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Las soledades

Como la soledad es vergonzante, da pena ir a cine o a teatro solo, da pena almorzar solo, da pena salir solo en domingo al parque.

2010/03/15

En inglés existen dos palabras para denominar el hecho de estar solo: Solitude es una y loneliness es la otra. Ambas, en español, se traducen como “soledad”. Y ese curioso vacío en el vocabulario del idioma español es una lástima, porque los términos en inglés aluden a estados y experiencias muy distintos.

El primero, solitude, tiene poco que ver el simple hecho de sentirse solo, carente de compañía. Alude a una experiencia más trascendente, que incluso puede ser colectiva. Un pueblo entero, por ejemplo, puede estar aquejado de esta soledad: sea el pueblo kurdo o el de San José del Guaviare. Es esa soledad la que se siente ante el hecho de reconocerse mortal, pasajero, un cuerpo más que tarde o temprano morirá. Solitude alude a una experiencia profunda del hombre que se cuestiona su lugar en la inconmensurable magnitud del tiempo humano.

Y esa solitude carece por completo de la sensación de minusvalía y orfandad que encierra la palabra loneliness. Esta última palabra se refiere al estado triste de quien quiere compañía y no la tiene. Casi podríamos decir que una solitude es una Soledad con mayúscula, y la otra, loneliness, una soledad más prosaica, más física y más circunstancial, se escribiría con minúscula. La una se reconoce y se elige, y la otra se sufre y se sobrelleva. Y no tienen nada que ver la una con la otra. Por eso es una lástima que en español a ambas se las llame soledad.

Toda experiencia de contacto con una manifestación artística requiere, necesariamente, una dosis de Soledad, de solitude. De un pequeño y reposado silencio en el espíritu. Leer una novela como Desgracia, de Coetzee, o La carretera, de Cormac McCarthy (dos obras cumbres de la literatura estos últimos años); o entrar a una obra de José Alejandro Restrepo, o a la capilla de Rothko; ver la instalación de video del río Cauca de Clemencia Echeverri; sentarse a escuchar una sonata de Mozart o una canción de cuna cantada por Bola de Nieve…, son experiencias imposibles sin el previo abrazo de esa Soledad fundamental.

La gran ironía está en que la mayor enemiga de esa experiencia es precisamente esa otra soledad minúscula y monótona de quien desea desesperadamente compañía. De esa soledad acuciante y deprimida, de la que todos huyen como alma que lleva el diablo. Porque esa soledad minúscula, en nuestra sociedad, es terriblemente vergonzante. Entonces da pena ir a cine o a teatro solo, da pena almorzar solo, da pena salir solo en domingo al parque. Da pena ir solo a ver una exposición.

La paradoja sigue: el mundo moderno nos arroja cada vez con más virulencia a esos estados solos, que no solitarios. Por eso, pareciera que si bien la extraordinaria promesa que encierran esos modestos templos de humanidad que son las librerías, los museos, las galerías, las salas de conciertos, están al alcance de cada vez más personas, todo se confabula para alejarnos de una de las más poderosas experiencias de comunión con el sentido profundo de lo humano. De quiénes somos.

Deberíamos dejar la pena. El problema está en que los países de tradición católica como Colombia, entre tantos otros, la fomentan con ahínco, supuestamente en aras de preservar el sacro santorum de las relaciones familiares, ese bendito núcleo de las sociedades de otros tiempos. Esa vergüenza que todos llevamos incorporada por nuestra educación ignora por completo los procesos de la modernidad: los jóvenes se van a estudiar a las grandes ciudades, dejan a sus amigos y a su familia en las ciudades intermedias, y están solos. La gente se separa. Los hijos se van de la casa. Unos emigran y otros se instalan. Ese es el mundo de hoy.

No le dé pena. Si está solo un fin de semana, busque una agenda de eventos culturales, que los hay miles. Pásese por un museo. Vea una exposición de fotografía. Váyase al parque y lea una novela. Y si llueve, métase a un café y siga leyendo: un clásico, Emma, de Jane Austen, o Las bostonianas, de Henry James. No se quede encerrado en su casa cambiando de canal en la tele a la caza de cualquier idiotez, o pegado a la pantalla del computador haciendo uno tras otro mecánicos clics de zombie en el ratón. Deje en la casa esa soledad chiquita y poca-cosa, y atrévase a abrazar la Soledad grande y maravillosa que le permitirá caminar por los asombrosos recodos del corazón humano. Quién sabe, de pronto sentirá temblar el espíritu en silencio ante la magnificencia de una gran obra de arte o de literatura, que es al fin y al cabo la mejor herencia que tenemos. Se dará cuenta de que no está solo. En absoluto.

Esta es la invitación de Arcadia para este mes.

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