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Los moralistas

La editorial de este mes está dedicada a la polémica que surgió con la emisión del primer capítulo de la serie Mujeres asesinas de RCN

2010/03/15

No habían pasado ni dos días desde la emisión del primer capítulo del seriado Mujeres asesinas, de RCN, y la cantidad de cartas recibidas por Consuelo Cepeda, la defensora del televidente del canal, era abrumadora. Los televidentes estaban indignados por las imágenes explícitas de una mujer que mata, descuartiza y vuelve picadillo en una moledora a su marido. El rosario de quejas era variopinto: que a pesar de que el programa fue emitido en franja adulta, los niños ven televisión hasta más tarde los viernes; que las imágenes de la mujer pasando a su marido por la moledora eran horripilantes; y una de las más recurrentes, que un programa como ese enseñaba a matar.

Debido al alto grado de indignación de los televidentes que se quejaron, y al volumen de las cartas, la Comisión Nacional de Televisión, con Ricardo Galán a la cabeza como meritorio moderador, le dedicó su espacio llamado Debates en el canal institucional. Al debate asistieron Antanas Mockus, Consuelo Cepeda y Ángela Suárez en representación de RCN, Iván Jiménez -director de la Clínica Monserrat- , y Lisandro Duque, cineasta y columnista de El Espectador.

Hay que decir que en un país como Colombia, en el que es costumbre criticar la ausencia de debate intelectual, este espacio propuesto por la CNTV puede constituir el primer acto de inteligencia del que tengamos noticia por parte del ente regulador de la televisión colombiana. En el debate, Mockus y Jiménez compartían la indignación moral de los televidentes que se quejaron y consideraban la serie reprobable. La televisión existe –según ellos– para instruir, para dejar enseñanzas, para hacer pedagogía. Duque, en cambio, siguiendo las máximas de Wilde, argüía que en una obra de arte la moral está en la calidad de su factura. Si la obra está bien hecha, entonces es buena. Y para él, el seriado estaba bien hecho.

Llamar arte a un programa de televisión puede ser exagerado, pero pretender que un seriado, cuyo fin es comercial, haga pedagogía es mucho peor: es absurdo. Esa es la función de la televisión pública, del Estado, función que cumplen de manera sobresaliente muchos programas de Señal Colombia, cuyo rating es muy pobre precisamente porque esos mismos espectadores que enarbolan la bandera de la moral jamás cambian de canal.

Es cierto que los intereses privados y los públicos chocan cuando de información se trata, pero cuando hablamos de entretenimiento, las exigencias de orden moral están fuera de lugar porque, en primer lugar, el espectador tiene en sus manos un aparato llamado control, que sirve para cambiar de canal. Ese es su derecho, y en el ejercicio de ese derecho radica tanto su libertad como su grado de madurez. Pero más allá de ese derecho, lo que subyace tras este ataque moralista es bastante grave. Grave por ingenuo, por paternalista o por condescendiente. O por los tres. Cuando Duque esgrimió sus argumentos a favor de la serie, expuestos con la inteligente elocuencia de quien sabe su oficio, argumentos que defendían la calidad y el profesionalismo de una serie como los verdaderos elementos de juicio, los moralistas (Mockus y Jiménez) los invalidaron con la sorprendente tesis de que él era un hombre culto, erudito, y que tenía unas herramientas de análisis que el público general no poseía. En otras palabras, algo así como “cállese, porque usted sabe mucho, y no puede hablar en nombre de los espectadores que son brutos y, pobrecitos, no entienden”.

Parece insólito que un profesor como Mockus o un psicólogo director de una clínica descalifiquen la inteligencia de los argumentos de Duque por ser precisamente eso, inteligentes. E igualmente insólito, que crean que una serie como Mujeres asesinas enseña a las mujeres a matar. ¿Acaso cree Mockus que vive en un país de retrasados mentales? El no tener un alto grado de educación formal, cosa que tristemente sí sucede con una buena parte de la población televidente colombiana, no autoriza a nadie a tratarla con semejante paternalismo populista. Y es muy probable que la mayoría de las quejas (que de todas maneras constituyen un porcentaje ínfimo de los espectadores) no provinieran precisamente de los estratos más bajos sino de la clase media, cuya educación conservadora (este es un país conservador) tiñe de confuso moralismo el ejercicio de la libertad de expresión cuando lo que dice no le gusta.

Pero más allá de la irrazonable “enseñanza negativa” que esgrimen los moralistas, lo peor es creer que el televidente adulto al que va dirigido la serie (si hay niños viendo, es culpa de los padres y no del canal) no sabe distinguir el bien del mal. ¡Increíble!

Miren la lógica de Mockus: Duque dice que gracias al buen trabajo de los actores y al igual que sucede, por ejemplo, en las películas de Hitchcock, el espectador acababa por identificarse con la situación en la que está el personaje, aunque este venga de cometer un acto moralmente reprobable. En otras palabras, uno puede sufrir por un ladrón al que están a punto de pillar mientras roba. Para refutar este contundente argumento, Mockus saca una carta de un moralismo barato y manipulador: “Por ese camino –dijo–, acabaremos compadeciendo a los asesinos del Palacio de Justicia”. ¡Qué gran confusión mental! Como si los espectadores no tuviéramos mecanismos para distinguir el suspenso generado por una escena audiovisual con la respuesta moral que nos produce un hecho delictivo. Como si no pudiéramos distinguir, de lo puro tarados, el bien del mal, la ficción de la realidad, nuestros actos de nuestra imaginación, o del pacto tácito que hacemos con una narrativa audiovisual.

Por supuesto que todos queremos una televisión de calidad. Queremos equilibrio, variedad, profesionalismo. Menos baratijas, menos estupideces. La guerra desesperada por el rating enceguece y vuelve cínicos a los canales. Pero los juicios morales paternalistas no ayudan en absoluto a mejorar esa calidad. Por el contrario, crean una brecha tan grande entre los productores de televisión y los portadores de ese discurso parroquial y estalinista (el padrecito, le decían a Stalin), que acaban por negar el necesario espacio de la crítica inteligente.

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