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Los caballos de Atila

Antonio Caballero comenta la exposición EquusArte

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Son horrendos. Todos son horrendos: los de artistas consagrados y los de aficionados domingueros entusiastas. No fui a verlos cuando hicieron su presentación oficial en la pasarela de modas de la sufrida Plaza de Bolívar (antes de que la invadiera el profesor Moncayo, antes de que los desplazados la sembraran de matas de tierra caliente, antes de que la acribillaran de velitas encendidas, antes de que... No sé: he perdido ya la cuenta). Los conocí cuando pasaba por el Parque de la 93. Me estremecí. No fui capaz de hacer la ronda completa, así que no los vi todos (setenta y cuatro, según informa la prensa). Pero vi los suficientes como para poder asegurar que todos son horrendos.

Hablo de esos caballos de yeso o de poliestireno o de papier maché o de fibra de vidrio o de lo que sea: cualquier material es posible en una ciudad que tiene en una avenida el busto de un almirante peruano moldeado en celuloide, como en enano de jardín. Hablo de esos caballos pintarrajeados de dorado o de verde, enjaezados de flores como de mazapán, adornados con bombillos eléctricos que parpadean, cortados en rodajas, estirados como jirafas de plastilina, pintados de amarillo, azul y rojo como el tricolor patrio, que últimamente han traído a decorar las calles de Bogotá. Tomados uno por uno son espantosos. Todos juntos son una pesadilla. Entiende uno entonces que en inglés pesadilla se diga “nightmare”, “yegua de la noche”. Y piensa uno que tras el paso de esa yeguada infernal –sería más apropiada la palabra jauría– ya jamás en el Parque de la 93 volverá a crecer la hierba, como sucedía, dicen, tras el paso del caballo de Atila.

¿Quién decide esas cosas? ¿Son exabruptos de la Sociedad de Mejoras y Ornato? ¿Son alcaldadas del alcalde de turno? ¿Quién, y por qué, hizo una vez adornar con corbatines de papel crepé los postes de la luz? ¿Quién permitió que un banco pintara casitas rojas en todas las paredes desnudas de las calles? ¿A quién se le ocurrió que había que restaurar, como si fueran valiosas obras de arte, unas huellas de zapato que iba dejando pintadas en el pavimento un francés, creo, que vino por aquí? Dice la prensa que esto de los caballos constituye la tercera edición de una iniciativa que hace unos años empezó con árboles artificiales de metacrilato “intervenidos por artistas”, bajo el nombre de ArborizArte, y siguió con descomunales mariposas de hierro y se llamó AnimArte. Esta vez no les alcanzó a los promotores el ingenio para el juego de palabras (esos juegos de palabras de técnicos publicitarios que, a veces con todo y errores de ortografía, han terminado por sustituir en Colombia todas las manifestaciones artísticas), y tuvieron que conformarse con el título pretencioso de EquusArte. Pero asegura esa misma prensa que el despliegue público de esta mamarrachada, además de “embellecer la ciudad” y “generar responsabilidad social”, es “una razón más para amar al país”.

No lo creo: puede ser, más bien, una razón menos. No embellece la ciudad, sino que la afea, la exhibición de 74 caballos de plástico, o de otras tantas mariposas y árboles de metal, cuyos restos todavía pueden verse por ahí, abandonados y convertidos en chatarra. Y sobre todo no creo que el objetivo del arte sea “generar responsabilidad social”, ni amor por el país, ni, en general, buenos sentimientos: salvaguardas para la mediocridad. Nos informa la prensa que en el origen de estas iniciativas estético-benéficas está una fundación filantrópica que se ocupa de ayudar a las viudas y a los huérfanos de los policías muertos en el cumplimiento de su deber: tarea, sin duda, muy loable y meritoria. Pero que no tiene nada que ver con el arte. Forma parte de la deliberada y cada vez más generalizada confusión entre demagogia y cultura que (con la ayuda de los técnicos publicitarios) está acabando con la cultura en Colombia. Nunca fueron tan dañinos ni siquiera los caballos de las hordas de Atila.

Informa la prensa que una vez concluida la exhibición en plazas y parques los caballos serán subastados. ¿A quién le va a tocar comprarlos?

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