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Los dividiré de nuevo

Margarita Valencia analiza algunos temas transversales de la obra del argentino Alan Pauls

2010/07/30

Por Margarita Valencia

Cuando el amor surge en el ámbito de la comedia, esta suele acabarse antes de que empiece la vida, recogida alegre e irresponsablemente en la conocida fórmula: y vivieron felices para siempre. Cuando surge en el ámbito de la tragedia, la muerte misericordiosa —en casos excepcionales, la de ambos, pero más usualmente la de ella— resuelve el problema. El final llega, en todo caso, antes de que empiece la vida en común, y por ende, antes de su consecuencia inevitable: la ruptura. Ruptura que, desde Platón, planea sobre los seres humanos como el pecado original del amor, inevitable y doloroso:

Creo haber encontrado un medio de conservar a los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, marcharán rectos, sosteniéndose en dos piernas solo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo.

Estos hombres, juguetes de los dioses, condenados a sostenerse solo en dos piernas, son los que pueblan la obra del argentino Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), cuya exploración de las relaciones está marcada simultáneamente por la convicción de la fragilidad del mundo exterior —que lleva a los hombres a buscar refugio en el otro— y por el horror de perderse en el otro cuando “se adelgaza la membrana que debería separar al interior del exterior”.

El tema aparece en Wasabi (1994), pero morigerado por la comicidad surrealista: el personaje principal, un escritor, es temporalmente abandonado por su mujer, y en su ausencia su vida se degrada hasta tal punto que acaba como un recién nacido expósito y enfermo y debe ser salvado por un odioso escritor chino.

Pero la comicidad ha desaparecido por completo en El pasado (Premio Herralde 2003), una novela deslumbrante que cuenta la historia de la separación de Sofía y Rímini después de doce años de convivencia, después de haber olvidado sus orígenes, como Romeo y Julieta, para convertirse en el otro, en uno, amparados por el juramento de amor:

Lo habían hecho todo. Se habían desflorado y raptado de sus respectivas familias; habían vivido y viajado juntos; juntos habían sobrevivido a la adolescencia y luego a la juventud y asomado la cabeza a la vida adulta; juntos habían sido padres y llorado al muerto diminuto que nunca llegaron a ver.

Pero el refugio del amor se agota en la labor de romper lanzas y sacrificarlo todo por él, como resulta evidente en La vida descalzo (2004), en donde una pareja de jóvenes pasa una temporada en la playa en invierno poseídos de un romanticismo “a la vez cristiano y proletario”, empeñados en “la experiencia de una intimidad sin atenuantes, distracciones ni coartadas”. ¿Éramos felices?, es la pregunta que concluye el experimento y que insinúa lo obvio: al final no hay otra salida que volver al mundo solos, rotos, desconcertados.

En El pasado, la separación se convierte para Sofía en el terreno de la memoria obsesiva, mientras que Rímini insiste en el trayecto autodestructivo hacia el olvido. El amor se transforma lentamente en algo monstruoso y es reemplazado por las deformidades del afecto que impiden que los antiguos enamorados se reconozcan en el espejo, que los obligan a convertirse en otros y recomenzar, cada vez más desfigurados, el ciclo de la miseria del amor.

“Toda felicidad se erige alrededor de un núcleo de dolor intolerable, una llaga que la felicidad quizás olvide (...) pero que jamás conseguirá borrar”, dice el protagonista de la Historia del llanto (2007), un libro tan austero y denso como es desbordante El pasado. El juego terrible del desamor y de la seducción que Pauls describe en esta se repite de alguna manera en aquella entre un padre y su hijo: “Considera las lágrimas como una especie de moneda, un instrumento de intercambio con el que compra o paga cosas. (...) Con el llorar, por lo pronto, compra la admiración de su padre”.

Compra también su distancia del padre, que le permite oponer el desprecio a la necesidad de afecto; y esta ambigüedad lo encamina por la ruta en la que siempre convivirán la defensa encarnizada pero insustancial de la relación monogámica y la certeza de que entre el dolor y la cercanía hay una profunda relación.

La definición de Pauls de la intimidad como un campo de batalla en el que dos personas desolladas se enfrentan no deja lugar a dudas sobre la oposición entre esta y el placer. El aprendizaje de Rímini (y el nuestro) es que “la materia prima del amor no tenía por qué ser una creencia compartida, incondicional y continua; podía ser exactamente lo contrario: la incredulidad radical, la desconfianza, el recelo”. No hay verdades que descubrir entre dos, no hay mundos que construir, ni caminos que recorrer. Nos quedan el sexo y el amor, el impulso irracional e irresistible que condensa el poema de Anabel Torres: Todo no vale / un beso.

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