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¿Llegó el momento de vetar las emisoras?

Nicolás Morales afirma que las emisoras populares en Colombia son un desastre.

2010/07/31

Por Nicolás Morales

Estefanía (una oyente) debe decir un trabalenguas que un locutor repite: “Chucho le chuza la choza a Concha, cuando Chucho no le chuza la choza a Concha, ¿quién le chuza la choza a Concha?” El que le habla tiene voz de campesino. Una imitación de Don Jediondo, pero en versión travesti, pues es un hombre pretendiendo imitar a una mujer. La oyente trata de repetir la frase y no puede, aduciendo, entre risas, ser mala para los trabalenguas. Alguien más le dice: “¿Le dio miedo de Chucho?”. Y el presentador principal (es decir, el que no hace de “campesina”) cierra la llamada diciéndole a Estefanía: “Le dio miedo que Chucho la chuzara.”

Son las 10 a.m. Es la radio de todos los días. Hay un comercial sobre la Tropilínea que incluye un sonido de teléfono. El personaje de la campesina dice: “Huy, ¡déjeme este que está en vibrador!”. Y todos ríen. Cambiemos de dial, pero dejemos la hora. Alguien habla del bicentenario de Darwin: “Hace dos siglos que los hombres tienen erecciones porque buscan poder, en los senos y las caderas”. Se oyen risas. Luego de las llamadas viene la música y luego, un chiste: “Mi novio me mordió un labio. ¿Cuál? El izquierdo, con la cremallera del pantalón”. Todos ríen.

Alguien en otra emisora con nombre de tizón caliente habla de una planta que adelgaza la barriga pues hoy “es una vergüenza no tener abdomen plano”. Y más adelante, la misma Negra Candela nos dispara comentarios: “La revista Elenco trae fotos bastante sensuales de (un hijo de un matador) y la novia (una modelo) que están desactualizadas porque ellos terminaron hace ocho días. Ella se quitó la parte de arriba del vestido de baño en público y él le terminó”. En otra emisora, la hija de un importante locutor deportivo se dedica a hacer pegas de San Valentín que terminan en regaños pasados. Todo esto interrumpido por tecno cumbia afinada. Rifas, juegos y tandas de música.

Las emisoras populares son simplemente un desastre. Las argumentaciones livianas, el sexismo desaforado, la vulgaridad y el arribismo hacen parte del discurso permanente de pésimos locutores que hablan en las transiciones entre una canción de Wisin y Yandel y otra de Giovanni Ayala.

En estas emisoras no se piensa sobre aquello de lo que se habla, sin importar si involucra a una persona, a un país o al mundo entero; para estas radios es indiferente si se trata de política, economía o simplemente de la oportunidad para que los oyentes expresen su parecer sobre cualquier aspecto de sus vidas. No hay ninguna idea de servicio o cooperación, no hay nada que explicar y los únicos expertos a los que se oye son esos que intentan convencernos de las bondades de la parafina reductora o el Omega 3. Ahí no hay nada distinto a humillación y risas pregrabadas. Se trata de un universo en el que se funden lo informativo con los infomerciales, donde solo las notas más triviales enviadas por las agencias internacionales son transmitidas, donde la conmemoración de todo natalicio y muerte son apenas una ocasión para ridiculizar. Todo allí está lleno de una falsa alegría en la que el lugar común y el doble sentido conviven sin interrupción desde la mañana hasta la noche. Y no se trata de que el país entero deba escuchar la Javeriana o Radio Netherlands, sino de poder subirse a un taxi o una buseta sin sentirse tan abiertamente insultado.

El lío es que estas radios, con los más altos índices de audiencia en Colombia, son una bomba de tiempo con implicaciones de la larga duración. Ya sé que, hace algunos años, decenas de mediólogos intentaron construir una memoria de la recepción radial, escudriñando lo que podría ser la identidad de los sectores populares. Y es posible que todo sea más complicado y menos negro que lo que percibo. Pero no podemos descartar que estas emisoras estén despedazando procesos de identidad, modos de socializar y construcción de subjetividades políticas con el oculto fin de reforzar una cepa de colombianos muy particular: rudos y vulgares, machos e intolerantes.

Quizá vetar a estas emisoras sea un buen primer paso. En colegios, escuelas y buses escolares, definitivamente. Crear censura con comités de expertos. ¿Por qué no? ¿Qué perdemos? Vigilar contenidos e intervenirlas. Sin importar que pertenezcan a los grandes pulpos, cuya responsabilidad social está en entredicho.

Por último, valdría preguntarse si este es, simplemente, un problema estético. Y es probable que en buena medida así sea. Pero es tonto esperar que el país se vuelque a la radio universitaria como modelo, por ejemplo. Pierre Bourdieu, el sociólogo francés, nos diría, al modo de su obra La distinción, que uno no puede pedir a la historia una relación equitativa y democrática en el gusto y el consumo cultural. No hay que despreciar el placer de oír un buen merengue, un corrido tan chistoso como sangriento o una sonata de Beethoven, pero debemos limitar la cantidad de estupideces que estamos dispuestos a escuchar entre una y otra canción.

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