Mi libro en blanco

Este mes, Carolina Sanín habla en su columna sobre lo nostálgico que resultan los álbumes del mundial.

2010/05/27

Por Carolina Sanín

En un andén frente a la biblioteca de la universidad donde trabajo, estoy haciendo un libro que acabará siendo el más costoso de cuantos haya tenido. No figurará con mi autoría en ningún catálogo bibliográfico cuando esté listo. Al tiempo que yo, lo están haciendo muchos. En el andén intercambiamos unos con otros sus contenidos, de modo que al final todos tengamos exactamente los mismos. Entre todos completaremos el volumen de cada uno: el mosaico de rostros de extranjeros que se llama Álbum oficial de la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010.

Hace unos meses, cuando volví a Bogotá después de años de vivir lejos, descubrí que no sobrevivía un solo memento de mi adolescencia: no solo mis cuadernos y mis libros habían ido a la basura, sino que no había ninguna foto que mostrara cómo fui entre los 10 años y los 15. Debe ser por eso que me puse a llenar el álbum del mundial de fútbol; para verme repitiendo algo que recuerdo haber hecho en ese período además de perder el tiempo: adiestrar las manos llenando páginas con fotos de hombres deseados. Pero también es posible que lo esté haciendo para ver si es cierto que en cualquier libro uno puede leer la historia que quiera.

Le estoy escribiendo al álbum un diario en hojas sueltas que luego meteré, como láminas superfluas, entre las páginas brillantes de los equipos. En ellas voy consignando lo obvio: que las páginas muestran las caras de los combatientes de una “guerra mundial en paz” en cuyo desenlace las caras no contarán; que los nombres de los futbolistas hablan de la migración entre África y Europa; que el libro trata de una gente que después de pasar cuatro años jugando para otros vuelve a jugar con su país; que todas las personas parecen iguales cuando aparecen quietas y calladas sobre fondos neutros.

En el diario del álbum intento describir la economía de las láminas: cómo compro sus sobres sin saber lo que contienen, y cómo al “descambiarlas” (así se dice en el andén) me siento cambiando dinero por dinero. Los rostros repetidos son moneda corriente pues valen para el intercambio, en tanto que los nuevos, que espero y luego encuentro y pego, adquieren la invalidez de los billetes del pasado. He admirado la irónica decencia de esa economía coleccionista, según la cual no me vale tener algo que ya tengo y, cuanto más tengo, menos me sirve comprar y más depende mi riqueza de lo que me den otros.

En cuatro semanas he aprendido el secreto del libro: que las caras más escasas no son las de los mejores. He temido: ¿Los fabricantes sí habrán impreso tantas láminas como espacios vacíos? Me he desplazado a través de la ciudad creyendo que si compro las láminas lejos de mi casa me saldrán menos repetidas. Al tratar de imaginar cuál será la última imagen que pegue en la casilla donde su nombre la espera, he recordado los nichos de los cementerios. En la memoria me han ido quedando algunos jugadores y desaparecerán dentro de poco.

Redondearé el “descambie” pagando el libro con lo que me paguen por escribir sobre él, y cuando solo me falte llenar una casilla cancelaré la nostalgia pegando en ella una lámina del álbum de chocolates Jet, El mundo de los animales. Aquí la tengo lista: me salió gratis anoche en una chocolatina mediana y es la de la alpaca, “animal típico de la puna húmeda que pasta en manadas numerosas en las alturas de los Andes en Bolivia, Perú y Chile”. No sé en qué lugar del libro quedará puesto su final. Sé que de niña, aunque hubiera querido, no habría sido capaz de hacer la trampa.

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