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Las cifras reales

Las encuestas registraron un descenso sensible de los índices de lectura con respecto a los resultados obtenidos en el año 2000

2010/03/15

Los resultados de la encuesta sobre hábitos de lectura y consumo de libros en Colombia que se llevó a cabo el año pasado por segunda vez son tan decepcionantes que dejaron descorazonado a más de uno. Lo que más ha sorprendido a muchos es que se registró un descenso sensible de los índices de lectura con respecto a los resultados de la primera encuesta, llevada cabo en el año 2000, justo cuando las expectativas del sector eran más grandes, tras cuatro años de monumentales esfuerzos y reconocimientos.

Porque es cierto que durante los últimos años en Colombia hemos sido testigos de una auténtica revolución tanto en materia de estrategias para estimular la lectura como en inversión en impresionantes obras de infraestructura: Bibliotecas bien dotadas, a través del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas; programas de promoción de lectura en las ciudades e itinerantes al campo por parte de cajas de compensación familiar como Comfenalco en Antioquia, o Comfamiliar en Atlántico; un proceso incisivo de descentralización, talleres, publicaciones y programas de educación han sido sólo la punta del iceberg de un empeño por parte de la administración pública y de entidades privadas como Fundalectura para lograr que los colombianos leamos más.

Sin lugar a dudas, la comparación con los resultados de la encuesta anterior deprime: los colombianos hemos pasado de leer 2,4 libros al año a leer 1,6. Se ha dicho que el cambio en las metodologías de medición es un grave problema. Pero aun así, el sabor amargo no se quita.

¿Qué ha pasado? Proponemos dos tesis. La primera, que nos hemos dado cuenta de que este país es muy distinto al que imaginamos. No hemos podido entender que Colombia vive una crisis tan profunda, que su brecha social es tan grande, que su realidad está tan lejos de la que viven no sólo los intelectuales apoltronados en el glamour centralista y en la fascinación por la trivia política sino también la clase media urbana. Y la segunda, que, desde un romanticismo bien intencionado, pero un poco bobalicón, soñamos con que el encuentro entre un libro y el lector es todo lo que se necesita. Que basta poner una gran obra al alcance de un individuo para que se produzca una especie de mágica epifanía emocional e intelectual. Y eso, en la dura precariedad en la crecen la mayoría de los colombianos, no es cierto.

No sólo desconfiamos de la importancia crucial de los mediadores –maestros, bibliotecarios capacitadores, etc.–, sino que hemos construido un país imaginario desde un peligroso exceso de optimismo. No queremos negar aquí la importancia de las capacitaciones y visitas de promotores de lectura que se han adelantado y los cientos de ejemplos maravillosos de gente que hace esfuerzos por promover la lectura en municipios apartados de los centros de poder.

Pero el real es el país en donde abundan ejemplos ya no de la violencia aterradora y física, sino de una violencia acaso igual de pasmosa, pero más invisible para todos: la de la pobreza y la ignorancia crasa. Un secuestrado liberado el año pasado, que estuvo seis meses en poder de las farc, contaba que sus captores, con quienes habló durante su cautiverio, no sabían que el mar era una extensión de agua ni que la tierra fuera redonda. ?Hemos partido de un supuesto errado: que en cuatro años podían cambiar los hábitos en un país en que el 70% del mercado del libro se concentra en Bogotá, el 20% en Medellín y Cali, y el 10% en el resto del país. Un país de cuarenta millones de habitantes donde el periódico de mayor tiraje y circulación, con optimismo, imprime y distribuye un millón de ejemplares los domingos, que multiplicados por cuatro, según lo hacen quienes elaboran las encuestas sobre índices de lecturabilidad, llegaría a cuatro millones de personas. Dice el estudio: “El 73% de los colombianos no lee revistas, el 68,5% no lee periódicos y el 59% no lee libros”.

Hay una lógica de ciudad letrada, como decía Ángel Rama, que no hemos asumido. Nuestras ciudades se construyeron desde la Colonia como enclaves de criollos ensimismados. No hemos sopesado la relación entre ellas y las regiones. Seguimos siendo criollos ensimismados, que pasamos por alto hechos como la fuerte presencia de la oralidad en vastos territorios (la Costa, el Pacífico, las etnias indígenas) o las mismas lógicas políticas con las que funcionan los municipios de nuestro país: bibliotecarios nombrados por períodos electorales, malos manejos fiscales, o simple desinterés de quienes representan a las regiones por el tema cultural.

Además está el tema de la educación. Convencidos de que el futuro son las competencias, y de que estudiar una carrera profesional durante cinco años es inútil, las reformas educativas están apuntando a insistir en manejar códigos para desempeñarse en oficios prácticos como en el caso de miles de estudiantes que año tras año prefieren aprender el manejo de programas informáticos antes que enfrentarse a otros retos para los que, quién lo duda, hay que saber leer.

La encuesta que acaba de publicarse bajo el título de Hábitos de lectura y consumo de libros en Colombia es la más completa que se ha realizado hasta ahora y, en ese sentido, sus resultados, a pesar de que duelan, son más veraces que los de la encuesta del año 2000. Olvidemos la comparación con la encuesta pasada y trabajemos desde esta nueva idea, claramente más exacta, de nuestra realidad. Por primera vez se hizo un contraste entre lo rural y lo urbano, y es allí en dónde el país real ha aparecido.

Las estadísticas sobre lectura deben considerar nuestra compleja estructura social, pues, de lo contrario, corren el riesgo de volverse ineficaces. Tendrán que pasar muchas décadas y una verdadera revolución en la educación y la manera en que imaginamos lo que es este país para que Colombia lea más.

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