Asistentes del Hay Festival de la ciudad Hay-on-Wye de Gales.

Las nieves del tiempo

Vale la pena examinar ese estúpido cliché que reza que los viejos son un problema.

2010/02/28

En su reciente visita a Colombia, uno de los escritores europeos invitados al Hay Festival de Literatura de Cartagena comentaba que esta versión Caribe del Festival le parecía estupenda, porque cuando va al mismo festival en el pueblo de Hay-on-Wye, en Gales (al que asisten cada año unas 400.000 personas), aquello lo aburría mucho: “¡Sólo hay gente mayor de setenta años!”, se quejaba con melancólica sorna. Lo mismo comentaba una periodista colombiana tras su paso por el Festival de las Artes de Edimburgo, el más grande y espléndido festival cultural del mundo. En los 52 soberbios conciertos que se presentaron entre el 13 de agosto y el 5 de septiembre del año pasado (el Nash Ensemble, Midori, el Zimmerman Trio, la Orquesta de Cleveland, la de Minnesota, el Kronos Quartet, la lista es de una opulencia abrumadora), ella, aseguró al volver, era la única persona con pelo oscuro en todo el auditorio. “Y no era por latina. Todo el auditorio tenía el pelo blanco”.

 

Sí, es cierto: los viejos son los grandes consumidores de eventos culturales en Europa. Con una población que envejece, y con una tasa de nacimientos baja, los viejos tienen dos enormes privilegios: algo de dinero, y mucho tiempo. Pero es curioso que sean precisamente escritores, o eso que suele llamarse “gente de la cultura”, quienes se lamenten.

 

El escritor europeo, como tantos otros, repitió con entusiasmo el viejo cliché tan en boga entre los intelectuales del antiguo continente que visitan Colombia: aquí hay pasión, hay energía, hay una fuerza que ya no se siente allá. Es una letanía gastada: “Ah, la vieja Europa está muerta”, suelen proclamar sombríos, mientras el ojo se les va tras un par de niñas morenas en vestiditos vaporosos, que caminan como dando pasos alegres en el aire, con libros bajo el brazo, rumbo al próximo evento cultural.

 

Este editorial no busca decir que no es bueno que haya gente joven en los eventos culturales. Claro que sí. El hecho de que los jóvenes asistan a eventos culturales de manera más masiva y entusiasta que en Europa indica que hay un deseo manifiesto de buscar espacios distintos a los que la sociedad de consumo, la cansina sociedad del capital, quiere para ellos. Que la educación recibida no les basta y que quieren más. Que el centro comercial y el bar de moda no son suficientes.

 

Pero vale la pena examinar ese estúpido cliché que reza que los viejos son un problema.

 

Y es que ser viejo parece ser el peor de los pecados en el mundo moderno. Tal vez, un espejo demasiado incómodo de un futuro sin remedio, en el que nadie quiere verse reflejado: El presagio del anti-Narciso.

 

Es cierto que una población vieja es un problema para el Estado. Nunca se ahorra lo suficiente para pagar las pensiones, y todo Estado necesita jóvenes que generen ingresos para mantener a los viejos. Los viejos pueden quebrar un Estado.

 

Y es cierto que los viejos son un problema para el mundo capitalista: no cambian con facilidad sus hábitos de consumo, y por eso hay que dirigir las campañas publicitarias a los jóvenes: son vulnerables, indecisos, todavía más bien tontos (y absolutamente convencidos de lo contrario), y por ello mismo, presa fácil.

 

Pero para quienes todavía creen que las humanidades son una bolsa de resistencia contra el mundo vertiginoso del capital (una idea cada vez más difícil de sostener en el mundo moderno), la vejez puede —y acaso tiene que— representar lo contrario: “Porque no juzgo verosímil que, habiendo ordenado a la perfección los restantes períodos de la vida, haya descuidado, a la manera de un mal poeta, el último acto de ella”.

 

Eso decía Cicerón en su célebre tratado De senectute. Y como en las grandes obras literarias, ¿no se trata acaso de hacer de la vejez una modesta apoteosis? El escritor, cansado, debe saber recoger las velas y llevar el navío a buen puerto o su obra fracasará. Y no se debería pedir al arte finales que nos dejen satisfechos, si a la vez se desdeña y se huye de ese último acto de la vida de los hombres.

 

Muchos argüirán que el terror ante la cercanía de la muerte es precisamente consecuencia de una sensibilidad educada. El Fausto de Goethe, el Dorian Gray de Wilde, se alzan como soterrados elogios de la patética, de la inútil lucha contra los designios de la naturaleza. Pero del otro lado de la balanza está la maravillosa y divertida Senectud de Italo Svevo, De senectude de Norberto Bobbio, e incluso las Memorias de Giacomo Casanova, entre tantos otros libros.

 

El que haya más gente mayor en los eventos culturales es un signo de salud para un país. A la porra con el cuento de que la pasión es cosa propia de la juventud. Las pasiones tardías son quizás mucho más inquietantes, y en todo caso más oscuras y más desesperadamente hermosas. Baste un verso de William Butler Yeats: “Un viejo es una cosa vil/ un traje andrajoso en un palo, salvo que / bata palmas y cante, cante alto”. Aquí, en este viejo bolsillo de resistencia, queremos oír esa canción.

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