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La tregua de los pura sangre

Nicolás Morales habla del director y actor Pepe Sanchéz

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Pepe Sánchez vive una traición. Una más entre aquellas que se han urdido en su contra. Ya en La Tregua, dramatizado inspirado en la novela de Benedetti, el destino le jugaba una mala pasada: al interpretar a un oficinista montevideano, viudo y con tres hijos, cae en el juego de creer que podrá librarse de su monotonía enamorándose de una muchacha. Pero, como es obvio, el destino lo traiciona, sumergiéndolo en la peor de las soledades y tragedias. Una tragedia bien escrita aunque salpicada de esos pucheros típicos en la obra del autor de Gracias por el fuego.

Treinta años después, otra telaraña de intrigas lo atrapa, esta vez en la popular telenovela Pura sangre, del canal RCN. Interpretando al potentado Alejandro Lagos vivimos los enredos de una familia de industriales, de regular factura moral, que se odian y se destruyen mutuamente. La traición está en su lecho conyugal, el saqueo en la empresa familiar, las deshonras por doquier, y de la infidelidad ni hablar. Esta telenovela tiene todos los elementos de un dramatizado clásico a la Maracaibo, pero en plena Sabana de Bogotá.

En la cinta Buscando a Miguel, del ya cuarentón Juan Fisher, Pepe Sánchez es un médico inescrupuloso. El largometraje nos cuenta una historia barroca que, justo como el viaje de burundanga que intenta relatar, pasó desapercibido para la taquilla colombiana, tanto que hasta la elogiosa crítica nacional se mostró mayoritariamente desencantada. Sobra decir que fue Pepe Sánchez quien llevó a Fisher al estrellato, décadas atrás, en Vivir la vida, un programa de televisión tan exitoso como lo es hoy Pura sangre. Allí, Fisher hacía el papel de un joven que caía a los pies de una mujer diez años mayor que él. En ese momento, Pepe Sánchez ganó la apuesta: Fisher era un Dios, una promesa que parecía cumplirse, y Vivir la vida, un oasis en el desierto de la televisión de los ochenta pues nos mostró que la cotidianidad existía para la televisión. Que los diálogos podían ser simples pero cuidados y que una correcta ambientación podía construir una atmósfera emocional adecuada a la medida de unos modestos personajes. Por el contrario, Pepe se vio hundido en la mediocre cinta de su otrora tesoro encontrado: un médico que extrae órganos a pacientes asesinados horas antes en medio de una morgue es uno de los signos más pobres de una de las más precarias producciones del reciente cine nacional. Fisher engañó a Pepe Sánchez: debiéndole el despegue de su carrera le dio a su maestro un papel tan intrascendente como la misma película, y Pepe aceptó.

Tras ser una de las cabezas de una generación de buenos directores de televisión y cine, Pepe Sánchez tanto como sus contemporáneos no deben dar crédito a lo que han terminado haciendo. Envueltos en intrigas de telenovelas bobaliconas o películas brumosas deben pensar que algo falló en el sistema que ellos mismos construyeron. Ahora, dirigidos por hordas de postadolescentes, deben hacer parte, aunque secundaria, del pobre espectáculo de la nueva televisión latinoamericana. Por más desarrollos técnicos y más cuidados que reciba la superficie visual de la televisión, toda su estructura narrativa sigue el curso de un prolongado desmoronamiento. ¿Qué dicen hoy las telenovelas? ¿Qué valores construyen y reflejan? ¿Cuál es la perspectiva ética de sus relatos?

Pepe Sánchez sabe que Pura sangre, pese al impecable ejercicio de formato impuesto por profesionales de la talla de Mauricio Navas y Tania Cárdenas, pertenece a ese sistema de televisión que, desafortunadamente, premia y premiará lo fácil. Y que hay poco que hacer contra eso, empezando por el hecho mismo de saber que él ya hizo lo difícil y que ahora es tiempo de dejarse llevar cómodamente por las suaves olas de la intrascendencia. Una intrascendencia, sin duda alguna, rentable.

Sabemos que Mauricio y Tania nos darán mejores días pero, mientras llegan, opongámonos a la inmediatez de los nuevos espectáculos recordando que hay una importante historia televisiva que corremos el riesgo de perder entre capas de maquillaje y banalidad. ¿O acaso no tuvimos aquí a Jorge Alí Triana con Tiempo de morir, a Carlos Duplat con Amar y vivir, a Andrés Marroquín con Asunción, y, por supuesto, a Pepe Sánchez con Tita, El Chinche y La Tregua? O fue tan solo eso: ¿una tregua?

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