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Los Laboratorios Potter

Nicolás Morales habla de la opinión de Hugo Chaparro ante el desierto cinematográfico colombiano

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Hugo Chaparro ama nuestra democracia. Solo así se entiende que, en una columna pausada, bien escrita y casi poética, tildara de elitista a críticos, articulistas y una revista completa. En efecto, invitado por Arcadia para hablar del peor desierto cinematográfico vivido en Colombia en casi todos los tiempos, el crítico de cine de El Espectador no cayó en la trampa del coro. Le resultaba demasiado fácil decir que “la primera víctima de la temporada de vacaciones de mitad de año ha sido el cine”, como sí dijo Juan Carlos González; demasiado evidente pensar que la “cartelera colombiana es penosamente comercial”, según comentó Mauricio Laurens; y decir que “en general, la cartelera colombiana es poco variada y mediocre” fue una perogrullada de Mauricio Reina.

Hugo, en cambio, prefirió disentir con argumentos democráticos. Y en tres párrafos nos hizo saber que no hemos entendido nada. Y que la cosa es mucho más complicada. O más simple, si se quiere. Así, nos pidió que dejáramos la incomprensión para unirnos a la felicidad del hombre de jengibre en Shrek Tercero. Que ahuyentáramos el exclusivismo para poder disfrutar del primer beso de un hechicero adolescente. Que rechazáramos el prejuicio para llegar a comprender las cuitas del último Hombre Araña. Pero de hacerlo, terminaríamos separando desde ahora sillas en VIP para no perdernos Duro de matar 4 y a la nueva generación de pingüinos que hablan.

Y es que la cosa, Hugo, es que todos somos capaces de ir a Shrek y a Potter dejando nuestro incómodo arribismo intelectual en la taquilla. Sabemos sentarnos junto a familias que cotorrean, con crispetas que brincan y gaseosa que se riega, con los gritos y rebuznos de un sobrino ante los increíbles chistes del burro que nos habla desde la pantalla. Porque en el fondo todo el argumento es al revés: ante la ausencia de películas distintas hemos aprendido a entablar una tregua con este cine de magos, arañas humanas y piratas muertos. Y mira tú, lo disfrutamos…

El problema es que el manifiesto que con valor enarbola Arcadia habla de otro asunto: de la ausencia local de primaveras y otoños en el cine que nos traen, porque aquí, impera el verano. Un verano abrasador, que se disfruta al principio pero que termina destruyendo tejidos, calcinando conciencias, y acostumbrándonos a la aridez y la simplicidad vegetal. Un verano largo, de años ya, que nos lanza cada viernes a un cine tan pobre que tuvo que prescindir de directores, actores y guionistas para quedarse con los efectos y el surround. Un verano como el de esos westerns en los que solo hay arena brillante que se nos mete en los ojos y no nos deja ver ya.

Por eso nos extraña el que, en vez de gritar que no estaría mal ampliar la difusión cinematográfica, el fundador de los laboratorios Frankenstein nos suplique que entendamos que, eventualmente, en Los piratas del Caribe está la dosis de narración, poesía y estética del año. Y nos extraña porque ese Hugo Chaparro que hoy nos dice que el otro cine es aterradoramente sibarita, es el mismo a quien, con algunos amigos, conocimos hace quince años, y recordamos todavía cómo nos habló de un cine extraño y desconocido para la época, o cómo y cuándo nos copió y le copiamos películas que no eran Titanic; el mismo Hugo con quien hablamos de libros, de cine oriental, de películas de serie B y hasta de Kaurismaki y Chahine.

Por eso ahora no entendemos cómo nos va diciendo así, sin anestesia, que debemos resignarnos para siempre con la creatividad de Pixar y las subsidiarias del imperio Spielberg, ya que es exactamente ese el pensamiento que han ostentado varios de los distribuidores de cine en Colombia, quienes sin duda debieron sonreír complacidos mientras leían al Hugo Chaparro de hace un mes.

No estamos pidiendo que nos cambien el Festival de Verano por el de Toronto. No aspiramos a tener la cartelera de Buenos Aires en mayo. Queremos cuatro películas decentes al mes que hablen de nosotros y de los otros. Que nos muestren más alumnas de piano vengativas o parejas infieles aburriéndose en los suburbios. Cuatro al mes, pero en mayo, en octubre y al final del año. Cuatro por doce: cuarenta y ocho películas sin animales hablando ni superhéroes llorando.

Hoy, porque la amistad y el cariño obligan, le pedimos a ese Hugo Chaparro al que nos unieron las películas y las charlas, que no tome el camino del populismo y la derrota de quienes fueron vencidos, a punta de maquinaria, por una pandilla de automóviles que se vuelven robots para robarnos lo poco de carne y hueso y nervio que nos queda.

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