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Las palabras

Ingrid Betancourt ha convertido el arma de su enemigo, el control de la posibilidad de la palabra, del testimonio, en un arma suya.

2010/03/15

En la guerra de las Farc no importa casi ninguna palabra. Las palabras que escriben en la prensa los columnistas, las palabras que escriben los editorialistas, las palabras que pronuncian los familiares de los secuestrados, las palabras que pronuncian los analistas que discuten en la radio, las de las asociaciones de víctimas. No. A las Farc no les importa una sola palabra que provenga de la boca de un civil.

Las únicas palabras que importan son las palabras pronunciadas en la esfera política. Son las que atienden, las que refutan, las que escuchan. Porque son palabras de las que penden y dependen armas, palabras que definen el curso de la guerra. La palabra que pronuncia el ciudadano es inaudible, despreciada, muda, porque proviene de la conciencia y no encierra capacidad bélica real. Las letras, como sabía Cervantes, no valen tanto como las armas.

Entonces, ¿para qué sirve el pensamiento del analista político?, ¿el ruego desconsolado de quien suplica por su familiar?, ¿la protesta sentida del que escribe una columna?, ¿la palabra que articula la posición de un periódico? ¿la dolorida indignación del poeta o del escritor?, ¿el verbo que convoca a marchas? ¿Para qué sirve, en medio del horror que representa esa agonía de los secuestrados, la palabra civil?

Solo sirve para hablarle a la sociedad. A ese ente abstracto, fragmentado, confuso, tantas veces indiferente y voluble llamado sociedad. Es por lo tanto, un ir y venir verbal entre derrotados. Entre impotentes. Un mero catalizador de frustraciones, un drenaje para los sentimientos, una manera de dar forma al intelecto, de consignar la historia, de salvar la memoria, pero en cualquier caso, está escrita de antemano la derrota de la civilización frente al inconmensurable poder de la barbarie. Nada puede la palabra civil, pronunciada o escrita, contra el terror. Es un instrumento inútil para lo que queremos: que unos seres humanos salven su vida. Para que unos seres humanos recuperen su libertad. Y sin embargo, no tenemos otro. Y empuñamos las palabras contra las armas, contra la amenaza de la muerte que se cierne sobre los secuestrados, contra el uso del terror, contra quienes usan la vida ajena como chantaje político, como mercancía de guerra.

Hay, sin embargo, otras palabras. No son las de las Farc. No son las de quienes escriben en la prensa. No son las de los familiares. No son las de los políticos. No son las de los intelectuales. Son las palabras de los secuestrados mismos. Cuando las Farc controlan el acceso al papel y al lápiz de sus víctimas, dan y quitan, rompen, tiran, exigen o niegan la posibilidad de la palabra que sobrevive al hombre, la palabra escrita, están cercenando la esencia del espíritu humano que busca salvarse en ellas. Ese es el poder del testimonio.

En la prisión de la Gestapo en Zakopane, un pueblo que yace a los pies de las montañas de Tatra en el sur de Polonia, una joven de dieciocho años, Helena Wanda Blazusiakowna, encarcelada a finales de 1944, pudo escribir con las uñas la siguiente inscripción en la pared de su celda: “¡Oh, madre!, no llores. Inmaculada Reina de los cielos, ayúdame siempre”. En las selvas del sur de Colombia, en cambio, un secuestrado escribe su testimonio en hojas que desaparecen; que se tragan la humedad, la tierra, la inclemencia, la necesidad de una huida de sus captores. En las páginas que no volverá a ver, que han dejado de existir, que nadie leerá, está consignado su espíritu.

A Íngrid Betancourt le fue permitido escribir unas palabras. Las escribió para su familia, para la intimidad, aunque hayan llegado a los medios. Para el mundo exterior, para esa prueba de supervivencia que iba destinada al mundo, prefirió la mudez. La mudez que se consuma en la negación total de la mirada. Ese es su mensaje a la sociedad y a sus captores. Y su desafío, su fortaleza, está en ese silencio: en negar lo que dice la mirada. Íngrid Betancourt ha convertido el arma de su enemigo, el control de la posibilidad de la palabra, del testimonio, en un arma suya. Por eso, en ese silencio está su mensaje. Palabras mucho más difíciles de leer, de asimilar, pero a la vez palabras mucho más elocuentes, más poderosas que las que pueda articular cualquier civil. Palabras más dolorosas todavía, pero extrañamente mucho más llenas de poder, que las escritas en aquella prisión de Zakopane. Las de Íngrid, en el fondo de su riguroso silencio, son las únicas palabras que importan. Son palabras sagradas. Y son sus palabras las únicas que deben guiar las decisiones del Estado.

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