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Lengua: “Órgano sexual antiguamente utilizado para hablar”

Quien habla asume riesgos. Las relaciones modernas están ancladas en el extraño alivio que produce la posibilidad del "delete" instantáneo; apagar la máquina.

2010/03/15

No es broma, aunque haga sonreír. Es posible que la Real Academia, resignadamente y por allá en el año 2043, tenga que aceptar incluir en el diccionario esta nueva definición del vocablo “lengua” que proponemos en el título de este editorial.

¿Pesimismo? No, qué va. Pura realidad. Los dueños de los medios de comunicación (y los periodistas, los columnistas, los académicos y los intelectuales) pertenecen todavía a una generación que no aprendió a leer y a escribir frente a una pantalla de computador ni comenzó a usar el teléfono celular o Internet a la edad de cinco años. Aprendimos tarde a chatear, a enviar mensajes de texto, a consultar Internet desde un multifuncional teléfono, a conectarnos al iPod para desconectarnos del mundo.

Muchos, aún, creemos en la importancia de las palabras más allá de su poder meramente denotativo, y otorgamos a la presencia del otro que habla –a la modulación, a la mirada, a la gestualidad, a la elocuencia verbal– un poderoso valor comunicativo. Pero el mundo nuevo es otro. Y ese mundo, que hoy convive con aquel que todavía utiliza la lengua para hablar, desplazará a los hombres y mujeres parlantes y generará una nueva raza de hombres y mujeres que podemos llamar usuarios.

Escribir correos electrónicos largos es, cada vez más, un asunto de mal gusto. El chat, ese simulacro de comunicación que no es más que un disimulado soliloquio, nos obliga a jugar a un burdo remedo de pensamiento a una velocidad abrumadora. Los mezquinos mensajes de texto de una palabra se corresponden con la prisa, y la molestia de tener que deletrear con el pulgar en un tablero diminuto.

Pero más allá de la obligada brevedad, del inhumano ejercicio de síntesis informativa que propician y exigen las nuevas tecnologías, lo más curioso de todo es que, al fin y al cabo, todas estas nuevas herramientas que supuestamente fomentan el proceso de comunicación entre dos seres humanos tienen una característica común: son mudas.

Conclusión: en la vida moderna, es mejor no hablar.Porque hablar es darse a otro, mostrarse, exponerse. Quien habla asume riesgos. Las relaciones modernas están ancladas en el extraño alivio que produce la posiblidad del “delete” instantáneo; de apagar la máquina con el breve movimiento de un dedo, y que todo desparezca. Así lo asegura Zigmunt Bauman en su libro sobre la fragilidad de los vínculos humanos en nuestro tiempo, El amor líquido. El hombre moderno afinca sus relaciones en la tranquilidad de no tener que dar la cara, de no tener que usar la lengua para hablar.

Hace casi diez años, el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique lamentaba el fin de la correspondencia epistolar entre enamorados. “Nadie puede derramar una lágrima sobre una pantalla de computador”, decía con un dejo romántico que hoy se consideraría incómodo o por lo menos sospechoso. Pero ahora ya ni siquiera fijamos un texto en el computador. Los mensajes de texto deben ser borrados porque la memoria del teléfono no es infinita; los chats desaparecen de la pantalla en el ciberespacio con un simple clic. La palabra hablada desaparece y la escrita se transforma en brutal sequedad informativa.

Esa es la característica del mundo moderno: la gran burka de Occidente es no dejar que nos vean la lengua. Las nuevas tecnologías se alzan como el máximo escondite de la posmodernidad, y en realidad, como decía el gran escritor suizo Max Frisch, no son más que una manera de organizar el universo para que el hombre no tenga que vivirlo. O, lo que es lo mismo, no tenga que pronunciarlo. Decir también es vivir.

Ahora, aparece el globish, el nuevo idioma inventado por el ex vicepresidente de IBM Jean-Paul Nerrière y que nos permitiría, supuestamente, comunicarnos entre todos en la era global. Consta de 1.500 palabras y es algo así como un inglés desnaturalizado. Nerrière se jacta de haber inventado una “herramienta de comunicación” de contacto efectivo para la globalización.

Pero eso no es hablar, es transmitir información. Si la tendencia del mundo es negar la lengua, este editorial le pide encarecidamente a la Academia que considere nuestra propuesta de redefinición del vocablo, para que por lo menos a la lengua le quede alguna utilidad interesante.

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