El escritor Ernest Hemingway empuñando un rifle.

Matar o morir

¿Dónde están los escritores que se han atrevido a matar? La pregunta es extrema, dramática.

2011/05/24

El escritor escocés Daniel Kalder, publicado por la archiprestigiosa editorial inglesa Faber & Faber, hacía hace poco una pregunta a primera vista bastante ridícula en su blog del periódico The Guardian: ¿Dónde están los escritores que se han atrevido a matar?

La pregunta es extrema, dramática, rimbombante. Pero el fondo de la cuestión tiene no poco sentido. Kalder dice que la mayoría de los escritores de hoy son un grupo social muy aburrido. Encerrados como están en su mundo literario, han perdido el contacto con la dura suciedad de la vida real. Tiene toda la razón.

 

Y las cosas van adquiriendo aún más sentido cuando nos recuerda que Cervantes asesinó, que Lope de Vega asesinó, que Tolstoi asesinó, que hasta Churchill mandó a mejor vida a más de uno, si bien todos lo hicieron como soldados profesionales en nombre de sus respectivos gobiernos. Cervantes era arcabucero, Lope estuvo en la Armada Invencible, Tolstoi en la Guerra de Crimea y Churchill en Sudán. Por supuesto, Kalder no está conminando a los escritores a salir a la calle, Beretta en mano, a matar a nadie. Pero su pregunta por la esfera de experiencia de muchos escritores de hoy sí resulta muy pertinente.

 

En un libro reciente, de esos que narra, a manera de ABC cronológico, la historia de la literatura, los títulos de los capítulos se suceden sin sorpresas. Estos son algunos: “Grecia y Roma”, “Edad Media”, “Romanticismo”, “Naturalismo”, “Modernismo”… Hasta que llegan los años cincuenta del siglo XX y el título del capítulo es “Experimentación y Mass Market”. Que lo que tengan en común varias generaciones de escritores sea una nueva manera de vivir el mercado del libro parece escalofriante. Pero miren y verán. En su página de Facebook, la escritora cubana Karla Suárez escribe. “Terminó el festival de la palabra de Puerto Rico, ¡super lindo! con Ana María Matute, Ernesto Cardenal y montones de escritores de todas partes. ¡Genial! Ahora empieza el festival en Nueva York y aquí estamos...”.

 

Después de estar encerrados escribiendo durante largos periodos de tiempo, los escritores de hoy se la pasan de evento en evento, de feria en feria, de congreso en congreso, de entrevista en entrevista, brincando de país en país, promocionando sus libros. Deben decir las mismas cosas cientos de veces; responder las mismas preguntas cientos de veces, y salir a almorzar, a comer, a beber, con los otros escritores invitados a los mismos eventos literarios. Viven entre ellos, discutiendo quién es el mejor traductor al alemán, el crítico más antipático, el editor más diligente, la jefe de prensa más bonita.

 

Y lo más grave, deben escuchar, en las sucesivas presentaciones que otros hacen de sus libros, una y otra vez, los obligados elogios, connaturales a la esencia misma de estos eventos: soberbio, magnífico, genial. Más los elogios de los comunicados de prensa: talento descomunal, heredero de Faulkner. Más los elogios de las solapas de sus libros: perfecta radiografía de…; brillante mirada sobre…; destreza narrativa sin parangón…; elogios que van doblando con cuidado y metiendo en los bolsillos de la memoria, como perfumados pañuelos de seda.

 

Sí, estos son los tiempos del mass market. Tiempos de premios por todas partes. Tiempos de la sociedad del espectáculo. Tiempos en los que un escritor no vende un ejemplar si no hace esas presentaciones, esas apariciones públicas, esas rondas de entrevistas y esos sosos conversatorios llenos de desesperados lugares comunes. Tiempos de falsa gloria temprana, que el escritor prefiere a la gloria incierta de una idea de inmortalidad que parece haber ya caducado. (Y es comprensible. Ciorán decía: si el yo más profundo pudiera hablar, diría: “quiero ser alabado”).

 

¿Dónde queda entonces, el espacio para la experiencia oscura, la vocación del abismo y sí, también la posibilidad de una cierta noción de violencia, en un mundo que sí es terriblemente violento? En cambio, cada vez es más frecuente leer que los grandes escritores de hoy (Jonathan Frazen, Zadie Smith) recomiendan a los más jóvenes desconectarse de internet para poder escribir. Y eso obviamente implica que ellos han vivido en carne propia la tonta dispersión mental a la que obliga la red, atados a un escritorio, encerrados en su casa, sin salir ni a la esquina. Hemingway no lo hubiera soportado.

 

Por supuesto, la literatura es un ejercicio de imaginación y de método, pero una cierta agonía del espíritu, la rebelión genuina ante las falsas libertades del capitalismo, una desesperación sublevada e iconoclasta, parece ser cada vez más rara en el mundo literario de hoy. Y eso lo siente de alguna manera el lector en las páginas escritas. Lo que sí hay, en vez, es un refinamiento cada vez más alto del estilo y de la estructura narrativa, en las que el fantasma del caos o de la angustia no asoma casi nunca. Parece que no hay hambre: Todo es magnífico, soberbio, genial.

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