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Elogio de la marihuana

A propósito del recién aprobado decreto que reglamenta el uso legal de cannabis con fines medicinales en el país, Arcadia recuerda extractos en desorden de ‘El gran engaño de la marihuana’, un ensayo dedicado a los no iniciados escrito por el poeta 'beat' Allen Ginsberg en 1966.

2015/12/23

Por Revistaarcadia.com

Debo comenzar explicando algo que ya he dicho en público durante muchos años: que yo ocasionalmente prefiero la marihuana que el alcohol, ya durante décadas. Digo ocasionalmente y lo digo literalmente: he estado tantas horas trabado como en una sala de cine  –a veces tres horas por semana, a veces 12, a veces 20 o a veces más, como en un festival de cine– con el mismo grado de alteración de mi habitual conciencia. Por ende conozco las posibilidades subjetivas de la hierba.

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Toda la India está familiarizada con la marihuana, al igual que toda África y todo el mundo árabe; también es el caso, si bien en menor grado, de los elevados pero respetables círculos decimonónicos de Londres y París; y en una escala mayor ese es el caso de Estados Unidos hoy. Jóvenes y viejos, quizá millones, fuman marihuana sin generar ningún daño…De alguna manera, su prohibición se puede ver como un tabú cultural arbitrario.

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Yo pasé seis meses en Marruecos, a menudo fumando hierba: señores mayores y jóvenes pacíficos sentados amigablemente en cafés o debajo de la sombra de un árbol en un jardín abierto, tomando té de menta, pasándose una diminuta pipa y mirando al mar en silencio. Esta es la verdadera imagen del uso de la hierba en el Norte de África, exactamente el opuesto del espeluznante estereotipo de hombres-perros con rabia que de manera deliberada propaga la rama policiaca del Departamento del Tesoro. Y yo propongo este modelo de tranquila sensibilidad por encima del retrato del agobiado ejecutivo neoyorquino tomando whisky frente al imaginario de un televisor que muestra la borracha violencia americana recubriendo el mundo, desde las autopistas de Berkeley hasta las polvorientas carreteras de Vietnam.  

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La experiencia actual de fumar hierba ha sido oscurecida por una neblina de lenguaje sucio, perpetrada por una muchedumbre de farsantes que nunca la han probado y que de todas formas insisten en menospreciarla. La clave paradójica de este extraño estancamiento de conocimiento es precisamente que la conciencia infundida por la marihuana, de forma muy sutil, desplaza nuestra atención de las directrices meramente verbales y habitualmente superficiales, y de las repetitivas interpretaciones de experiencia provenientes de ideologías recicladas, a un compromiso más directo, lento, absorbente y ocasionalmente microscópicamente minucioso con los fenómenos de la percepción.

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La [prohibición], de hecho, puede enloquecer a las personas. No sorprende entonces que la mayoría de las personas que fuman marihuana en Estados Unidos experimenten un estado de ansiedad, de amenaza, de paranoia, que de hecho puede llevar a temblores o episodios histéricos, a una concienciación microscópica de que están rompiendo la Ley, que miles de investigadores son entrenados y pagados para encarcelarlos, que miles de personas de su comunidad están tras las rejas, que inevitablemente atraparán a un par de amigos con toda la hipocresía y gastos y ansiedad de un tribunal y quizá castigo.

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¿Quién se inventó el mito de la paranoia asesina, de las bocas espumosas de perros egipcios, de las orgias sexuales en inmersiones baratas, de la debilitación y terror y de la misteriosa o psicológica adicción psíquica? Una imagen esencialmente grotesca, un pensamiento-alucinación magnificado por los medios masivos, el derivado del Miedo –algo bastante diabólico–: el Dope Fiend [drogadicto], el lenguaje viejo, el mismo que fue abandonado a comienzos de la década de los sesenta cuando bastantes personas tuvieron suficientes experiencias como para rechazar tan palpable majadería. El argumento burocrático entonces se desplazó en defensa de su propia existencia argumentando lo siguiente: es necesario controlar la marihuana porque fumar lleva a buscar experiencias cargadas de adrenalina; y eso lleva al próximo paso, al monstruo de la Heroína.

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A pocas personas no les gusta la experiencia y le informan al mundo del lenguaje que es un lastre. Pero la gran mayoría que ha fumado las suficientes caladas para sentir su efecto, se ajustan a esa extrañamente familiar sensación del Tiempo deteniéndose, y exploran este nuevo espacio a través de la curiosidad natural, informando que es útil familiarizase con esa área de la conciencia. La marihuana es una hierba metafísica menos adictiva que el tabaco, y cuyo humo no es más disruptivo que el Entendimiento.

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Y si bien la mayoría de autores científicos que han presentado su respetable evidencia a favor del inofensivo uso de la marihuana no hablan de su sorprendente utilidad, yo lo voy a hacer:

La marihuana es un útil catalizador de específicas percepciones ópticas y auralmente estéticas. Yo entendí de una manera distinta la estructura de ciertas piezas de jazz y música clásica mientras me encontraba bajo la influencia de la marihuana, y ese entendimiento ha permanecido presente durante años en mi conciencia. Descubrí cómo ver los Cuadros Mágicos de Klee de la manera que quería el pintor (como estructuras ópticas tridimensionales) mientras estaba trabado. Percibí por primera vez la petit sensation del espacio que logra Cezanne en sus lienzos bidimensionales (a través del avance y retroceso de colores, la organización de triángulos y cubos que el pintor describe en sus cartas) mientras miraba Las grandes bañistas trabado. Y vi como por primera vez muchos panoramas y paisajes que había contemplado como ciego sin jamás haberme dado cuenta…Estas no son “alucinaciones”: son las percepciones profundizadas que se pueden catalizar no solo mediante la marihuana, sino a través de otros eventos naturales (tan naturales como la hierba) que cambia la mente, como el intenso Amor, la muerte de un familiar, un repentino atardecer después de la lluvia, o la vista de la espectral realidad neón de Times Square que uno a veces experimenta después de ver una película extraña. Así que todo es natural.

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Creo que las futuras generaciones tendrán que confiar en nuevas facultades de la conciencia, en vez de en las versiones de los viejos sistemas de ideas, para lidiar con la cada vez mayor venerada complejidad de nuestra civilización planetaria, con su sobrepoblación, su amenaza de aniquilación atómica, su centralizada red de comunicaciones de palabra-imágenes abstractas, su poder de abandonar este mundo. Una nueva conciencia, o una nueva concientización, evolucionará para lidiar con un ambiente ecológico cambiado. Ya comenzó a evolucionar en las nuevas generaciones, desde Praga hasta Calcuta; y parte de ese proceso es reexaminar ciertos hasta ahora descartados dispositivos “primitivos” de comunicación con el Ser y los otros Seres. 

Lea aquí el artículo completo en The Atlantic Monthly.

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