RevistaArcadia.com

La televisión de María Isabel Rueda

Nicolás Morales habla sobre la televisión por cable en Colombia

2010/03/15

Por Nicolás Morales

En una columna de la revista Semana dedicada a los afanes expansivos y monopolistas del empresario Carlos Slim, María Isabel Rueda se desmadra contra la televisión por cable. Afirma que su contenido “raya en la porquería” y que su programación es “barata, comercialmente abusiva, descontroladamente pornográfica y tramposa en sus contenidos”.

Sobre la perorata de los monopolios me abstengo. Después de todo ya lo dijo Krushev en los sesenta: el capitalismo también terminará abrazando el monopolio. Pero en lo relacionado al cable me permito disentir. Señora Rueda, ¡sepa que South Park salvó nuestras vidas a finales de los noventa!

Años y años de programación nacional adornada de chapulines y topogigios, cientos de telenovelas, miles de programas con animadores eternos, franjas malditas de mediodía, absurdos como los comerciales de blanquita, mucha vulgaridad y apenas unas migas de poesía murieron cuando una dulce mañana MTV nos dio su saludo. MTV fue tan insólito que creímos que enloqueceríamos.

Pero eso no fue todo. El cable enterró a Segundo Cabezas y las zanahorias mal enfocadas, al fútbol colombiano de quinta división, las noticias internacionales resumidas en tres minutos, al pato Donald, a los leones descoloridos de Naturalia, los viajes a la Unión Soviética de Héctor Mora y los informativos del Congreso. Y nos abrió, claro está, por una considerable suma, al mundo, el sol y sus desgracias. Trajo complejidad y simpleza. Nos reveló hasta dónde puede ir un turista en El Cairo, nos enseñó cientos de trucos para hacer de nuestras casas museos de mal gusto, puso de moda el que las chicas mostraran las tetas en las playas de Santa Marta para no quedarse atrás del Spring Break gringo. Pero también nos dejó acceder a la BBC, a los programas de libros de TV5, al Informe Especial de TVE, a los viajes gastronómicos de Anthony Bourdain y a las entrevistas a David Lynch o Jim Jarmusch hechas por James Lipton en Inside the Actors Studio.

Y nos mostró que las series son algo muy distinto a Tu voz estereo. Con una narración cuidadosa, algunos seriados han puesto el punto final en la estéril dicotomía Mala televisión versus Buen cine. Desde la paranoia de X-files con su visión apocalíptica de la Norteamérica de los noventa hasta la reflexión sobre la responsabilidad ética en Shark, pasando por las zancadillas laborales de The Office y la elegante idiotez de My name is Earl. Tener para escoger entre Band of brothers, Nip-Tuck, Lost, Six feet Under y Queer as Folk resulta un poco más entretenido que seguir manoseando el recuerdo triste de Ramoncito Vargas en Dejémonos de vainas.

Dice María Isabel Rueda que desaparecieron las películas de calidad. Debería enchufar Cinemax y no despegarse. Hace muchos años que un canal no nos mostraba un cine independiente tan fresco y sofisticado. Por cierto, hace un par de meses vimos el penúltimo film de Rodrigo García (recuerden, es el mejor director colombiano no exhibido en la patria) y ahora mismo tenemos en rotación la de Gus van Sant sobre Kurt Kobain. El cable nos permitió ver documentales con temas un poquito más originales que La Sierra (quizás el único emitido en Colombia durante el último año), pues sin buscar demasiado nos tropezamos con Real Films cada domingo en NatGeo e incluso, con La pesadilla de Darwin, si tenemos suerte. Puede que a la doctora Rueda le preocupe que sus hijos estén expuestos a esa disidencia de la Urbanidad de Carreño que plantea un capítulo de South Park, pero debería aliviarla el que puedan ver una serie de animación un poquitín más crítica que el milagro que para la tele nacional constituyó Bettytoons.

En fin. El cable nos mostró el desierto creativo de nuestra televisión y sus lógicas carencias tecnológicas. Nos dejó ver que lo visual era capaz de revelar otras gramáticas renovadas con códigos de todo orden. Y sin quererlo, el cable subió unos milímetros el nivel de las producciones locales y modernizó algunos de sus contenidos. El cable fue la apertura con lo bueno y lo malo.

Incluso con esas toneladas de porquería, pornografía y excesos comerciales que usted señala, Señora (María) Isabel, el cable nos dio la libertad de entender que una buena televisión se diferencia de la mala en el simple hecho de poder cambiar de canal. Y eso, en tiempos de monopolios mediáticos, es un alivio.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.