RevistaArcadia.com

Los chulos y los muertos

Antonio Caballero reflexiona sobre la fotografía de un cadáver en el río Cauca, que abrió el especial sobre la violencia en Colombia en la revista Semana

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Lo ven ustedes en colores: un chulo negro y gordo, visiblemente satisfecho, ya ahíto de carroña, se deja llevar aguas abajo por el río posado en la barriga del cadáver de un hombre asesinado. La foto es de hace unos pocos meses, y la publica Semana dentro de un informe sobre nuestra más reciente guerra sucia titulado “La barbarie que no vimos”. Pero también podría ser una foto vieja, en blanco y negro o en desvaído sepia, pues nuestra guerra sucia ya va siendo larga. El escritor Fernando Vallejo evoca una y otra vez en sus libros memoriosos esa misma escena macabra y rutinaria de cadáver con chulo bajando por el río, vista una y otra vez por él en los días de su infancia, hace más de medio siglo, en ese mismo río Cauca caudaloso, amarillo, ancho y lento, imperturbable.

Aunque no: los colombianos lo hemos perturbado bastante, con tanto muerto tirado a la corriente. Con tanta tala desaforada del bosque en las orillas, con tanta insensata pesca con tacos de dinamita. Lo hemos perturbado hasta el punto de que hemos conseguido convertirlo también a él en un cadáver de río. Y no solo al ancho Cauca: a todos los ríos del país. Al gran Magdalena, que era el espinazo de Colombia y es hoy una cloaca muerta, a los ríos planos de las selvas del sur, al Atrato que bajaba cargado de pepitas de oro, al perezoso Bogotá que divagaba zigzagueante por toda la Sabana hasta botarse al Salto, a los caños de las ciénagas, a las quebradas de los páramos. Hoy son alcantarillas. No queda ni un solo pez, de tantos como había: ni bagres, ni bocachicos, ni esos que respondían al nombre de doncellas. La fauna tan variada de que tanto se jactan (todavía) los libros, la hemos exterminado minuciosamente los colombianos: del tigre al colibrí, del cucarrón a la rana. La única especie que crece y engorda y se multiplica en el país destruido es la de los chulos, que se alimentan de cadáveres. Los nuestros.

Porque esta guerra sucia que vivimos desde hace tanto tiempo, esta barbarie que no queremos ver, pero que es por lo visto interminable, no es una guerra fratricida, como lo quiere el lugar común, y como lo son todas. Es además una guerra suicida. Nos devoramos nosotros a nosotros mismos, en carne y tripas, en sangre y huesos. Nos matamos a tiros, a peinilla, con motosierras, con cilindros de gas y minas quiebrapatas, con helicópteros, con burros bomba. Nos descuartizamos para ahorrar fosas y nos hacemos el ingenioso corte de corbata para sacar la lengua del cadáver por el gaznate abierto a machetazos, y picamos en pedazos el cuerpo de los muertos y lo echamos a un río para que almuercen los chulos. Nosotros mismos. Fue una clarividente premonición ornitológica la que tuvieron los próceres de nuestra independencia cuando escogieron como animal heráldico para el escudo de la nueva república al cóndor de los Andes: un pájaro que vive de comerse a los muertos.

(Claro está que también el majestuoso cóndor ha desaparecido de nuestra rica fauna autóctona: los chulos se lo echaron al buche).

Hablo en plural ficticio. Digo “nosotros”. Se trata de un recurso retórico engañoso. No hay un “nosotros” que sea el culpable colectivo de esta barbarie que no quisimos ver, pero que estamos viendo. Si digo “nosotros”, a sabiendas de que existen responsables individuales y directos de todo lo que vemos, es solamente por no decir otra vez “ellos”, como hemos dicho siempre. Ellos: los guerrilleros, los paramilitares, los políticos, los narcotraficantes, los dueños de la tierra, los jefes del ejército, los bancos, los gringos. Ellos. O sea, los otros. Los chulos. Y los muertos.

Miren ustedes la foto. Todos la estamos viendo.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.