideraba responsable del pago de sus cuentas. ¿Cómo sentir respeto por quien insiste en hablar de literatura cuando uno está hablando de dinero?

Su padre, contó alguna vez, preocupado por su elección de la escritura como medio de vida, lo instaba constantemente a tomar cursos: de taquigrafía, de plomería, de albañilería, para que no se muriera de hambre. Antes de ser escritor, Soriano había decidido ser futbolista; pero “cuando le dije [a mi padre] que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba”.

Cualquiera que haya leído a Soriano con afecto –y no hay otra manera de leerlo– habrá visto por todos lados las huellas de ese padre, “un intelectual, un hombre de ciencia que de fútbol no sabía nada”. En el barco que lo lleva a América, en el primer capítulo de Triste, solitario y final, Stan Laurel recuerda a su padre, “que también es actor y ha visto de frente la ansiedad de los curiosos, la desesperación de los fracasados, la alegría momentánea de una mueca”. Triste, solitario y final, su primera novela, fue publicada en Argentina en 1973, poco antes de que su autor se exiliara en Europa. Su última novela, La hora sin sombra, es el diario de carretera de un escritor que huye de su padre enfermo, incapaz de enfrentar su muerte; va al volante de un Torino que su padre armó pieza por pieza para él, con una mesa plegable en el asiento de atrás para el computador; “lleno de miedos y malos presagios”, el escritor va componiendo su ficción siguiendo sus propios mandatos: “Una historia escrita con sinceridad puede escaparse en todas direcciones, se hace tensa y frágil, pero es fiel a sí misma; tiene pasado y futuro”.

La sinceridad es una cualidad muy elusiva en la literatura, y poco apreciada por críticos y académicos. Cuando Soriano regresó a la Argentina, en 1984, sus libros ya eran best-sellers, varias de sus novelas habían sido llevadas al cine, y su obra circulaba en veinte idiomas, circunstancias todas que vuelven sospechoso a un escritor. Para completar, su obra no se parece a nada que se estuviera publicando por esa misma época, y resulta por ende difícil de catalogar. En eso, creo yo, comparte miserias con otro gran escritor olvidado: su coterráneo Manuel Puig. Los argentinos comparan su obra con la de Roberto Arlt, de quien se dice que tampoco sabía escribir. Pero Soriano tampoco sentía afinidad alguna con la crítica, y creía a pie juntillas que “el autor está siempre solo como un corredor de fondo. Y de esa soledad debe sacar […] la peregrina ilusión de que algún día alguien decida abrir su libro para ver si vale la pena”.

Claro que vale la pena: sus personajes, perdedores entrañables con un estricto código ético y profundas convicciones políticas, siguen siendo una cota alta en una América Latina que se hunde en el oportunismo. Y sus historias, llenas de humor negro, absurdas como la vida misma, conservan viva una inocencia en vías de extinción.

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