RevistaArcadia.com

La vida de los santos

Marta Ruiz llama la atención sobre la relación entre los libros y las campañas electorales

2010/03/15

Por Marta Ruiz

Hace cuatro años, el entonces candidato a la Alcaldía de Bogotá Lucho Garzón me pidió que leyera el borrador de una extensa entrevista que le había hecho la periodista Salud Hernández y que sería publicada semanas después con el título de Soy un polo a tierra. Me divertí mucho leyendo las casi doscientas páginas llenas de apuntes muy al estilo Lucho. Cuando llegó la hora de darle mi veredicto no fui capaz de decirle lo que pensaba: que mejor no publicara nada. En medio de titubeos le pedí que quitara dos pasajes. Uno en el que decía que a él no le gustaba trabajar, trabajar y trabajar como al presidente Álvaro Uribe. Que por el contrario, le gustaba hacer pereza, como a Garfield (¿qué tal?). El otro, una descripción un poco prosaica de sus noches de parranda, que al fin y al cabo ya son cosa del pasado porque nuestro alcalde es casi abstemio. Asunto en el que sí se parece a Uribe. Tímidamente le pregunté si era consciente de que el libro no era crucial para su campaña. Respondió que obviamente no. Pero me quedó el pálpito de que tenía demasiada fe en esas páginas. Si viviéramos en un país de lectores, donde la vida y las ideas de los políticos fueran de consumo masivo, quizá habría perdido uno que otro voto. Porque una cosa son los chistes que se dicen en los debates de la televisión, y otra muy distinta el juicio que el tiempo hace a las palabras que quedan impresas en el papel. Más aún en un libro. Al fin, la entrevista se publicó, para fortuna de Lucho, después de las elecciones.

Recordé ese episodio al terminar de leer la recién publicada obra sobre la vida de Gustavo Petro ¡Vamos a superar el horror!, del periodista Mario López. El libro es una mezcla de entrevista con episodios de la vida del personaje, contada en presente, un tiempo extraño para mirar el pasado. En un tono evocativo que no permite ver los acontecimientos, sino las añoranzas del protagonista.

Mala cosa. El libro no es una historia de vida. ¡Y vaya si Petro tiene vida para contar! Si lo fuera, tendríamos a un personaje sumido en dilemas y zonas grises. ¿Acaso no es la guerra un terreno movedizo donde la moralidad del ser humano se pone a prueba cada instante? En lo que atañe a su pasado guerrillero, lo que uno encuentra es el retrato fabricado de un hombre infalible y preclaro, que no ha perdido ninguna cita con la historia. Testigo crítico de los errores ajenos. Pero indulgente con los propios.

El libro tampoco es una entrevista que permita ver en profundidad el pensamiento y las propuestas de un hombre que, como Petro, ha estado metido hasta la médula en los conflictos del país. Los paramilitares, los procesos de paz, el neoliberalismo, la guerra son temas que merecen apenas unos párrafos escuetos, a los que les sobran bastantes adjetivos. No puede decirse que el libro sea una biografía. A pesar de su protagonismo, Petro es un hombre de 46 años, que posiblemente tiene más vida política hacia adelante que hacia atrás. Permitir que le hagan una biografía en la mitad de la vida es una falta de pudor que solo se la pueden permitir algunos showman como Jorge Barón, que se hizo famoso con su libro Mis primeros cuarenta años.

Habría sido temprano, pero no impropio, publicar unas memorias intelectuales de Petro. Bien es sabido que es uno de los hombres más estudiosos de la izquierda y que, a pesar de su juventud, le han tocado los mayores cismas del socialismo. Incluido el chavismo. Pero el camino que toma el autor es el de la anécdota, en detrimento de la reflexión.

Al cerrar la última página tuve el pálpito, otra vez, de que alguien piensa que este libro tendrá algún efecto electoral. Y que fue escrito para eso. Sentí que estaban frente a una de esas hagiografías de la Edad Media, que se usaban para contar la vida de los santos.

Prefiero pensar que Petro tiene, como tienen tal vez muchos políticos, la idea romántica de que una apología sobre su vida le sumará adeptos para las campañas futuras. Lo cual es harto dudoso. Porque en el peor de los casos, su hagiografía es apenas una exhibición de vanidad. La más democrática de todas las pasiones políticas.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.