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Los paranoicos

Martha Ruiz comenta la censura del video Wilson Díaz , Los rebeldes del sur, en la exposición Displaced: Contemporary art from Colombia

2010/03/15

Por Martha Ruíz

Pocas figuras producen tanta aversión como la del censor. Aquel que con la lupa traza la frontera entre lo que el público debe y no debe ver. Aquel que considera estúpidos a los observadores, carentes de criterio y capacidad de comprensión, poseídos por la “brutalidad” y la ignorancia. Aversión al censor y preocupación por la democracia y la libertad de expresión es lo que produce el retiro de la obra de Wilson Díaz de la exposición Displaced: Contemporary art from Colombia, por orden del entonces embajador de Colombia Carlos Medellín, y con el respaldo del resto del gobierno. Se trata de una obra titulada Los rebeldes del sur, y es un video grabado en la época del Caguán en el que aparece un grupo de guerrilleros cantando vallenatos. La mutilación de la exposición fue denunciada por Arcadia en su anterior número, con lujo de detalles.

Los argumentos de los censores no pueden ser más insólitos. El primero, que se trata de una apología de las Farc. Posiblemente lo que hirió la sensibilidad del embajador fue que en el documental los guerrilleros aparezcan como seres humanos, que también ejercen unas determinadas maneras de la cultura y de la vida social, y no como fieras desbocadas que es como se comportan en el terreno de la guerra. La realidad del conflicto es ambigua y compleja en muchos sentidos, y a quién más que a los artistas les compete explorar las zonas grises de los seres humanos, que son, sin excepción, los sujetos de la guerra. Ese es justamente el campo de acción de la estética. Por eso ese primer argumento falaz lo único que muestra es la incapacidad de ver los múltiples significados que se desprenden de la intervención del artista en la obra, y un apego obtuso a la literalidad del video.

Pero lo realmente preocupante es el argumento que han esgrimido la cancillería y otros altos funcionarios del gobierno. Dicen los representantes de la diplomacia colombiana que la obra tuvo que ser retirada porque es obligación del gobierno mostrar y financiar obras que muestren la cara positiva del país. Sin ningún pudor, los funcionarios le piden al arte que se convierta en propaganda.

Que la cancillería piense así es grave, pero que la Ministra de Cultura guarde silencio frente a semejante ideología es escalofriante. ¿Será que por esos pasillos también prima la visión de que el arte es un souvenir?

Que un gobierno use la propaganda es normal y, hasta cierto punto, legítimo. Que empiece a medir con el rasero de la propaganda todo discurso, es un riesgo para la libertad de expresión. Ahora no solo los artistas, sino la prensa, parecen en la mira de los censores. No solo se baja una obra de un museo por su contenido. También se erige como ejemplarizante la carta que una funcionaria de la Embajada de Estados Unidos le envió a The New York Times, por sus críticas a las políticas del actual gobierno. La carta no es exactamente un ejemplo de diplomacia, sino más bien un regaño en tono camorrero, que al parecer es el que quiere el Presidente con la prensa independiente.

Estos dos episodios no pasarían de ser escenas folclóricas –o grotescas– sin importancia, de no ser porque en el país viene creciendo un clima de paranoia, que ve enemigos en todas partes y que nos hace sentir a todos amenazados, y hasta culpables de pensar y expresarnos con libertad, que es lo normal en una democracia. Más aún en una a prueba de balas, como es la colombiana.

El premio Nobel J.M Coetzee, en su libro Contra la censura, pone el dedo en la llaga sobre el problemita que al parecer se nos viene encima, si es que estos “hechos aislados” empiezan a repetirse. En su lúcido ensayo dice que “los paranoicos se comportan como si el ambiente estuviera repleto de mensajes codificados que se burlan de ellos o traman su destrucción (...) la paranoia es la patología de los regímenes inseguros y, en particular, de las dictaduras”.

Mal, muy mal sabor deja que los burócratas y no los curadores sean quienes evalúen las obras. Peor aún que renieguen de ellas no por su valor estético, sino por su mensaje político. Y más triste aún que semejante exabrupto no haya suscitado una protesta mayor.

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