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Los lectores invisibles

El 50,68% de las personas que tienen entre 12 y 15 años aseguraron haber asistido por lo menos una vez en el año a bibliotecas

2010/03/15

El pasado 23 de abril se celebró el Día del Idioma. Y el Dane reveló un dato por el cual hay mucho que celebrar: los jóvenes en Colombia están leyendo y la apabullante cifra de que el 66% de la población entre los 12 y los 25 años es lectora, demuestra que aunque Colombia está lejos de los estándares internacionales (un colombiano lee en promedio 1,9 libros al año), el futuro puede ser alentador. Y lo será si se mantienen estrategias y planes que, a lo largo de este primer decenio del siglo XXI, han demostrado ser eficaces a la hora de promover el libro y la lectura en el país.

Aunque es evidente que los tiempos de crisis no son ajenos a la cultura —el presupuesto asignado por el Estado al Ministerio de Cultura decrecerá estruendosamente el año que viene—, si se mantiene la sinergia entre las iniciativas privadas y el aporte del Estado, la lectura y los libros seguirán ganando terreno en un país que, por mucho que se hable, aún no está a las puertas de una verdadera revolución tecnológica y un acceso a internet masivo. ¿Por qué ha aumentado la lectura entre los jóvenes? Quizá la respuesta parezca obvia, pero es fundamental: por el acceso. Y el acceso, desde la puesta en marcha del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas, en 2002, ha crecido ostensiblemente: de los 1.092 municipios colombianos, ese año apenas 300 tenían bibliotecas públicas. En estos siete años, y gracias al Ministerio de Cultura, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca Luis Ángel Arango, Fundalectura, la Cámara Colombiana del Libro y Fonade, entre otros, casi 1.000 tienen una biblioteca pública dotada con 2.000 títulos, internet y un equipo para proyectar películas. La encuesta de hábitos culturales así lo demuestra: “El 11,59 % de los libros se leyeron en bibliotecas públicas o fueron prestados en las mismas. El 50,68% de las personas que tienen entre 12 y 25 años aseguraron haber asistido por lo menos una vez en el año a bibliotecas. Las bibliotecas Luis Ángel Arango, El Tunal y El Tintal están entre las 20 mas visitadas del mundo”.

El acceso ha sido uno de los causantes de que esos lectores que hace siete años confesaban leer solo cuando estaban escolarizados haya cambiado: los jóvenes están leyendo por placer. La encuesta muestra que la lectura por gusto y entretenimiento corresponde al 64,11%; mientras que por trabajo 7,44%; y por estudio el 28,49%. Y eso hace la diferencia: en encuestas anteriores, como la realizada por el mismo Dane, en 2001, los jóvenes confesaban que su principal motivo era la obligación.

Ese cambio es mucho más que significativo de lo que parece. Leer, más allá de la alfabetización —que según la encuesta aún no alcanza estándares esperanzadores—, es mucho más que la decodificación instrumental de unos signos. Leer de manera placentera, por el gusto de hacerlo, tiene réditos mucho más profundos que la simple diversión. Aunque pueden ponerse en tela de juicio los valores benéficos de la lectura —que no es terapéutica, ni ayuda a hacernos mejores seres humanos—, un país que descubre que el mundo es mucho más ancho y ajeno que los dramas que lo aquejan a diario, es capaz de formar ciudadanos críticos con una realidad dolorosa y apremiante.

La literatura, la poesía y el arte en general —que según datos de la encuesta son los temas preferidos por los jóvenes— no son pasatiempos mediante los cuales el hombre ha intentado evadir su realidad. Al contrario, han sido poderosos instrumentos simbólicos que han servido para subvertir y descubrir las honduras más profundas del ser humano. En consecuencia, que nuestros jóvenes estén confrontándose con los dilemas universales de la cultura, entraña un alentador porvenir en un país que necesita, con urgencia, ciudadanos más participativos y activos con sus procesos sociales y políticos.

Estamos ante una silenciosa revolución, quizás oculta por el terrible estado de las cosas de nuestra política. Y será esa silenciosa lectura de los jóvenes la que quizás, mañana, demuestre que es posible una generación capaz de asumir los retos del futuro.

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