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La suerte merecida

Hoy el medio le vende la pauta al gobierno, y mañana el gobierno se la vende a él. Tan bonito.

2010/03/15

Es irónico: son tan obsoletas las ideas que tenemos sobre la educación que a nadie se le ha ocurrido incluir como obligatoria la materia de “Medios de comunicación” en el bachillerato. Y por ello, la mayoría de nosotros sale del colegio sin entender cómo funciona la herramienta más poderosa y masiva que hasta ahora hemos inventado los seres humanos para interpretar el mundo que nos rodea. Una herramienta a la que nos sometemos felices, ante la cual somos inmensamente vulnerables, y que moldea nuestras opiniones y convicciones, nuestra imagen de la realidad. Salimos del colegio sin que nadie nos haya explicado qué quiere decir, por ejemplo, la editorialización de una noticia. Sin saber diferenciar claramente entre información y entretenimiento. Sin saber cuestionar, otro ejemplo, la tesis de una película, la intención de una estructura narrativa, los mecanismos que utilizan quienes emiten cualquier tipo de contenidos (desde las narraciones de fútbol hasta las telenovelas) para darle credibilidad y autoridad a lo que se nos dice. Nadie nos enseña a identificar cómo cambiamos nuestra interpretación de una secuencia de una imagen de acuerdo a la música que la acompañe, o a la edición, o al ángulo de la cámara. No sabemos siquiera qué es una voz en off.

Por eso mismo, la primera clasificación que solemos hacer, ingenuamente, cuando pensamos en los medios de comunicación, se basa en sus características tecnológicas: y los dividimos en radio, televisión y prensa escrita. Pero sería mucho más sensato hacer esa clasificación a partir de los tipos de contenidos. Porque los medios son transmisores de contenidos tan distintos, tan opuestos, como lo son el entretenimiento, la opinión y la información. Esas deberían ser las tres categorías principales, y deberían ser inalterables. Pero como no los clasificamos así, los medios han ido mezclando cada vez con más descaro los tres tipos de contenido. Meten opinión y entretenimiento en la información noticiosa, o nos meten información noticiosa empaquetada como entretenimiento. Y casi no nos damos cuenta.

Es tan obvia esa mixtura que los anunciantes se han aprovechado de ella sin clemencia. Cada vez quieren incluir más publicidad como si fuera información, opinión o entretenimiento, y como están dispuestos a pagar por ella, los medios —qué remedio—, bajan cada vez más la cerviz. Por eso, la publicidad se ha convertido forzosamente en la cuarta categoría de contenido que transmiten los medios. Todos. Irrespetando cada vez con mayor desesperación esas fronteras que deberían ser de hierro.

Pero la plata se concentra en esas fronteras. Y cuando unos hablan de la supuesta responsabilidad social de los medios (un concepto cada vez más caduco), los otros ríen y esgrimen que un medio es una empresa como cualquier otra, y su misión es producir beneficios. Lo que hacen es vender un objeto como cualquier otro, llamado contenido. Y si la plata está en la mezcla, bienvenida sea la mezcla.

Por eso mismo, los medios se merecen su suerte. Es decir, su muerte.

Dirán, por supuesto, que exageramos. Pero no. En Neiva, en Villavicencio, en Barrancabermeja, en Santa Marta, el único medio de subsistencia que tienen, por ejemplo, las emisoras de radio, proviene del presupuesto del Estado. Gobernadores y alcaldes reparten la plata para esos medios a su antojo. Y por lo tanto, tienen potestad sobre los contenidos. Y aunque en provincia es más obvio, en el centro no es distinto. Si quieren que un gobierno les dé un canal de televisión, pues lo tratan con cariño. Si una crema contra el acné pauta, se le dedican 15 minutos en la Cadena Básica de una emisora nacional a las 8:30 a.m. a entrevistar a dermatólogos sobre los barros y espinillas. O más recientemente, todos los grandes medios de Bogotá, unidos en un coro de alabanzas a los Globos del Viaje de la Libertad inventado por la administración local, sin siquiera preguntarse –con la excepción de los columnistas Héctor Abad y Nicolás Morales– si es legítimo que se gasten 3.000 millones de pesos, mientras miles de desplazados duermen el sueño de los olvidados en el parque del Tercer Milenio. Y si la defensa es que la venta de publicidad financió el proyecto, las implicaciones son más escalofriantes aún. Hoy un medio le vende pauta al gobierno, mañana el gobierno se la vende a él. Tú me pautas, yo te pauto. Tan bonito.

Por eso mismo, los medios se merecen su suerte. Es decir, su muerte.

Pero si las generaciones que ya jugamos en la segunda quincena de la vida fuimos unos pasivos receptores, el futuro se alza como la gran venganza: porque ya se presiente el tamaño de la rebelión de las nuevas generaciones a través de internet. Ellas serán las únicas generadoras de sus propios contenidos. Ellas no tolerarán la publicidad. No consumirán los medios tradicionales. Ni radio, ni prensa, ni televisión. No serán pasivas. No respetarán la supuesta autoridad del poder mediático. Y protagonizarán la estocada final a uno de los grandes oficios del siglo XX, que fue perdiendo su esencia en un mar de autocomplacencia y vanidad.

Un oficio que se merece su suerte. Es decir, su muerte.

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