Lugares comunes

Autocomplacencias intelectuales que, tras una prosa apretada y compleja, camuflan poco más que una bilis pendenciera.

2011/05/03

Por Rodrigo Restrepo

La pasada portada de Arcadia generó una avalancha de reacciones airadas por parte tanto de profesores, como de jóvenes estudiantes de filosofía. Arcadia publicó, de manera destacada, las cartas más representativas en su página web, y cede este espacio de su editorial a la respuesta de Rodrigo Restrepo, el autor del artículo.

 

La pregunta “¿Dónde están los filósofos?” puede ser, sí, un “lugar común”. Pero no por eso deja de ser válida y, más aún, pertinente. Este juicio (que tal o cual cosa sea un “lugar común”), se ha vuelto tan común en la academia, que parece esconder un cierto recelo, por no decir un miedo, al lugar común.

 

De mis años de universidad recuerdo a uno de mis profesores explicar, en uno de los momentos iluminadores de mi paso por esa institución, que la pregunta fundamental de la filosofía no es una pregunta ontológica (¿qué es el ser?), sino ética (¿qué hacer?). La pregunta por el ser del mundo es apenas un instrumento, un momento, un mapa para abordar el interrogante más vital e importante: ¿Qué debo hacer? Sí, esa es la pregunta que en el fondo todos nos hacemos: ¿Qué hago aquí, en este planeta, en este país, en esta ciudad, en este lugar?

 

Es desde esta perspectiva que el artículo publicado en el anterior número de Arcadia se pregunta por el lugar de los filósofos en este país. Eso no significa (¡cuidado!) que nos vayamos a tomar a los filósofos más en serio de lo que deberíamos. No, no los estamos empotrando en ningún altar ni les estamos pidiendo las recetas para solucionar los problemas del mundo. Pero sí les estamos solicitando una voz (o varias), una presencia clara y comprensible en la arena cultural. Más aún cuando son los mismos filósofos quienes, en muchos países, están saliendo de la academia a ejercer un rol activo en los problemas del mundo, de la gente, de los lugares comunes. Y con mayor razón en un país como el nuestro, un país, como plantea el artículo, tristemente fecundo en temas éticos y morales.

 

Es de la ética, en su sentido amplio, el de la acción del hombre entre los hombres, que muchos quisiéramos oír hablar a los filósofos. No a todos, ni en todos los medios, desde luego. Pero el hecho es que vivimos una realidad terriblemente sugestiva para muchos de los problemas filosóficos contemporáneos: la justicia, la violencia, los derechos humanos, lo virtual, la miseria, etc. El lugar común, el lugar del hombre común en la sociedad, se ha tornado increíblemente complejo y fértil para la reflexión profunda. Y el filósofo cuenta con herramientas preciosas (la suspensión del juicio, el pensamiento riguroso, el cuestionamiento de los supuestos), quizá no para darnos las respuestas, pero sí para ayudarnos a plantear las preguntas pertinentes.

 

Es interesante ver que el artículo “¿Dónde están los filósofos?” haya desatado tantas respuestas airadas. Al menos los filósofos están. Y responden. Examinando dichas respuestas con cuidado, sin embargo, decepciona que la mayoría no pasen de ser más que autocomplacientes ejercicios deconstructivos (otro lugar común). Autocomplacencias intelectuales que, tras una prosa apretada y compleja, camuflan poco más que una bilis pendenciera.

 

La filosofía, claro, se hace de muchas formas. Y sin duda habrá muchos filósofos reinventando el oficio de filosofar, filósofos creativos y sin paraguas. Filósofos sin autojustificaciones y sin ganas de pelear. Filósofos que no le temen al lugar común ni a los problemas de los hombres.

 

Rodrigo Restrepo

 

Filósofo y periodista

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